Un año sin Gabriel Cruz

27/02/2019

Se cumple el primer aniversario de la muerte del menor y de un caso que supuso un punto de inflexión en la cobertura de las desapariciones. La pesadilla duró doce días y acabó en tragedia al encontrar su cuerpo en el vehículo de Ana Julia Quezada, la pareja del padre. La sociedad se congrega hoy para recordarlo.

Las primeras imágenes del pequeño Gabriel llegaron el 27 de febrero de 2018 enmarcadas en un gran «urgente» que pedía ayuda a la ciudadanía para encontrar a ‘el pescaíto’. El menor almeriense de ocho años había desaparecido en la vereda de apenas cien metros que une la casa de su abuela con la de sus primos.

Doce días después se localizaba su cadáver en el vehículo de Ana Julia Quezada, la pareja del padre del pequeño y autora confesa del crimen. Aún se espera que el juzgado de Almería determine la fecha del juicio oral en el que se le imputan los delitos de asesinato, contra la integridad moral y lesiones psíquicas.

Ana Julia siguió conviviendo con la familia mientras mantenía el cuerpo del niño oculto, y lloraba y se lamentaba ante el juez cuando al fin fue descubierta. Relató la muerte como un homicidio imprudente, afirmando que le había puesto la mano en la boca para que dejara de chillar, pero ocultando unos golpes en la cabeza que se revelaron en la autopsia. El juez no la creyó. Había alevosía, rabia, odio y crueldad en sus actos y, peor aún, estaba todo grabado por los agentes que la seguían.

Uno de los casos más mediáticos en España

La sonrisa de Gabriel conquistó a cientos de miles de españoles que siguieron en directo las pesquisas de la búsqueda gracias a equipos de televisión adosados a bomberos, buceadores y agentes de la guardia civil y protección civil. El caso fue un punto de inflexión en la cobertura de las desapariciones hasta el momento, y de ella se sacó, fundamentalmente, un retrato humano de la sociedad en sus tres facetas: unos padres destrozados, unos investigadores sin armadura y una comunidad implicada.

Cientos de personas acudieron voluntariamente en esos primeros días para participar en las labores de búsqueda del niño. Todo lo que tenía que ver con Gabriel se hizo viral e hizo subir los índices de audiencia en los medios a niveles casi desconocidos. Muchos programas le dedicaban, incluso, un espacio especial, para tocar esa fibra sensible de la sociedad, que terminó conmovida por la imagen del pequeño.

El caso fue un punto de inflexión en la cobertura de las desapariciones y dibujó un retrato humano de la sociedad: unos padres destrozados, unos investigadores sin armadura y una comunidad implicada

A medida que pasaban los días y avanzaba la investigación —liderada por la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil y el grupo de homicidios de la comandancia de Almería— se centraba en el entorno más próximo al menor. Pero precisamente la presencia de cámaras condicionaba los movimientos de la principal sospechosa, Ana Julia Quezada. A la espera de que diese algún paso en falso, los agentes tuvieron que despistar a los medios de comunicación para permitir que ella se sintiera más libre y les condujera, como así fue, hasta el lugar donde estaba el niño.

La conmoción se hizo manifiesta a todos los niveles. La expectación pública derivó en una rueda de prensa posterior a la resolución del caso, retransmitida en directo, que hizo brotar las lágrimas del comandante Reina, al frente de la operación y demostró que los investigadores de homicidios no son de piedra. Luego, autoridades, políticos nacionales, andaluces y almerienses, miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, acompañaron a los padres de Gabriel Cruz en el funeral celebrado en la catedral de Almería; decenas de famosos mostraron su pesar en las redes sociales; familias enteras inundaron plazas públicas y muros de Facebook con dibujos de peces que recordaban al ‘pescaíto’.

Sin embargo el mayor acto que conmocionó a todo el país fue el discurso de Patricia Ramírez. Una madre rota por el dolor de la pérdida de su único hijo que pidió no extender la rabia para no enturbiar el recuerdo de Gabriel. Así, convirtió Los girasoles, de Rozalén, en una suerte de himno que apelara a los buenos sentimientos.