Nadie reclamó a Helen John

16/08/2019

Han pasado 20 años desde la desaparición y asesinato de Helen John, cuyo cuerpo fue arrojado en un paraje de la localidad madrileña de El Molar. Llegó de África con el objetivo de labrarse un futuro y terminó asesinada y sin que nadie reclamase su cuerpo. Dos décadas después el caso sigue sin resolverse

Nadie reclamó su cuerpo. Nadie ha pagado por su muerte. Nadie denunció su desaparición. A Helen John la asesinaron en 1999 y su cuerpo fue arrojado en un paraje de la localidad madrileña de El Molar. Han pasado veinte años, pero podría haber sucedido hoy.

Porque en 1999 y hoy, muchas Helen John (¿se llamaba realmente así?) cruzaban y cruzan África en busca de un Dorado que no existe. Engañadas por las mafias que trafican con seres humanos, acababan y acaban ejerciendo la prostitución, siempre vigiladas por sus captores.

A las 15.20 horas del 20 de febrero de 1999 la Guardia Civil de El Molar recibió una llamada de un vecino de la localidad en la que se comunicaba el hallazgo de un cadáver en el camino del Canal de Isabel II, junto al paraje Cuatro Caminos.

«Señas del cadáver: Mujer, unos 20 años, posiblemente raza negra, la cual se encuentra tendida boca arriba, vestida solo con ropa interior y unos pantis, no presentando documentación», rezaba el primer parte policial.

Cuando fue hallado el cadáver, Helen llevaba cuatro días muerta. Su asesino la había arrojado en un barranco, sin preocuparse siquiera de esconder el cadáver. Probablemente, para el cliente que la mató Helen ya solo era mercancía inservible.

Había llegado a España en otoño del 1998 y en patera, como otras compatriotas con las que compartía la calle: una manzana de la zona de Cuzco de la capital donde en aquella época se colocaban las prostitutas en busca de clientes.

Nada más llegar a Madrid, Helen John se inscribió en la oficina de Asilo y Refugio con esta identidad y estos datos: nacida en Freetown (Sierra Leona) el día 24 de mayo de 1975, con domicilio en Madrid, en la avenida de Portugal s/n.

Se inscribió así aconsejada por los proxenetas que la esperaban a escasos metros de la puerta de la oficina de Asilo.

Y es que en esa época, como relata el detective Joaquín Palacios, las mafias obligaban a las mujeres africanas a pedir asilo y a que dijeran que procedían del país que en ese momento estuviera en guerra, como Sierra Leona o Liberia.

Pero en realidad, el 90 por ciento de las mujeres procedía de Nigeria, especialmente de la zona de Benin City, en el sur del país. Helen no era una excepción, añade Palacios.

Y fue gracias a ese expediente de la oficina de Asilo, que incluía las huellas dactilares del solicitante, como se pudo identificar el cadáver de El Molar.

El coche del asesino.

Un día de febrero de 1999, seguramente por la noche, Helen se introdujo en el coche de un cliente, del que sería su asesino. Nadie vio nada, ninguna de sus compañeras de la calle se había percatado de su ausencia. Ninguna pudo anotar o memorizar la matrícula del coche.

Solo pudieron señalar a los investigadores del grupo de Homicidios de la Comandancia de la Guardia Civil el lugar exacto donde Helen se ponía y al que nunca volvió.

De esa zona salió por última vez. Lo que pasó después sigue siendo un enigma, porque todas las pesquisas de los investigadores de la «operación Barranco» no dieron resultado por falta de pruebas contundentes, aunque no de sospechas.

Un pastor que caminaba por la zona encontró el cadáver, que presentaba cortes en la mano izquierda y marcas de estrangulamiento. Y así lo constató la autopsia.

El autor la estranguló con una cinta de nailon de las que se utilizan para atar las pacas de paja.

Probablemente no pudo defenderse ni zafarse de un asesino que lo tuvo fácil, porque Helen, que tenía 23 años, apenas pesaba 40 kilos.

A los investigadores les llamó la atención que la víctima llevara una peluca cosida a su propio pelo y otros detalles que confirmaron sus sospechas de que Helen no era de Sierra Leona, sino de Nigeria.

Y es que además del amuleto en forma de concha que llevaba atado al sujetador como antídoto del vudú, en el cuerpo de la mujer, concretamente en el esternón y a la altura de los pechos, se observaban unas marcas en forma de pirámide invertida, «dibujada» con pequeñas astillas incrustadas en la piel.

Además, a la altura de las orejas también tenía tres líneas paralelas como realizadas con algo similar a un bisturí y otras tantas en ambos hombros.

Eran señales inequívocas de la procedencia de la víctima y que simbolizaban algunas supersticiones que abundan en Nigeria.

Poco más pudieron encontrar los investigadores en el escenario donde fue arrojado el cuerpo de Helen. Ni una huella de su asesino, ni un prueba que pudiera ofrecer pistas, más allá de que probablemente era diestro, a juzgar por cómo la estranguló.

Aún así, la Guardia Civil no dejó de investigar y llegó a tener en el foco del caso a algún sospechoso que, como cuentan las crónicas de ese momento, podría vivir cerca del lugar donde fue encontrado el cadáver.