El embalse de Búbal, en el Pirineo de la provincia de Huesca, en mínimos esta semana. / EFE/Vídeo: Atlas

Entrevista a Rubén del Campo

«Un verano normal será tan intenso como el que estamos viviendo»

Hay menos lluvia, pero también una manera diferente de llover, que prolonga los períodos de sequía, advierte el meteorólogo de la AEMET Rubén del Campo

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

Las imágenes vistas este verano de pantanos casi secos, mientras algunos pueblos que se enfrentan a restricciones de agua y gobiernos regionales alertan de la posibilidad de cerrar el grifo en grandes ciudades, se debe a que el conjunto de embalses están por debajo del 40% –con el sur de España todavía más sediento–. «Esta sequía meteorológica empezó a notarse a finales de invierno, que fue una estación muy seca. En primavera llovió bastante, marzo y abril, pero desde entonces sólo ha habido algunas tormentas», asegura Rubén del Campo, meteorólogo de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), sobre esta estación particularmente árida, con un promedio de lluvia un 27% menor (421 litros / m2) que la media desde los años sesenta, cuando empezó a medirse en España (572 litros / m2).

«Llevamos muchos meses con lluvias por debajo de lo normal. Para determinar la sequía meteorológica se analiza el año hidrológico, que es el periodo desde el 1 de octubre hasta el 30 de septiembre de cada año, un momento que define mejor el ciclo de lluvias, que suele llegar en otoño».

–¿Esta sequía es inusual y se puede atribuir al cambio climático?

–Cuando analizamos las lluvias a largo plazo, desde finales del siglo XIX, no se observa una tendencia clara que podamos atribuir al cambio climático en cuanto a si llueve más o menos. Algunos estudios señalan que los períodos secos comienzan a ser más largos en el sur de la península. Pero los resultados varían mucho según la metodología y las estaciones analizadas. También se ha determinado que cuando hay episodios de lluvias torrenciales en el área mediterránea cae más agua. Lo que estamos viendo es una diferente manera de llover. La cantidad es la misma, pero en periodos más cortos y con más virulencia, lo que es menos útil.

–Vivimos entonces lo que advierten los científicos: concentración de lluvias y prolongación de sequías.

–Como consecuencia del calentamiento global se pronostica un aumento de las lluvias en muchas zonas del planeta, porque la atmósfera puede contener más agua. Pero en la región mediterránea se predice lo contrario: una disminución de las precipitaciones y un alargamiento de los períodos de sequía, y eso es lo que se está empezando a observar. Es como si el clima del norte de África estuviera invadiendo al sur de España.

–¿Se puede hablar de desertificación?

–Quizás, pero es apresurado decirlo. Lo cierto es que ese clima del Sáhara se está trasladando hacia Europa. Se pronostica que a mediados del siglo XXI un verano normal será tan intenso como el que estamos viviendo este año, que ha sido uno de los más calurosos. Lo que ahora es extraordinario, será lo normal. Tendremos que enfrentar, en 30 o 40 años, veranos tórridos y períodos de sequía más extensos. El agua será un recurso más escaso.

–¿Cómo afecta a la población y a los parques naturales?

–Se ha registrado que la temperatura en España ha subido en promedio 1,3 grados centígrados. Los climas áridos se están expandiendo en el país. Desde los años sesenta hasta la década pasada, han duplicado su extensión. Las zonas afectadas se ubican al este de Andalucía, la Cuenca del Ebro o en Castilla-La Mancha. Esto se traduce en menos disponibilidad de agua para los seres vivos porque hay más evaporación.

–Antes de ser árido, ¿qué era?

–Era un clima en el que la precipitación estaba por encima de la evaporación del agua. Se puede denominar como templado.

–Dice que han duplicado su extensión, ¿de cuánto hablamos?

–Se estima que en la década de los sesenta, el 7% de la superficie del país era árida, mientras que en esta segunda década del siglo XXI ha llegado a ser del 14%.

–¿Se adaptan los ecosistemas a estos cambios?

–Los ecosistemas tienen que adaptarse a la situación. Los climas que se han convertido en áridos ya estaban cerca de serlo, aunque su transformación se ha acelerado con la subida de la temperatura. Todo esto redunda en los incendios forestales. La sequía favorece estos eventos de gran envergadura. Es un riesgo natural que este año está en primera página por la gran cantidad de hectáreas que han ardido. Si hay más calor, hay más sequía; y, por tanto, se generan condiciones favorables para los incendios.

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