Un mes (o más) de confinamiento en pijama

06/04/2020

Póngase una camiseta de Superman y describa cómo se siente. ¿Le entran ganas de salvar el mundo? Puede que sí, o puede que esa sea la camiseta que utiliza para dormir y lo único que le entren sean ganas de echar una cabezadita.

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De una forma u otra, la teoría se confirma: asociamos la ropa que nos ponemos a distintas situaciones y esta tiene la capacidad de influir en nuestro comportamiento. Se llama ‘enclothed cognition’, un término acuñado por primera vez por Adam Galinski, que se refiere a «la influencia que la ropa tiene en los procesos psicológicos y conductuales de sus portadores».

Dicho de otra forma, es la explicación científica de por qué estar un mes en pijama, o lo que dure la cuarentena, puede tener efectos psicológicos negativos. «El pijama es la ropa que nos ponemos cuando estamos convalecientes en casa y la prenda que indica al cerebro que llega la hora de descanso. Llevarlo puesto todo el día favorece que no haya un cambio de rutina y aumenta la sensación de cansancio, apatía o incluso enfermedad», expresa la psicóloga Natalia Ortega, directora de Activa Psicología y Formación. Lo mismo ocurre, aunque con distintos efectos, con otras prendas de ropa.

Galinski, por ejemplo, apoyó su teoría con un experimento que buscaba saber qué efecto tenía en las personas vestir batas de laboratorio. Los resultados revelaron que, al llevarlas puestas, los participantes mostraron mayor agilidad mental y concentración, «como si la prenda hubiera preparado a su cerebro para asumir capacidades mentales que ellos asociaban con ser médico», afirmó el investigador.

También la psicóloga y profesora Karen Pine llegó a conclusiones similares. ¿Recuerda el experimento de la camiseta de Superman? Pues le habrá sonado a broma, pero tiene base científica. Lo realizó esta doctora con sus alumnos, como describe en su libro ‘Preocúpate de lo que llevas puesto: la psicología de la moda’, y descubrió que el trozo de tela con el logotipo del superhéroe les infundía autoconfianza y les hacía sentir físicamente más fuertes.

Otra pregunta de Trivial. Si le pidiesen que fuera a un examen de matemáticas en bañador, ¿obtendría los mismos resultados que yendo adecuadamente vestido? Ese fue el objeto de estudio de Barbara L. Fredrickson y Tomi-Ann Roberts, quienes comprobaron que las mujeres que fueron en bikini al experimento manifestaron un menor rendimiento mental y obtuvieron peores resultados en la prueba que las que llevaban el cuerpo cubierto.

Otras investigaciones también han descrito que la ropa formal nos predispone a ser mejores negociadores, la ropa casual a ser más sociables y la ropa deportiva a ser más saludables.

El tipo de prenda, sin embargo, no es lo único que nos influye mentalmente. Así, diversos estudios sobre la psicología del color aplicada a la moda han deducido, por ejemplo, que los clubes deportivos profesionales de Occidente que tienen equipaciones negras -color relacionado en esta cultura con la maldad y la muerte- son más agresivos que los que visten otros colores, como evidenciaron Mark Frank y Thomas Gilovich en una investigación de 1988; o que los atletas, cuando visten de rojo, tonalidad asociada con la fuerza y el poder-, son capaces de levantar más peso que cuando visten de azul -color relacionado con la pureza y la inteligencia-, según un artículo publicado en el ‘Journal of Sport and Exercise Psychology’.

Todo ello confirma que la ropa no solo influye en las percepciones que los demás tienen de nosotros, sino también en nuestras propias impresiones personales y formas de actuar. La psicóloga clínica Jennifer Baumgartner lo resume claramente en su libro ‘Eres lo que vistes’: «Vestir de cierta manera te ayuda a cambiar tu ser interno, por eso los actores dicen que ponerse un disfraz facilita la expresión del personaje. Esto es igual de cierto para la vida cotidiana».

Más allá de los estudios, y para terminar de convencernos sobre deshacernos del pijama, la psicóloga Ortega destaca otro aspecto esencial: la higiene. «Si no te cambias en 24 horas, aunque sea para ponerte un chándal, puede que modifiques, o incluso te saltes, tus hábitos de higiene». Por eso, ella recomienda mantener las costumbres de autocuidado durante el confinamiento (afeitarse, peinarse, depilarse). «Puede parecer algo banal, pero la imagen influye mucho en el nivel de autoestima y el estado de ánimo. Si a la situación de estrés que vivimos le añadimos el malestar que genera verse desaliñado en el espejo, nuestro estado emocional empeorará aún más».