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El relato de los dos «infiernos» del asesinato machista: ensañamiento y burocracia

Más de 200 mujeres sobreviven al ataque mortal de su pareja o expareja cada año en España, como Miriam Cabrera, que además de meses de recuperación física y mental afronta abandono institucional y quiebra económica

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

Cada año hay unos 250 hombres que atacan con intenciones asesinas a sus parejas o exparejas en España. Las cifras conocidas hablan de las mujeres que mueren, pero cientos de ellas quedan malheridas, tras lograr aferrarse a la vida. Son casi mil entre 2015 y 2019, según estadísticas del Ministerio del Interior. Una cada dos días de media. La lucha de estas mujeres no acaba con el alta médica. A partir del día después del ataque les queda enfrentar otro «infierno», como lo define la sobreviviente Miriam Cabrera, que el año pasado, dos días antes de decretarse el confinamiento, fue brutalmente apuñalada y degollada por el hombre con el que tenía siete meses de relación.

«Él era muy posesivo y celoso, y no lo aguanté mucho tiempo. Yo era la que trabajaba y la dueña del piso», recuerda Miriam, que vive en Tenerife, tiene 38 años y es madre de un niño de 13. «Le dije que se fuera de mi casa. Me respondió: 'muy bien'. Ni siquiera hubo discusión. Yo fui al baño y estaba sentada en el inodoro. Se suponía que él iba a empezar a recoger sus cosas de mi casa, pero le da un estampido a la puerta del baño y en medio segundo yo tenía un puñal completamente dentro del pecho, en la parte de arriba del estómago. No tuve tiempo a reaccionar, a defenderme, ni a darme cuenta de que me estaba asesinando».

«Ahí comienza la tortura», recuerda Miriam, en cuyo juicio los magistrados reconocieron el ensañamiento de su agresor. Al hombre no le bastó con acuchillarla. La miraba sentado, con el arma en una mano y un cigarrillo en la otra, mientras se desangraba. «Diciéndome que esto era lo que yo me merecía, porque lo quería dejar, que no lo iba a permitir porqueyo era de su propiedad». Aunque las víctimas mortales de la violencia de género permanece estable y estos dos últimos años parece decaer, los intentos de asesinato machista siguen una tendencia al alza, con 275 en 2019, el año más reciente con estadísticas.

Degüello, amenazas y robo

Entre la primera herida asestada a Miriam y la siguiente pasaron 40 minutos. En total la apuñaló durante casi cuatro horas. «La segunda vez lo hizo en la parte superior del abdomen. Lo tenía todo premeditado, había buscado cómo hacer puñaladas certeras, para arrebatar la vida. No para hacer daño, sino para matar». Sus intestinos comenzaron a salir por las heridas, con incisiones de 20 centímetros. «Cuando clavaba el puñal, lo movía. Me destrozó hasta el hígado, el bazo, el duodeno, los intestinos».

El criminal la amenazó con «hacerle lo mismo a mi hijo si no le daba las claves de mi tarjeta, las llaves del coche». Ella cedió. «Yo ya sabía que estaba muerta», relata. Entonces le pidió que la dejara morir en su cama, que la ayudara a llegar allí. Él aceptó. «Enfrente tenía un balcón donde se veía un árbol muy bonito, muy frondoso. Estaba florecido. Entonces él se puso por detrás de mí. Yo pensé que me iba a coger por los brazos para incorporarme pero me cogió por el pelo y me degolló. Se cerciora que estoy muerta, me da patadas. Yo estaba exhausta después de tantas horas. Luchando, sin sangre, con varias puñaladas. Ya no podía más. Se va y me deja encerrada en ese tercer piso, sin móvil. Ese fue mi asesinato».

¿Cómo sobrevive? «Por la amenaza de que iba a volver para matar a mi hijo de la misma manera, que iba a llegar del colegio y se iba a encontrar solo con el cadáver de su madre tirada en un pasillo, desangrada, sin la más mínima oportunidad de defenderse del asesino. Entonces mi prioridad era llegar a la calle y dar la voz de alarma para que protegieran a mi hijo». Se arrastró, se incorporó para abrir la puerta, rodó por las escaleras hasta llegar a la calle, donde la socorrieron. Pidió que protegieran a su hijo y perdió el conocimiento.

La agresión instucional

El día después de la mujer que sobrevive al ataque asesino de su pareja o expareja comienza otro «infierno». El dolor físico, las cirugías y la rehabilitación; el padecer psicológico; los ataques de pánico y el miedo; la humillación burocrática, en este caso con funcionarios poco preparados en las instituciones encargadas de ayudarla; la quiebra económica de quien vivía al día con su trabajo y dos hipotecas. Miriam estuvo un mes y medio en el hospital, la mayoría del tiempo inconsciente. Varios de sus órganosinternos requirieron reconstrucción, continuas transfusiones de sangre y plasma.

Todavía tiene pendientes más operaciones. Estuvo ingresada siempre sola, en pleno confinamiento, sin entender por qué no podía ver a su madre ni a su hijo. A su asesino en grado de tentativa le capturaron la misma noche de la agresión. La sentencia del mes pasado, dictada por la Audiencia Provincial de Tenerife, le ha condenado a 18 años y medio. Por homicidio doloso, consumados y tentativas, hay 1.248 víctimas en los últimos cinco años con estadísticas. Y por hechos graves de violencia de género hay unas 80.000 cada año, según el Ministerio del Interior.

Tan inesperado como el ataque de su agresor fue lo que vino después. «El abandono institucional del Estado es otro tipo de violencia», acusa Miriam, que debe usar una faja que sostenga sus intestinos, no puede amarrarse los zapatos y tiene ataques de pánico que siempre comienzan en el baño. «Yo primero tengo que sobrevivir a mi propio asesinato y ahora tengo que sobrevivir a la administración. Te deniegan y vulneran tus derechos sistemáticamente una y otra vez, a pesar del auto judicial y el informe clínico. Y es un proceso que se alarga años en los juzgados, aunque sabes que te darán la razón. Mientras tanto tienes que pagar tu casa y los servicios básicos, darle de comer a tu hijo que es menor. Ha sido otra película de terror que he tenido que vivir después de la primera».

El respaldo de las instituciones, pedido por la madre durante la convalecencia de Miriam, falla por errores del funcionario de turno, señala Miriam. «Aunque yo estuviera muriendo en un hospital, imagínate que sí sales con vida y te espera un montón de deudas». Primero, su nombre nunca entra al sistema de las ayudas inmediatas. Ante el reclamo, «la trabajadora social respondió que ya lo verían si yo salía del hospital». Miriam, que ahora vive con su madre, que la cuida a ella y a su hijo, ha visto cómo los primeros errores arrastran a otros nuevos. «Otro tipo de ayuda puntual también ha sido denegado. Había informes obligatorios que tendría que haber hecho la trabajadora social y no están. Tampoco ha ayudado en nada el Defensor del Pueblo».

Pero ella sabe que el mundo no se detiene. «Yo como porque mi madre me da de comer y me sigue pagando la hipoteca», prosigue Miriam, que ahora estudia Derecho, y enfoca sus conocimientos en su propia experiencia después que la primera abogada de oficio ni siquiera preparara su caso con el agravante de género, y las autoridades sanitarias no le reconocieran ningún grado de discapacidad. «Yo me he sentido totalmente abandonada y desprotegida a mi suerte», advierte. «Esto es un sálvese quien pueda por funcionarios que cobran de nuestros impuestos mensualmente. Es de locos. Mi asesino tiene cama, techo, comedor, gimnasio porque es un ser humano. Y yo me pregunto: ¿Y yo qué soy? Yo, a la que el banco le va a quitar la casa, que no puedo trabajar y no recibo ayuda económica, qué soy».