Regreso al verano de los 70

En el año de la pandemia se imponen vacaciones como las de antes: de pueblo, en familia y con planes sencillos al aire libre que desconecten del confinamiento... Y baratas

ROCÍO MENDOZA /MADRID

En un Seat 127 cabía, hace 50 años, todo lo que el español medio necesitaba para veranear: la familia, las llaves de la casa del pueblo o del apartamento de la playa, el presupuesto total a buen recaudo en la cartera y un equipaje ligero donde el bañador era el rey. Armadas de paciencia, las familias cogían carretera y manta con la única ambición de descansar. Los ‘Fórmula V’ se encargaban de recordar que las ‘Vacaciones de verano’ eran para ti (y para mí) y los ‘Tequila’ invitaban a bailar un rock&roll en la plaza del pueblo, la máxima expresión del cachondeo patrio. Eran los primeros años de los 70. Una época a la que regresaremos este verano en un tremendo ‘déjà vu’, obligados por la pandemia de COVID-19. Con el turismo en cuarentena, la recesión económica amenazando el bolsillo, la posibilidad de viajar en avión más que remota, el miedo al contagio y los desplazamientos limitados, lo que queda es volver a unas vacaciones como las de antes: en coche propio, cerca, en familia, en casas, de planes sencillos y con la máxima ambición de desconectar de lo vivido.

Cuestión de recursos La mitad del país, sin veraneo

En aquellos años, el país tampoco estaba para muchas alegrías: hasta el 77 no se vivieron las primeras vacaciones en democracia y asomaba la crisis del petróleo. Un sondeo del CIS del año 72 revelaba entonces que solo la mitad de la población tenía vacaciones remuneradas y, de ellos, no todos veraneaban. Quienes no lo hacían (un 49%) alegaban que no tenía recursos económicos para ello o que tenían trabajo. Quedarse en casa no era una opción tan rara. ¿Cuántos no se habrán planteado así el verano del coronavirus? «El fenómeno del ‘staycation’ (veranear en casa, con desplazamientos o actividades a nivel local) será visible, por la crisis sanitaria pero también por la recesión económica. Un estudio reciente ha cifrado este fenómeno en España en el 24%», sostiene Alfonso Vargas Sánchez, Catedrático de Organización de Empresas de la Universidad de Huelva, especializado en turismo. Hace 50 años, el fenómeno se situaba en un porcentaje muy similar: el 22% pasaba el verano «en casa».

A 300 kilómetros máximo El avión, solo para unos pocos

Los que sí salían de veraneo lo hacían cerca. Y el escenario este año se prevé prácticamente calcado. Los viajes organizados asequibles que llevaron a muchas familias a coleccionar destinos a cuál más exótico en viajes asequibles en grupo quedaban muy lejos en el 72. Y ahora también. El avión era usado por unos pocos privilegiados (un 7%) y, en el caso de las previsiones más optimistas, solo un 10% de los españoles planea este año (sin saber aún si podrá) viajar al extranjero en avión. Este verano, el precio del transporte subirá. «Ya no se van a ver, al menos inicialmente, los precios de oferta de las compañías aéreas de bajo coste anteriores a la crisis, porque será insostenible», afirma Pablo Díaz, experto de la Universidad Oberta de Cataluña. Como él, muchos defienden que las familias volverán a los setenta, «cuando se desplazaban en sus propios automóviles». Y no solo por cuestiones económicas. El catedrático onubense da la clave al recordar que «la incertidumbre sanitaria seguirá latente y eso lastrará los desplazamientos, particularmente en avión». El miedo al contagio llevará a la mayoría al refugio del coche propio. Aunque por distintas razones, ésta era la opción del 62% de los encuestados hace cinco décadas, cuando un litro de gasolina costaba 12,5 pesetas. En la primera semana de agosto (mes en el que veraneaba algo más de la mitad de la población en bloque, algo que volverá a suceder) las estimaciones de Tráfico eran de 300.000 vehículos circulando.

Menos extranjeros Cuando ‘Spain’ era ‘diferent’

En este contexto, es obvio que el turismo nacional es la esperanza, aunque es difícil saber si cubrirá las pérdidas por la caída de visitantes extranjeros, que se prevé brutal. El sector viene de celebrar en 2019 un récord histórico de 83,7 millones de visitantes, según la Estadística de Movimientos Turísticos de Frontera (Frontur). Este año, los agentes implicados prevén que la cifra no supere los 36 millones. Curiosamente, ese era exactamente el número de visitas que España esperaba en el 78, según los informativos de la época, cuando comenzaba a darse el auténtico ‘boom’ de extranjeros seducidos por las campañas que recordaban que «España era simpatía» (mítica de los 70, luego reciclada en ‘Al turismo, una sonrisa’) o que ‘Spain’ era ‘diferent’.

Alojamientos Mejor en casas

El turismo de proximidad también conlleva la elección de la vivienda vacacional como primera opción para alojarse. Y era lo que mayoritariamente se hacía en los 70. El citado sondeo sociológico destacaba que más de la mitad de los veraneantes pasaba las vacaciones en una residencia distinta a la suya, ya fuese propia o de familiares (43%). Los apartamentos de alquiler y los hoteles (un 23% estos últimos) eran la opción para el resto. Según un estudio de Ernest&Young, realizado la primera semana de mayo, «solamente un 17% de los consumidores se plantea ir a un hotel o alquilar una casa de veraneo cuando haya acabado el confinamiento». Así que, quien pueda, tirará de lo propio. Los setenta fueron la década de la construcción másiva de alojamiento vacacional. Tal fue el auge que, aún hoy, según el último censo de vivienda del INE, un 40% de las existentes datan de la época. Actualmente hay casi cuatro millones de viviendas vacacionales en España, sobre todo en Andalucía, Cataluña y Comunidad Valenciana. Pero también destacan zonas como Castilla y León. No en vano, el turismo rural espera vivir su gran momento.

Ocio sencillo Poco cine y muchos paseos

Ramón Cano, presidente de la Asociación Española contra la Despoblación, reconoce que muchos municipios sí ven este verano como «una oportunidad» y apunta hay que existe «cierto movimiento de alcaldes y pequeños empresarios» que quieren impulsar sus posilidades turísticas. Eso sí, reconoce que la ecuación requiere cautela porque debe primar la seguridad de los habitantes de estos núcleos, muchos considerados población de riesgo por su edad. De cualquier modo, el hecho de que la gente seguro que busca lugares alejados de la masificación, es algo que ven con buenos ojos porque «ayudará a crear un vínculo» con estas localidades, a través del conocimiento de la vida en ellas, que servirá de cara al futuro, cuando todo pase. En los 70, a la mayoría le tiraba la playa, pero lo que más valoraban de sus destinos eran las tradiciones, el clima y la tranquilidad. La mayor parte del tiempo la dedicaban a pasear y a bañarse. El cine o los monumentos eran menos populares. Este año, «la sensación de libertad que confieren los espacios naturales abiertos será un factor movilizador significativo», cree Vargas. «Será muy importante que incidan en la conexión entre lo auténtico y lo saludable», añade. La salud, la recuperación del cuerpo y del alma, serán los reclamos de éxito. Elijamos lo que elijamos, este catedrático cree que este verano será recordado por siempre y que estará lleno de historias particulares para contar.