El cardenal arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Juan José Omella. / efe

El presidente de los obispos pide perdón por la «corrupción» en la Iglesia

El cardenal Omella lamenta las «incoherencias» del clero y muestra su desazón por la «falta de pasión evangelizadora»

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

El presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Juan José Omella, agarró este lunes el toro por los cuernos y pidió perdón por la «corrupción» e «incoherencias» dentro de la Iglesia, unas palabras infrecuentes entre los dirigentes eclesiales. «Pido perdón, pues con nuestra falta de testimonio e incoherencias, por nuestras divisiones y falta de pasión evangelizadora, en no pocas ocasiones contribuimos, no sin escándalo, a la desafección y a la falta de confianza en la jerarquía, en la propia Iglesia», aseguró el arzobispo de Barcelona en su discurso de apertura de la asamblea plenaria del episcopado.

Cuando aún se mantienen vivos los rescoldos de la renuncia del obispo de Solsona, Xavier Novell, por su deseo de emprender una nueva vida con una mujer y el demoledor informe de los prelados franceses sobre los abusos sexuales, el discurso de Omella supone un punto de inflexión y un ejercicio de autocrítica al que es poco dada la jefatura de la Iglesia católica.

No es la primera vez que la cúpula episcopal entona un 'mea culpa' por el descrédito de la Iglesia a causa de la pederastia y otras cuestiones. Pero sí es una novedad que un líder episcopal lance un rapapolvo a los suyos por la falta de comunión eclesial y la dejadez en la acción evangelizadora.

Para el cardenal, hay actitudes que son poco entendidas por la sociedad, comportamientos que se traducen en el alejamiento de los fieles. Todo ello se traduce en la pérdida de ascendiente moral y el repliegue de la fe, «que va perdiendo presencia en la cultura ambiental de nuestro país».

En su severo juicio de los comportamientos de los eclesiásticos, el arzobispo no ahorró dureza. «A pesar de nuestras infidelidades, el Espíritu Santo continúa actuando en la historia y mostrando su potencia vivificante. Con Él no tememos afrontar temas como la falta de fe y la corrupción dentro de la Iglesia que nos duelen muy de veras y pedimos perdón a Dios, a las víctimas y a la sociedad, a la par que trabajamos por su erradicación y prevención».

Por la letra y la música, la alocución se parecía mucho a los discursos del papa Francisco, cuyo magisterio no encuentra unanimidad en los obispos españoles, donde afloran distintas sensibilidades. En este sentido, Omella hizo una encendida defensa de la sinodalidad, que no despierta mucho entusiasmo en algunos prelados. «La sinodalidad es, por tanto, más amplia que la colegialidad episcopal, a la que trasciende e incluye a la vez. (…) Por eso los pastores, dice el Papa, han de ponerse a la escucha de la voz de Cristo que habla a través todo el Pueblo de Dios».

Sin miedo a las diferencias

Para conseguir este propósito, planteó la necesidad de que los laicos cobren mayor protagonismo y que se admita la pluralidad: «No nos tienen que dar miedo las diferencias. El diferente, el otro que no piensa como yo, me puede ayudar, me enriquece y, lo más importante, el Espíritu de Dios me puede hablar a través de él».

Sabedor de las penurias que la pandemia ha supuesto a miles de familias, el presidente de la Conferencia Episcopal recordó a «los que están sufriendo o van a sufrir en sus carnes la dureza de esta crisis». Para paliar los efectos del estrangulamiento económico, ofreció la colaboración activa de la Iglesia con las administraciones para encarar con éxito la situación. A este respecto, abogó por «apartar las ideologías» y trabajar conjuntamente para luchar contra el paro juvenil. «Si la crisis del 2008 nos dejó muy afectados, con la reciente crisis sanitaria, económica y social provocada por la pandemia de la covid, hemos quedado profundamente tocados».

Omella lamentó que los jóvenes estén perdiendo el entusiasmo debido al desempleo, la precariedad, la sucesión de trabajos temporales y « unos sueldos muy bajos que les impiden el acceso a una vivienda, con unos precios desorbitados».