La nueva ética mundial

CANARIAS7 Las Palmas de Gran Canaria

La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual declara la independencia y autonomía de la Iglesia y del Estado: «ambos, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los hombres. Este servicio lo realizarán […] en una sana cooperación».

¿Existe esa sana cooperación? Esta pregunta difícilmente se puede responder con una afirmación, puesto que lo que se aprecia en el ambiente es una abundancia de manifestaciones anticristianas, a veces sutiles, a veces claramente ofensivas; vemos indiferencia, intentos de reducir el cristianismo al ámbito personal y negación generalizada de una realidad incuestionable: los pilares que sostienen las sociedades democráticas proceden del cristianismo.

El liberalismo contemporáneo pregona la tolerancia, pero discrimina a los creyentes para no incomodar a los agnósticos y no creyentes, o para imponer el laicismo excluyente. Se viola el derecho de los padres a inculcar valores cristianos; se intenta deformar la conciencia de los niños, mientras se aceptan como signos de libre expresión actos de vandalismo y la profanación de símbolos cristianos. Esa «sana cooperación» a la que se refiere la Gaudium et Spes —y de la que también habla el art. 16.3 de la Constitución española— parece brillar por su ausencia, y el texto conciliar declara: «La compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna solo puede percibirse por la fe; más aún es un misterio permanente de la historia humana».

Desde el final de la década de los 80, bajo la apariencia de un consenso suave, minorías poderosas han impulsado una nueva ética mundial. Un nuevo lenguaje se ha extendido por el mundo occidental. Ha aparecido una terminología ambigua, que pocos rechazarían: desarrollo sostenible, diálogo de civilizaciones, derecho a elegir, género, ONG, inclusión, derechos de la mujer, derechos del niño, derechos reproductivos, orientación sexual, aborto sin riesgo, educación para la paz, responsabilidad social corporativa, comercio justo, etc. Al tiempo que se trata de expulsar del lenguaje corriente palabras que pertenecen a la tradición cristiana: moralidad, conciencia, virginidad, castidad, esposos, autoridad, jerarquía, mandamiento, dogma, fe, pecado, naturaleza, etc.

Ya casi no se habla de esposos, sino de pareja; ni de felicidad, sino de calidad de vida; ni de familia, sino de todas las formas de familia; ni de padres, sino de progenitores; ni de valores universales, sino de ética mundial. Estos nuevos términos son omnipresentes; empapan la cultura de las organizaciones, incluso de organizaciones cristianas. La nueva cultura mundial nos educa a todos, pero sus contenidos no son neutros, porque los nuevos valores que propugna son ambivalentes; se enmarcan en un proceso de deconstrucción de la realidad y de la verdad que conduce al ejercicio arbitrario del poder y a la intolerancia.

La postmodernidad reclama un supuesto derecho a ejercer la libertad personal contra las leyes de la naturaleza, esto es, contra la ordenación y la revelación divinas. Todo ha sucedido sigilosamente, mediante la búsqueda de un consenso suave, valiéndose de campañas de concienciación y sensibilización lideradas por «expertos» en técnicas de manipulación que han implantado su programa de ingeniería social. Esta nueva ética mundial pretende posicionarse, si no lo ha logrado ya, por encima de los estados, de las leyes, de la autoridad de los padres y de los maestros, traspasando, como cualquier dictadura, toda jerarquía legítima. La nueva ética mundial enturbia nuestra percepción racional o teológica de la realidad, de la estructura antropológica propia del hombre o de la mujer, del orden establecido por Dios. El proceso de deconstrucción acaba llevando a una sociedad sin Dios y sin amor.

Es público y notorio que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos es uno de los impulsores del proceso de deconstrucción que estamos sufriendo en el mundo occidental. Frecuentemente sus jueces manipulan el sentido original de su constitución en función de las ideologías imperantes en cada momento entre sus componentes. Vermeule, profesor de derecho constitucional de Harvard, defiende que hay que ir más allá de un trasnochado originalismo constitucional: la corriente doctrinal que se opone al living constitutionalism, el constitucionalismo vivo o evolutivo que defiende la autonomía de los jueces para apartarse del sentido original del texto constitucional, y propone un constitucionalismo del bien común.

Para Vermeule hay que ir al fondo de la cuestión, hay que volver a las raíces, al concepto de bien común, y establecer nuevas reglas firmes: «El originalismo ha dejado de ser útil y se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo de un enfoque sólido y sustancialmente conservador del derecho y la interpretación constitucionales. Tal enfoque, uno podría llamarlo « constitucionalismo del bien común«, debe basarse en los principios de que el gobierno ayuda a dirigir a las personas, las asociaciones y la sociedad en general hacia el bien común, y que la regla firme en el interés de lograr el bien común es enteramente legítimo».

La nueva ética mundial no es sostenible porque está repleta de contradicciones; pero no deberíamos dar por hecho que la civilización mundial que está emergiendo volverá por si misma al sentido común y a los valores cristianos. La advertencia del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es clara: «Una visión del hombre y de las cosas desligada de toda referencia a la trascendencia ha llevado a rechazar el concepto de creación y a atribuir al hombre y a la naturaleza una existencia completamente autónoma. El vínculo que une al hombre con Dios ha sido así roto: esta ruptura ha acabado desvinculando también al hombre de la tierra y, más radicalmente, ha empobrecido su misma identidad. (n. 464). Sin embargo, el humanismo cristiano genuino y completo impulsado por la salvación en Jesucristo y promovido por la Iglesia es constructivo; recobrará la identidad cristiana y expulsará la nueva ética mundial de los espacios que debería ocupar la evangelización.

Miguel Ángel López LozanoProfesor de Teoría y Filosofía del Derecho