Compost de cadáveres

20/02/2020

La reducción orgánica natural, que acelera la transformación de los restos humanos en tierra fértil, ya es una práctica funeraria legal en algunos lugares de EE UU.

Algún día seremos tierra, y esa convicción está firmemente implantada en nuestra tradición cultural: desde el inevitable «polvo eres y en polvo te convertirás» del Génesis hasta expresiones más castizas y quizá un poco menos poéticas, como ese «criar malvas» con el que aludimos informalmente a nuestra última tarea en este mundo. Pero, pese a esa resignación ante nuestro destino final, la nueva práctica funeraria en Estados Unidos está provocando en muchas personas un estremecimiento de desagrado. Se trata, simplemente, de acelerar la descomposición sometiendo el cadáver a un proceso de compostaje, de manera que, en cosa de un mes, el difunto pueda servir de soporte y nutritivo sustento para las plantas. En lugar de polvo, que suena tan seco y estéril, nos convertiremos así en unas cuantas carretillas de «tierra bella y esponjosa», según describen los promotores de esta técnica.

Alternativas fúnebres

La «reducción orgánica natural», como prefieren denominarla sus impulsores, fue idea de una sola persona: Katrina Spade, una arquitecta estadounidense con formación en agricultura sostenible que se sentía disgustada por el impacto medioambiental de la cremación (que consume energía y contamina el aire) y de las inhumaciones convencionales (con su uso de sustancias tóxicas en el embalsamamiento y de madera y metal en el ataúd). Katrina no estaba sola en sus preocupaciones, ya que en los últimos tiempos se han difundido alternativas fúnebres más amigables con el entorno. Están los llamados ‘entierros verdes’, que depositan los restos directamente en la tierra, envueltos en un sudario de fibras naturales o en un sencillo féretro biodegradable, y también técnicas más sofisticadas como la hidrólisis alcalina o ‘liquidificación’, que baña el cuerpo con agua e hidróxido de potasio para reducirlo a cenizas.

A Katrina se le ocurrió en 2012 la manera de llevar a cabo una especie de ‘entierro verde’ acelerado, aplicando los procedimientos de compostaje que ya se emplean con el ganado muerto. En colaboración con la Universidad Estatal de Washington y la Western Carolina, llevó a cabo varias ‘reducciones’ experimentales de cadáveres donados a la ciencia, además de poner en marcha un ‘crowdfunding’ que ayudase a financiar el proyecto. Y, por supuesto, también se dedicó a impulsar las reformas legales necesarias en su estado, Washington: el año pasado, los parlamentarios dieron luz verde al compostaje de seres humanos, que podrá ponerse en práctica a partir del próximo mayo, y el estado de Colorado ya ha emprendido el mismo camino. La firma que fundó Katrina, Recompose, tiene previsto empezar sus operaciones en Seattle a principios del año que viene.

La idea de transformarse en fertilizante ha polarizado a la población. «Yo creo que eso se debe parcialmente a la aversión natural de las personas a pensar en la muerte, y también a algunos viejos estigmas en torno a la reflexión sobre la transitoriedad de la vida. Pero tengo que decir que la reacción de la gente al escuchar nuestra propuesta ha sido abrumadoramente positiva. Quizá las ideas están cambiando y la gente tiene más ganas de pensar sobre esta parte tan importante de nuestra humanidad», explica a este periódico Anna Swenson, la responsable de comunicación de Recompose. La empresa, aclara, está reformando ya el «almacén histórico» que va a albergar su centro de operaciones.

Un bosque con vistas

Allí levantarán un «sistema modular» de celdas hexagonales, como una colmena en la que se producirá la transformación. Los cuerpos se introducirán en los receptáculos, junto a materiales como serrín o alfalfa seca y a temperaturas de unos 55 grados, para que los microorganismos termófilos desempeñen su tarea en las condiciones idóneas. «Cuando el proceso se completa, ya no somos seres humanos», ha resumido Katrina Spade. Al cabo de un mes, el resultado serán 0,7 metros cúbicos de compost («un montón», puntualizan), más de setecientos litros que se pondrán a disposición de la familia. La idea es que se lleven una parte, sin demasiado trajín de carretillas, y que el resto vaya a parar a un jardín o un bosque conmemorativos. El coste rondará los 5.000 euros y los portavoces de Recompose ya están acostumbrados a aclarar detalles que podrían considerarse macabros: entre sus tareas figurará la de inspeccionar cuidadosamente el compost en busca de elementos no orgánicos, como empastes, prótesis o marcapasos. ¿Las ventajas de su sistema? «Minimizamos los residuos, evitamos la contaminación del agua subterránea con fluidos de embalsamar y eliminamos las emisiones a la atmósfera de la cremación y de la manufactura de ataúdes, lápidas y revestimientos de tumbas. A la vez, ayudamos a fortalecer nuestra relación con los ciclos naturales y enriquecemos el suelo».

Algún día seremos tierra y también seremos planta, y Anne tiene muy asumido ese desenlace: «Yo quiero que mis restos vayan al bosque con el que trabajamos, en el sur de Washington. Es un hermoso bosque templado con vistas al monte Santa Helena. La tierra se aprovechará para recuperarlo de la inapropiada explotación maderera de los años 30».