Incendio en Chandrexa de Queixa (Ourense). / EFE/Vídeo: Atlas

Las llamas paran trenes y autopistas y cierran la frontera gala

Orense arde por los cuatro costados y Galicia, con más de 40.000 hectáreas calcinadas, es ya el segundo territorio más dañado tras Zamora

A. TORICES Madrid

El verano más tórrido en décadas no da pausa alguna. Desde mediados de junio, cada jornada los incendios arrasan cientos o miles de hectáreas forestales en prácticamente toda España hasta haber convertido el año, ya con gran diferencia sobre los anteriores, en el que más superficie de arboledas y monte bajo ha calcinado en este siglo.

Los datos oficiales, que siempre adolecen de un retraso en la notificación de la dimensión real de los siniestros, indican que el terreno devastado por el fuego en 2022 excedía a 31 de julio las 162.000 hectáreas. Sin embargo, los satélites científicos del sistema europeo Copérnico afirman que el territorio español que se ve quemado desde el cielo supera ya las 240.000 hectáreas.

Pero las llamas no solo consumen el bosque y las dehesas, el humo y el fuego han obligado a salir corriendo con lo puesto de sus casas, la mayoría de las veces de madrugada, a no menos de 20.000 vecinos y veraneantes de poblaciones y asentamientos rurales, han causado centenares de heridos, la mayoría entre los miembros de los equipos de extinción, y, como ocurrió ayer, han alterado el funcionamiento de las infraestructuras de transporte.

Los incendios que este jueves asolaban Galicia y el vecino departamento francés de Las Landas provocaron la suspensión temporal de comunicaciones ferroviarias, el cierre a la circulación de una autopista que une la península con el centro de Europa e incluso la clausura durante horas de la frontera francesa al paso de camiones.

La línea ferroviaria que va de Orense a Santiago de Compostela estuvo cortada entre la tarde del miércoles y la mañana de ayer ante el alto riesgo de que los frentes que calcinaban O Irixo alcanzasen las vías. Este incendio con dos focos, uno intencionado y otro originado por chispas lanzadas por el tren, obligó a desalojar varios caseríos, quemó unas 680 hectáreas y forzó a Renfe a mover a los viajeros en autobús, rodeando el fuego.

Atasco monumental

Aunque el auténtico colapso de comunicaciones lo desencadenó este jueves durante horas el fuego que desde el martes abrasa unas 7.000 hectáreas forestales en la confluencia de las comarcas francesas de Las Landas y Burdeos. El incendio, que avanza sin control y llevó a Francia a pedir ayuda para su extinción a los países vecinos, obligó a cortar durante horas la autopista A-63 que une España con el centro del continente a través de Burdeos y a prohibir el paso de camiones por la frontera de Irún, que se reabrió pasado el mediodía. El resultado fue un atasco monumental, con kilómetros y kilómetros de camiones parados, aparcados en arcenes o áreas de descanso, y con retenciones de automóviles a ambos lados.

El jueves también se repitieron las evacuaciones de urgencia. Fue en la población cacereña de Torre de Don Miguel, ubicada en la Sierra de Gata, amenazada por las llamas del incendio que 24 horas antes comenzó en la cercana Santibáñez el Alto, muy probablemente prendido por la mano de un pirómano, como otros declarados en las últimas semanas en esta zona. Fue preciso desalojar a 500 vecinos, entre ellos los internos de una residencia de ancianos. Unos y otros se acomodaron como pudieron en un pabellón, otra residencia y un hospital de Moraleja.

El foco español de los incendios estuvo en la provincia de Orense, que ardía literalmente por los cuatro costados. Seis grandes incendios quemaban unas 2.500 hectáreas a añadir a las 5.000 del inicio de agosto. Desde el comienzo del verano en Galicia, especialmente en Orense, se han calcinado más de 40.000 hectáreas. Es, con mucha diferencia, el territorio más dañado por el fuego después de Zamora, que solo en dos megaincendios perdió 60.000 hectáreas.

Las llamas también hacían estragos en Castilla y León, con un fuego de 400 hectáreas en el parque de Las Arribes del Duero (Salamanca) y con otro de 900, que consumía parte de la Montaña de Riaño, cerca del Parque Nacional de los Picos de Europa, pero que la lluvía había ayudado a estabilizarlo.