Las virtudes de las personas introvertidas

22/05/2020

Ni friquis, ni tímidos, ni antisociales. ¿En qué hacen sombra a los extrovertidos, que tan buena ‘fama’ tienen?

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Cuando a los 6 años su hijo le dijo que no quería ir al desfile de Carnaval ni a los cumpleaños de sus amigos, Sylvia no se alarmó. ¿Cómo, que no le gustan los cumpleaños? No, no es eso. No le gustan ‘esas’ fiestas de cumpleaños, ni ‘esos’ desfiles de Carnaval «con tanta gente y la música tan alta». Ahora bien, proponle soplar las velas en un picnic en el lago junto a su mejor amigo, que se apunta el primero. El hijo de Sylvia, simplemente, es «un niño introvertido». Como ella.

«La palabra introvertido evoca a un friqui sin afeitar, encerrado ante un ordenador varios días, que va desperdigando por encima del teclado migas de pizza a domicilio. Pero eso no es más que un estereotipo». Sylvia Löhken, doctora en lingüística y comunicación alemana y «coach especializada en ayudar a los introvertidos a generar un mayor impacto en el trabajo», desmonta el estereotipo con su ejemplo. En 2012 fue nombrada ‘conferenciante del año’ en su país, un hito para una persona de su condición. Y su experiencia la relata en el libro ‘El éxito de los introvertidos’ (Vergara), donde descubre las fortalezas y las flaquezas de la gente reservada.

No pocas veces las personas se definen a sí mismas como «extrovertidas», aunque en realidad extrovertidos al cien por cien haya pocos. «El 60% de la población es ‘ambivertida’, es decir, que tiene rasgos de ambos. Puede salir de juerga o puede quedarse estudiando», anota el dato y el ejemplo Enrique García Huete, director de Quality Psicólogos. Así que los extrovertidos y los introvertidos deben andar a la par en número, aunque estos últimos rara vez se definan así.

Seguramente porque quizá no saben ni que lo son. «A menudo encontraba a mis colegas de profesión demasiado ruidosos y superficiales. En los cursos de formación a los que asistía, quienes los impartían decían sobre mi manera de comunicar: ‘¡Más expansiva, por favor!’, ‘¡más agresiva, más vigorosa...!’. Y aquello me incomodaba porque, hasta entonces, al dar una charla yo nunca había sentido la necesidad de hacer gestos grandilocuentes y al público más ‘reservado’, el de los gestos calmados y mesurados que no alardeaba tanto de sus emociones, le encantaba cómo lo hacía. Y a mí me caían bien ellos. Entonces mi ‘coach’ me dijo: ‘Ya veo... Te gustan los cerebros azules’, que es una manera de referirse a las personas reservadas y solitarias. Y tenía razón».

Introvertidos versus extrovertidos
Introvertidos:

Buena memoria a largo plazo, funcionan mejor con ‘consecuencias negativas’: ‘Si no estudias no tendrás vacaciones’, No necesitan refuerzo positivo más que esporádicamente, buena concentración, más motivados en el trabajo, más constantes y detallistas, los plazos cortos les estresan, prefieren trabajar solos, prefieren pensar antes de hablar, por eso parecen pasivos, se cuidan de hablar de asuntos y sentimientos personales, a menudo parecen tímidos, abstraídos, arrogantes, retraídos y hasta distantes, hablan en voz baja y sin énfasis.

Extrovertidos:

Buena memoria a corto plazo, funcionan mejor con ‘consecuencias positivas’: ‘Si estudias tendrás vacaciones’, necesitan refuerzo positivo constante: ‘Venga, muy bien, está fantastico’, se distraen con facilidad, se aburren pronto, en el trabajo funcionan bien bajo presión y con plazos de tiempo cortos, les gustan las soluciones rápidas, les gusta trabajar en equipo, muy locuaces, suelen hablar de forma espontánea, enseguida relatan cosas personales, a menudo se muestran inquietos, susceptibles, impacientes, hiperactivos y hasta agresivos, hablan en voz alta, enfática y rápida.

En esa definición se reconoció la autora del libro –pero no en algunos ‘adjetivos’ que les endosan como ‘friquis’, ‘raros’, ‘ermitaños’, ‘egocéntricos’...– y en ese término halló también explicación a muchas de las cosas que le pasaban. «Hasta entonces yo había pensado que era antisocial porque, en ocasiones, cuando estaba con mi familia o con mis amigos, de repente sentía que quería estar sola. Ahora sé que necesito retirarme de vez en cuando para recuperar mi energía». Así, tras una jornada de trabajo, su marido, que es extrovertido, «se relaja en el pub o jugando al fútbol con los amigos y le gusta poner la tele o la radio en cuanto entra en casa», mientras que ella se sienta sola a leer y necesita «más espacio y quietud y más tiempo sin ruidos».

E igual cuando viaja, que lo hace a menudo para participar en seminarios. «Como con los participantes en el congreso una vez y las siguientes me disculpo sin dar muchas explicaciones: ‘No, hoy no... Nos vemos mañana. ¡Pasadlo bien!’. Y, si tengo que visitar clientes o amigos, lo hago cada dos noches. Además, después de tres días de trabajo con gente necesito media jornada en soledad. Para las personas introvertidas este tiempo en solitario es esencial. Si no disponemos de paz y tranquilidad, nos volvemos irritables y nos sentimos agotados».

No es capricho. Es un tema biológico, advierte García Huete. «Todos necesitamos estar en equilibrio. Pero las personas introvertidas nacen con una mayor estimulación interna, esto es, van más ‘rápidos’, por decirlo de una forma gráfica. De ahí que necesiten menos estímulos exteriores para encontrar ese equilibrio. Los extrovertidos, por el contrario, van más ‘lentos’, es una cosa del cerebro, de ahí que, para estar a gusto y equilibrados, necesiten buscar estímulos externos. Son gente a la que le gusta charlar, salir, ir de jarana, entrar a una discoteca... Situaciones socialmente aceptadas pero que a un introvertido le pueden bloquear, igual que a un extrovertido típico le dejas una tarde libre y se lo llevan los demonios».

A propósito del ejemplo de la discoteca, el psicólogo alude a un asunto menor pero llamativo: «Imaginemos que nuestro amigo introvertido está renuente a salir por la noche, pero un día acepta y hasta se toma una copa. Como el alcohol es un depresor del sistema nervioso, su ‘velocidad interna’ se ralentiza, de manera que biológicamente en ese monento nuestro amigo es capaz de aceptar más estímulos externos, como el ruido. Y entonces la gente dice: ‘Mira qué animado’. Pero no es que sea más animado que otro, es que se le nota más que al extrovertido, que bebe y sigue como siempre».

Eso de la copa es una situación excepcional, pero, en cualquier otra que no lo sea, la diferencia que quizá explique mejor la distancia entre una persona introvertida y su antagónico es que el primero «agota las pilas antes porque su actividad cerebral consume más energía». Y entonces tiene que recargar. Pone la autora un ilustrativo ejemplo:«Un introvertido es como la batería del móvil, que se carga sola en reposo. Mientras que un extrovertido genera energía como un aerogenerador, necesita del estímulo externo, debe participar de forma activa en el proceso y ‘girar’ con dinamismo».

La estimulación excesiva en forma de «conversación trivial en el tren, una sala de espera abarrotada, el ruido de los portazos o el barullo en los pasillos» agota a los introvertidos. «En esas situaciones hay que buscar la manera de evadirse. Los tapones para los oídos ofrecen una vía de escape cuando viajas y la gente casi nunca intenta hablar contigo si los llevas. Otra opción es buscar refugio en el cuarto de baño». Si es que uno no lo encuentra fuera. «En Japón, por ejemplo, se otorga una gran importancia a estar en silencio, solo y pensativo, pero en países como Estados Unidos, una cultura típicamente extrovertida, si se hace el silencio entre dos personas que están hablando se considera molesto», lamenta Sylvia Löhken.

– ¿Y en España? Parece una cultura extrovertida. No será fácil para un introvertido.

– Claro que lo es –advierte García Huete–. En España hay cuadrillas que quedan para tomar vinos y otras que salen a hacer senderismo. En Sevilla habrá a quien le guste el baile y quien se apunte a clubes de ajedrez. Además, el ejemplo de Japón no es tan radical. La cultura manga son estímulos, colores, bailes...

No es lo mismo tímido que introvertido

«La etiqueta de tímido no tiene que ver con la introversión. A las personas tímidas les angustia, sobre todo, el contacto social», advierte la autora del libro. Y corrobora Enrique García Huete. «A un chaval extrovertido que hace deporte, es hablador, tiene muchos amigos... le sacas en clase a la pizarra y puede pasarlo igual de mal que su compañero introvertido, porque piensa que igual lo hace mal, que quizá los demás se van a reír...».

¿Puede un introvertido ser un buen líder?

«Una persona introvertida no llegará a ser animador de un hotel de cinco estrellas. Seguro que está más a gusto en un puesto de administrativo», señala gráficamente el psicólogo. Pero invita a pensar en una persona encargada de una investigación importante. «Los introvertidos son más detallistas, están más atentos, más motivados... Seguramente sea un perfil mucho más adecuado para liderar un equipo de investigación que un extrovertido. Otra cosa es que la parte carismática típica del líder la cubra mejor una persona extrovertida». Ahora, ¿para ser bibliotecario? «Pues ambos valen, otra cosa es que el extrovertido se enrollará a hablar con quien vaya a coger un libro».