La curiosa historia de la conquista del fin de semana

28/02/2020

Mandada está retirar esa ley, por inhumana por antigua y por vulgar. Es otra más sana la que debería votar, descansar en la semana y el domingo trabajar.

Con su particular guasa en quintilla, se posicionaban así los hermanos Álvarez Quintero a principios del siglo XX sobre la inminente aprobación de la Ley del Descanso Dominical, la primera que obligaba a parar por un día la labor de los trabajadores en España. Un periodista la recogió en un artículo publicado el 11 de diciembre de 1903 donde, junto a otra decena de opiniones de toda corte, reflejaba el revuelo que provocó en la época la obligación de descansar por ley. Era el germen del fin de semana tal y como lo conocemos hoy. Pasados más de cien años, los periodistas seguimos en la mismas. Testamos el sentir popular sobre la necesidad del descanso. Pero ahora la controversia es distinta: lo que se debate es si ha llegado la hora de ampliar a tres días el asueto semanal.

El concepto fin de semana es relativamente reciente y su evolución, como casi toda la historia de la humanidad, hunde sus raíces en la religión primero y en la lucha de clases después. Lo que ha existido desde la antigüedad ha sido el día único de descanso: el domingo. Ya en Roma se organizaba el tiempo entorno a una superstición o costumbre. Se fraguó así la convención de dedicar un día a la adoración en los templos, a hornear pan, limpiar y al mercado o descansar en casa.

Siempre ligado a lo religioso, el día único de descanso permaneció a lo largo del tiempo y siempre fue solo eso: 24 escasas horas dedicadas a otros menesteres distintos al trabajo. El concepto de ocio, esa obsesión actual de cultivo al cuerpo y el intelecto, con espectáculos, deportes y hobbies de todo tipo, es algo muy moderno. En la antigüedad, recuerda la economista María Antonia Ribón en su trabajo sobre la historia del ocio, este era «solo propio de una clase privilegiada que se podía dedicar a enriquecer el espíritu». Las clases menos pudientes estaban destinadas al trabajo y se descansaba para poder seguir trabajando. Un binomio que perduró a lo largo de los siglos. Eso sí, hasta finales del siglo XIX.

Fue entonces cuando nació el concepto de ‘weekend’. Una invención británica, como tantas otras innovaciones sociales. Ampliar el día único de descanso, no fue en aquel caso fruto de una ley, sino más bien, de nuevo, de la costumbre. Por un lado, cuenta Brad Beaven, historiador del siglo XIX británico, los artesanos trabajaban intensamente hasta el sábado por la tarde para acabar sus productos, con el fin de que nada les importunase el domingo. Pero vivían éste tan intensamente que necesitaban parte del lunes para recuperarse de la ‘juerga’.

El descanso ampliado que aplicaban por la vía de los hechos fue bautizado como ‘holly monday’ (lunes sagrado) y se extendió por la sociedad de la segunda mitad del siglo XIX de tal forma que contagió a las fábricas. Algunas tenían que cerrar en lunes porque no había personal suficiente para cubrir puestos.

Aunque años más tarde, resulta curioso que en España floreciera un fenómeno paralelo tras aprobarse la citada Ley del Descanso Dominical en 1904. Los hombres (únicos asalariados entonces) pasaron de trabajar 16 horas, a veces siete días de la semana según el oficio, a tener un día libre. ¿Opciones? Encerrarse en las tabernas a consumir cañas y chatos. El problema fue tal que se propuso cerrar las tabernas el domingo. Pero fue en balde.

En Gran Bretaña, las instituciones eclesiásticas, escandalizadas de tanto libertinaje en el día del Señor, presionaron a los dueños de las empresas para que desplazaran el tiempo de descanso al sábado por la tarde. Así el domingo no se dedicaría al esparcimiento del espíritu, sino a su contención a través del rezo. Quienes también encontraron necesario ampliar el descanso fueron los teóricos de la economía, como John Keynes, que promulgaba el binomio trabajador/consumidor. A más tiempo libre, mayor consumo. Y con ello, nacería la industria del ocio.

Se puso de moda pasar el tiempo en la casa de campo de las familias pudientes; las trabajadoras jugaban a la orilla del mar. Y se promovieron todo tipo de ocupaciones para las tarde del sábado, que intentaban apartar del delirio de los excesos de la bebida a la gente: deporte, teatro, música, cine... Y mucho fútbol. Y qué poco hemos cambiado.

En España se logró reducir la jornada laboral a 8 horas a partir de 1929, después de sonadas huelgas en las fábricas, y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) comenzaba a hablar de legalizar el derecho a descansar. El fin de semana como concepto arraigaba. La carta de los Derechos Humanos de 1948 reconoce en su artículo 24 que «toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas».

Pero estalló la guerra y la posguerra fue otro cantar. Hasta el 76, con la Ley de Relaciones Laborales, el fin de semana no fue regulado. «Se introduce como novedad el descanso continuado por la tarde del sábado y la jornada completa del domingo», fijó el texto legal.

La fórmula ha servido y ha evolucionado durante todo el siglo XX, creciendo en paralelo con la industria del ocio. Pero en el XXI vuelve a plantarse la necesidad de trabajar menos y descansar más. Por salud física y social del trabajador y por necesidad de la economía. El incremento de la robotización obligará a reajustar las horas y los puestos de trabajo; un dilema que también se dio con la Revolución Industrial y que impulsó el cambio entonces.

El otro argumento utilizado hoy para que algunas empresas hayan puesto en práctica la jornada de cuatro días a la semana, o sindicatos como UGT lo hayan ya planteado, es que a mayor descanso más productividad. Para Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de salud laboral del Colegio de Psicología de Madrid y directora de Idein, esta relación está muy demostrada. «Cuanto más cansados, más riesgo de errores y accidentes existe y la calidad del trabajo se resiente», recuerda. Y por supuesto también repercute en el clima laboral. «Cuando estoy cansada tengo menos ganas de trabajar en equipo, de se colaborativa... Solo tengo ganas de irme», valora. Qué hacemos con ese tiempo libre, como sucediera en el siglo pasado con la afición a la taberna, es el debate que vuelve a abrirse. «Hay que desconectar del trabajo, sí. Pero lo malo es que apostamos por un ocio que nos desconecta de nosotros mismos. Lo llenamos tanto (maratones, gimnasio, excursiones, viajes, etc.) que no descansamos ni física ni mentalmente», recuerda la especialista. Y se corre el riesgo de ni cuidarse ni cuidar a la familia y a los amigos, siendo esto uno de los grandes objetivos de la reuducción del tiempo de trabajo, ya sea organizado en cuatro días de trabajo y tres de descanso, o en jornadas diarias más cortas.

Los tiempos marcan la tendencia y un siglo después nos devuelven a lo que tanto promulgaba el intelectual británico G. K. Chesterton, espantado en su época con el azaroso ‘weekend’ que celebraba Gran Bretaña a principios de siglo. Su clamor no era otro que la necesidad volver al como el único camino del bienestar.