Jesús pone a punto el reloj de la Puerta del Sol. / Virginia Carrasco

El otro hombre del tiempo

Tictac. A sus 76 años, Jesús López-Terradas lleva 24 pendiente del carillón de la Puerta del Sol para que nada falle la medianoche del 31. «Un relojero no se jubila nunca»

José Antonio Guerrero
JOSÉ ANTONIO GUERRERO Madrid

Jesús López-Terradas (Toledo, 76 años) es el relojero de la Puerta del Sol, el hombre de quien depende que caiga la bola y el nuevo año eche a andar. Millones de ojos y orejas estarán pendientes del ingenio al que cuida desde hace casi un cuarto de siglo. ¡Qué presión! Pero él no se cansa de contar que nada va a fallar, que los cuartos sonarán cuando corresponde y que ningún hogar se quedará sin escuchar las doce campanadas. Son ya 24 años seguidos al pie del reloj, sin haber fallado a una sola cita desde 1997, cuando a Jesús y su equipo de la Relojería Losada (nombre que rinde homenaje al genio leonés que construyó el aparato de la Puerta del Sol y lo donó «al pueblo de Madrid») les adjudicaron el mantenimiento del reloj más emblemático de España.

Relojero de cuarta generación, él y sus compañeros, Santiago y Pedro, afinan y miman durante todo el año al protagonista que marca los tiempos de la Nochevieja. Cada semana sube a la torre para engrasar las tripas del carillón, que lleva dando la hora en la Puerta del Sol desde 1866.

Al relojero siempre le dan las uvas de Nochevieja en el mismo lugar, el torreón de la Casa de Correos, pendiente del segundero y de que la esfera caiga. «No veo un sitio mejor donde pasar ese momento, no lo cambiaría ni por el Caribe ni por el Big Ben», dice Jesús, que en cuanto suena la última campanada se siente recompensado con la explosión de júbilo que estalla a sus pies. Salvo el año pasado, que el virus dejó una Puerta del Sol fantasmal. «Estaba vacía y acostumbrados al jaleo en la última campanada... ¡qué pena, madre mía!». Este año, con permiso de ómicron, parece que habrá gente aunque con restricciones de aforo.

Cuando acaban la faena y el minutero ya se adentra en el nuevo año, los tres relojeros lo celebran y se toman una copita de champán con el técnico de sonido y el personal de seguridad. «Luego tiro corriendo para casa para pasar la noche con la familia».

Nuestro otro hombre del tiempo gasta una paciencia infinita para atender todas las entrevistas que le solicitan estos días, no sólo desde medios españoles, también británicos, franceses y latinoamericanos. «Estoy encantado de atender a todos, pero es que, además, en un oficio como el nuestro lo primero que tienes que aprender es a ser paciente. Cuando un reloj no anda y te pones nervioso es mejor que lo dejes», reflexiona. Se ríe cuando se le recuerda el protagonismo que cobra cada año por estas fechas. «Desde el punto de vista técnico podría hablar y no parar del reloj, pero creo que la gente lo que quiere escuchar es que las campanadas van a sonar bien. Y ellos lo van a vivir con alegría en sus hogares; en definitiva, eso es lo bonito».

El dueño de los últimos segundos del año tiene cuerda para rato, «si te apasiona tu trabajo, no te jubilas nunca», pero asegura que si le cambian a su viejo camarada de agujas por un cacharro digital, «que conmigo no cuenten». Y sí, él también tiene un deseo, esta vez cumplido, cuando escucha el último 'don'. «Que el reloj haya sonado bien y a su tiempo».