El Valle de Jinámar, la imagen de la pobreza cronificada en Canarias

22/02/2020

Unas 1.500 personas tienen un plato de comida gracias a la ayuda de la UE y del Banco de Alimentos que reparte, tres veces a la semana, la asociación Guaxayra. La exclusión social es el día a día de un barrio con vistas al mar, pero sin futuro aparente.

Luisa del Rosario González Las Palmas de Gran canaria

Unas 20.000 personas viven en el Valle de Jinámar, un barrio que en parte pertenece a Las Palmas de Gran Canaria y en parte al municipio de Telde. Quizás por eso ninguno de los consistorios de las dos ciudades más pobladas de la isla se hace responsable de una población que fue trasplantada en los años setenta desde diversas zonas con la promesa de una nueva vida.

Aquel «barrio dormitorio» que emergió en el barranco con mínimos servicios públicos y que aparecía hace ya una década entre las «zonas vulnerables» en la ficha del Ministerio de Fomento, con un 15% de población mayor de 16 años analfabeta y un 42% de paro, y que aparecía en los medios como un barrio «conflictivo», ha «mejorado en calidad de convivencia en un 60%», afirma Basilio Hernández, responsable de la Asociación Guaxayra.

Pero una gran mayoría de esas ciudadanía se siente no solo huérfana políticamente, también aislada. De hecho, después de la cesta de la compra, lo que más preocupa es hacerse con un bono guagua para salir de allí. Las montañas del Valle de Jinámar hacen de frontera física y temporal. Con una población que a duras penas sale adelante. María del Carmen Mirabal y Ana Rosa Medina son los rostros que ejemplifican la naturalización de la pobreza que asume la sociedad canaria. Dos mujeres de 73 y 61 años, respectivamente, que hace casi un año y medio protagonizaron un reportaje de CANARIAS7 que relató la entrega de alimentos de la Asociación Guaxayra en Jinámar. Esta semana, María del

Carmen y Ana Rosa estaban de nuevo con sus carritos de la compra en el local social para recoger su reparto. «La gente aquí no es pobre, es lo siguiente», relata Basilio Hernández. «Los políticos deben tener el corazón de piedra» se queja, lamentando que se preocupen más por salir en una foto vestidos de carnaval que de sus vecinos y vecinas.

«La situación en el barrio está cada día peor. Antes atendíamos a 484 familias, ahora estamos con cerca de 600, eso son unas 1.500 personas», relata. La entidad que dirige, que en realidad es un club deportivo, es la encargada de repartir la comida que le entrega el Banco de Alimentos para la población de la zona. «En Jinámar la situación laboral es un desastre. Un fracaso. Cada día hay más gente necesitada. Si les sale un trabajo en el sur de limpieza, ¿cómo van a ir, cómo se van a pagar el transporte si no tienen un duro?» se pregunta Basilio Hernández.

Los servicios sociales municipales son los que derivan a las familias hacia la asociación. Pero en ocasiones tienen que hacer «repartos de emergencia». La gente, dice Hernández, «no puede esperar uno o dos meses a que les den el papel. Muchas familias no tienen ni para jabón para lavarse la ropa». Esta semana tres familias se acercaron a Guaxayra en busca de ayuda sin «el papel». «Tienen niños, ¿qué vas a hacer?»

Huevos, papas, cebollas, «embutidos para que tengan algo que ponerle al pan». Nada de eso lo brinda de forma continuada el Banco de Alimentos, que recibe el excedente de grandes superficies y donaciones privadas especialmente de productos no perecederos.

«Garbanzos, arroz, todo eso sí, la Comunidad Europea [que financia parte de estos programas de ayuda] no varía. No hay fruta o verdura», señala Basilio Hernández. A través de Cruz Roja consiguen productos de limpieza. Geles, papel higiénico... Pero seguramente la leche sea lo más básico y la obsesión de Hernández: leche para la chiquillería.

La gente «las está pasando canutas. La vida laboral aquí no existe. Los chicos están en las esquinas» sin hacer nada, lamenta Hernández.

Sin trabajo está Nuria Hernández (40 años) y madre de un hijo de 17 años. Tampoco tiene ayudas económicas porque ha temido que si arreglaba los papeles «para una paga» aduciendo problemas mentales –vio al padre de su hijo ahorcado en la puerta de su casa– podían quitarle la custodia.

Carmen Sánchez (62 años) tampoco trabaja. Acude una vez al mes a recoger alimentos a Guaxayra y entre este paquete y lo que le dan de verdura «Lolo e Isabel» va pasando los días. Loli, que también acude a Guaxayra, tiene una hija de 21 años y tampoco tiene otros recursos. Y aunque la mayoría son mujeres, también esperan su turno varios hombres. Entre ellos Jordan Rodríguez. «Esto era impensable para mí. Soy médico cirujano, pero no tengo los papeles», confiesa este ciudadano cubano atrapado, como Jinámar, por las fronteras.