El médico poeta, condenado por agresión sexual

19/10/2019

El juez le impone 18 meses de prisión y multa de 900 euros por un caso de 2016. No podrá ejercer en el ámbito sanitario durante dos años.

F.J.F. / LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

Carlos Lázaro, médico del Servicio Canario de Salud, con consulta en el Centro de Salud de Canalejas (Las Palmas de Gran Canaria) y autor de varios libros de poesía, ha sido condenado por el magistrado Francisco Luis Liñán, del Juzgado de lo Penal número 4, a dieciocho meses de prisión y 900 euros en concepto de daños morales como autor de un delito de agresión sexual del que fue víctima una de sus pacientes. Además, el condenado deberá cumplir dos medidas de seguridad consistentes en libertad vigilada con el siguiente contenido: participar en programas de educación sexual por tiempo de dos años y prohibición de desempeñar cualquier actividad en el ámbito sanitario por tiempo de dos años, las cuales se ejecutarán con posterioridad a la pena privativa de libertad».

La sentencia es susceptible de recurso ante la Audiencia Provincial. Los hechos se remontan a 2016. Con posterioridad, el mismo médico fue detenido por la Policía Nacional tras recabar el testimonio de decenas de pacientes por hechos similares, en un procedimiento que sigue abierto.

El magistrado hace suyos los argumentos de la fiscal Inés Herreros y no deja resquicio para la duda sobre la comisión por parte del facultativo de un delito de agresión sexual sobre una paciente que se encontraba en el momento de los hechos en avanzado estado de gestación. Ella acudió a la consulta para un cambio de medicación al ser su médico de cabecera y él le preguntó por los dolores de cervicalgia que había tenido con anterioridad. En ese momento, el doctor le indica que se ponga de pie, cierra la puerta de la consulta, se coloca detrás de ella con el argumento de que iba a examinarle la espalda «y empezó a hacer con sus manos movimientos circulares en los hombros de la declarante, así como a palparle la espalda. Se fue acercando cada vez más, mientras seguía haciéndole movimientos circulares en los hombros». Es entonces cuando ella se queda «en estado de shock» al sentir cómo él «estaba rozando los brazos con la parte del frontal (...) Al tener los brazos hacia atrás, rozaba con el pene o miembro viril del acusado», para notar, en el momento en que ella se libera, que el médico «tenía una erección».

La sentencia concluye que el testimonio de la paciente fue «claro, detallado, firme, indubitado, objetivamente creíble y concordante con sus anteriores declaraciones, no afectado por circunstancia alguna que permita dudar de su credibilidad subjetiva». Y añade luego que el médico se valió de su mayor fuerza física para su «fin lúbrico». Asimismo, el fallo quita valor a las posibles diferencias entre el médico y la entonces directora del centro y encargada de tramitar la queja presentada por la paciente.

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