r.c.

Uno de cada cuatro españoles tiene síntomas de ansiedad o depresión

La crisis sanitaria y social ha dañado la salud mental del 36% de los ciudadanos, con un mayor impacto entre los jóvenes y las mujeres

Alfonso Torices
ALFONSO TORICES Madrid

El virus SARS-CoV-2 no solo ha desatado el proceso infeccioso más letal y el problema de salud más grave al que los españoles se han enfrentado en muchas décadas. La estresante crisis sanitaria y social generada por la pandemia ha traído como principal daño colateral serios trastornos en la salud mental de un número muy elevado de ciudadanos. Confinamiento, aislamiento social, muertes sin duelos, miedo, inseguridad, soledad o precariedad laboral han pasado una factura psicológica tremenda, según certifica el chequeo a la salud de los españoles realizado por la aseguradora Aegon y el Consejo General de Colegios de Psicólogos.

Primero llegó la alerta de los pediatras y las ONG. Los niños, y sobre todo los adolescentes españoles, han sufrido un impacto psicológico enorme por los daños y restricciones derivados de la pandemia. Grandes aumentos en las atenciones urgentes por trastornos de la alimentación, autolesiones, ideación suicida o cuadros depresivos. Después, los sanitarios. Hasta el 50% de los profesiones que han peleado en primera línea contra el virus -UCI, urgencias, plantas covid, emergencias, primaria, residencias- ha presentaban síntomas de depresión.

Ahora, la población general. El barómetro anual 'Estudio de Salud y Estilo de Vida' concluye que, tras más de año y medio de crisis sanitaria, casi cuatro de cada diez españoles de toda edad y condición, el 36,6%, no dudan en confesar que su salud psicológica y emocional ha empeorado en los últimos doce meses y, como ya apuntaban las alertas previas, la presencia de síntomas preocupantes es bastante mayor entre los jóvenes y las mujeres.

La cata científica de los expertos sobre el estado de salud general aún acota más el problema. Según el informe, uno de cada cuatro españoles presenta rasgos compatibles con un problema de ansiedad y, lo que es todavía más preocupante, uno de cada cinco, el 20%, tiene síntomas que apuntan a una depresión. Si ambos datos ya son pésimos, no lo es menos la tercera constatación del estudio. Más de la mitad de los ciudadanos que muestran indicios de sufrir algún grado de trastorno mental, el 54%, no toma medidas para paliarlo o resolverlo. No busca ayuda, no acude al médico o al especialista. Y no lo hace, explican buena parte de ellos, debido a la baja disponibilidad, la precariedad y el desconocimiento general sobre la estructura pública de salud mental.

Alteraciones del sueño

El Gobierno, a través del propio presidente, aseguró el sábado pasado que ha escuchado los avisos de los profesionales que conviven en el día a día con el problema y que la atención psicológica es una prioridad de la sanidad pública. Pedro Sánchez se comprometió a que las distintas administraciones contarán hasta con 100 millones de euros hasta 2024 para ejecutar un Plan de Salud Mental que refuerce la detección y tratamiento en atención primaria y especializada, poniendo la lupa especialmente en los adolescentes, para lo que se añadirán plazas de Psiquiatría Infantil a la próxima convocatoria del MIR. La estrategia también incluye la puesta en marcha de un teléfono gratuito que prevenga, ayude y reaccione las 24 horas del día ante la comunicación de ideaciones o episodios suicidas, un grave problema también agravado como consecuencia de los estragos de la pandemia.

El estudio detecta que varios hábitos de vida de los españoles, muy conectados con la salud mental, han sufrido también un impacto negativo durante el año y medio de crisis del coronavirus. Uno de cada tres españoles, con una proporción aún mayor entre las mujeres, indica padecer trastornos del sueño y un porcentaje casi idéntico relata que hace bastante menos ejercicio físico regular que antes de la pandemia. Prácticamente el único factor de salud que tiene una tendencia positiva en los últimos doce meses es que el 20% de los ciudadanos señala que consume menos cantidad de alcohol que antes, un dato que puede no ser ajeno al larguísimo periodo de prohibiciones y limitaciones para acudir a bares y restaurantes.