Cuando todo esto acabe

30/03/2020

Nadie sabe qué imagen simbolizará el final de este paréntesis de vida impuesto por la pandemia del COVID-19. Si un beso con pasión (y sin mascarilla) como el de la icónica foto de la Segunda Guerra Mundial o la sala de un cine con la mitad de butacas para que nadie, por ley, se siente a menos de dos metros. Quizá la dos. O cualquier otra.

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Pero aunque todo está por ver, ya empezamos a sentir los síntomas de lo que vendrá. Esta guerra ‘sui generis’ que libramos ahora marcará inevitablemente nuestra forma de relacionarnos en adelante. Y no durante una cuarentena. Sino de por vida. La Segunda Guerra Mundial trajo la incorporación de la mujer al mundo laboral. Y no hubo marcha atrás. Los atentados del 11-S hizo que viésemos con normalidad tener que pasar por los escáneres. Una medida de seguridad que permanece. No es descabellado pensar que, tras la ‘pandemia del 20’, algunas cosas nunca vuelvan a ser como antes.

¿Listos para marcar distancia?

Las epidemias por virus desconocidos se han repetido en la última década (SARS, MERS, Ébola, COVID-19). Y entre una y otra cada vez ha transcurrido menos tiempo. No extraña que los expertos planteen la necesidad de cambiar hábitos para protegernos. Los investigadores del Imperial College de Londres han sido los primeros en plantear la necesidad de marcar distancias en nuestros hábitos. En un trabajo publicado esta semana hablaron de incluir en nuestros planes futuros un distanciamiento social intermitente. El epidemiólogo Neil Ferguson proponía asumirlo cada vez que los datos indicaran un pico de afectados. El objetivo ya no sería aplanar la curva, sino adaptarse a la montaña rusa estadística. Hasta que una vacuna o la ‘inmunidad de grupo’ dome al virus, los dos metros de separación ganan como la mejor, sino única, medida.

Más profilaxis

Para que esto sea más eficaz, mascarillas, guantes desechables y geles hidroalcohólicos saldrían del ámbito sanitario para colarse en la indumentaria habitual. «El miedo al contacto físico con extraños va a convertirse en algo más enraizado y probablemente cambie en cierto grado las formas de interacción física muy cercana típicas de las sociedades mediterráneas, que además están siendo las más afectadas de Europa. Las mascarillas, por ejemplo, serán comunes en espacios públicos, incluso cuando haya pasado la emergencia. Y los besos a extraños serán menos habituales», reflexiona Pablo Santoro, profesor e investigador de la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Todos los negocios que dependan de la reunión de grandes cantidades de personas se verán ‘tocados’ de algún modo. ¿Cambios de aforo? ¿Medidas de higiene adicionales? Existe la posibilidad real de que los cines tengan menos butacas, las mascarillas sean obligatorias para asistir a conciertos o partidos de fútbol o los rezos colectivos sean limitados. «El mundo ha cambiado muchas veces. Volverá a hacerlo. No es raro imaginar que los ciudadanos lleguen a tener tarjetas de inmunidad que demuestren que han sido vacunados o superado un virus», valora Gideon Lichfield, experto en Economía Global y Sociedades del Futuro en un artículo de la revista del Massachusetts Institute of Technolgy (MIT).

El teletrabajo se quedará

Donde la huella será profunda es en las relaciones laborales. Después de la Educación, han sido las primeras en verse afectadas: desde el detalle de prohibir reuniones de más de 10 personas hasta asumir por decreto el teletrabajo. Elisa Sánchez, psicóloga experta en Salud Laboral, reflexiona sobre la prevención en los centros de trabajo: «Hasta ahora ha sido habitual ir a trabajar con fiebre aun a riesgo de contagiar a los demás. ¿Seguiremos haciéndolo?» Tras el coronavirus, cree que no. «Había prevalecido el criterio de productividad sobre el de salud», apunta la experta, quien vaticina un cambio que hará que «el cuidado de la salud física y psicológica será la prioridad». ¿Se llegará a que un escáner tome la temperatura antes de permitir el acceso al trabajo? Tendría que cambiar la ley. Ahora el control de la salud es algo que las empresas están obligadas a ofrecer pero el trabajador opta a él de forma voluntaria. Por otro lado, los desplazamientos bajarán. Los contactos a distancia que ahora se hacen se impondrán a futuro: más clientes consultados por videoconferencia y más reuniones ‘online’. José Luis Zimmerman, director general de Adigital (Asociación Española de la Economía Digital) considera que, junto con un avance en el terreno de la educación ‘online’, el teletrabajo será el único gran cambio a largo plazo que dejará la pandemia. «Hay sectores donde se ha demostrado. Es bueno que así haya sido, que es posible plantear nuevas formas de trabajo y de relación entre empresas», valora.

Economía de confinamiento

Este experto en economía digital, sin embargo, no ve claro que el comercio ‘online’ tenga una gran eclosión. Hay autores que ya hablan de la ‘economía del confinamiento’: esa en la que solo se ve al repartidor y a los productos en una pantalla. Pero nadie sabe si el consumidor renunciará al contacto en las tiendas en favor del modelo de consumo globalizado. «Quién sabe si no tendremos la reacción contraria, si compraremos más de forma presencial solo por la necesidad de ver y estar en contacto con más gente», cree Zimmerman. Para otros como Carlos Gómez, director de ventas retail de la empresa del sector Jhonson Controls, la clave estará en el equilibro que consigan alcanzar entre las tiendas físicas y la venta ‘online’. «La crisis que vivimos ha hecho que muchos compradores vean que comprar ‘online’ es posible y fiable pero siguen necesitando tocar y probar los artículos», cree. Para esto ya se acuñado un nuevo término: ‘la tienda omnicanal’.

Cae el mito de la virtualidad

En este escenario, la virtualidad cuyas bonanzas tanto se han cacareado hace aguas después de habernos ahogado en ella por obligación. Es cierto que las videoconferencias han abierto un mundo nuevo a un nicho de población, como los mayores, poco habituados a él. Que nos está ayudando a combatir la soledad. Pero precisamente esta tesitura nos ha abierto la mirada a otra realidad: papeles esenciales para la sociedad que no se pueden ejercer virtualmente. Es la opinión del sociólogo Pablo Santoro. «Muchas voces destacan cómo el papel de los cuidados a menores, a personas dependientes, los debates sobre las residencias de mayores... se hacen más patentes. Incluso ocupaciones que consideramos poco importantes, como el personal de los supermercados, se muestran cruciales. Hasta la compra ‘online’ se nos aparece como algo que no es tan virtual, si pensamos en el riesgo que generamos a quienes entregan esas compras. Muchos elementos de lo social jamás podrán ser inmateriales».

¿Científicos o futbolistas?

Con esto último se refiere más bien a un replanteamiento de los valores. ¿Ensalzaremos en adelante más a un científico que a un futbolista? Es difícil predecir si la pandemia calará tanto. Lo que sí está destacando en el debate es el concepto de ‘lo público’, una vez que la Sanidad y sus médicos son claves para superar esta crisis.

«Lo bueno que puede tener una epidemia es el darnos cuenta de que las soluciones individuales no sirven para nada y que solo si nos salvamos todos juntos nos salvamos también cada uno», valora el citado sociólogo. Pero hay una cara fea: corremos el riesgo de que el refuerzo de lo común se conciba de forma excluyente hacia el diferente. Los movimientos xenófobos y ultraderechistas siempre se han alimentado en el miedo y el descontento social. De este virus también tendrá que cuidarse la sociedad.