Nathaly, mujer trans colaboradora del estudio 'Las olvidadas'. / Fotos: M. Cuartero Solanilla

La ley de la calle somete a la mujer trans

La violencia y la pobreza predominan entre las 'olvidadas'. «¿Estoy soñando?», se pregunta Samanta, que ha logrado escapar del infierno

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

Para prostituirse, Samanta ocupaba un metro cuadrado del polígono industrial Marconi, en las afueras de Madrid. Durante más de cinco años esta mujer trans, que se automedica con hormonas, acudía al lugar que le había señalado otra mujer, que antes que ella se había establecido allí cada noche, para ganar poco, muy poco dinero, a veces nada. «Estás parada ahí todos los días, cogiendo frío, sabiendo que hay días que no vas a sacar ni un euro, ni tener para comer», afirma Samanta, que tiene 37 años y sólo quiere identificarse con ese nombre. «La que me paró en la esquina a trabajar era la persona con la que vivía. Ella había trabajado en esa zona». Dice que siempre ejerció de manera voluntaria, que empezó a los 17 años en su Honduras natal y que pidió asilo en España hace un lustro. La juventud del inicio es el común denominador. Por su identidad, «casi el 20% de las mujeres comenzaron al sentir que solo podían obtener ingresos de esta manera», indica el estudio 'Las olvidadas. Informe sobre el colectivo de mujeres trans en contexto de prostitución'. «Desde muy jóvenes encuentran en los espacios de prostitución un lugar en el que ser ellas».

Lo que horada la memoria de Samanta han sido los episodios de violencia que ha vivido tanto en Honduras como en España. «Lo que más me marcó fue cuando me violaron», rememora. «En Madrid me han asaltado y golpeado. Por ejemplo, un hombre me agarró con un cuchillo y me decía que por los diez euros que me dio tenía que estar con él hasta hacerlo terminar tres veces».

Como Samanta, la mayoría de mujeres trans que ejercen la prostitución callejera sufre violencia. El 83% física y verbal, el 61% psicológica y el 30% sexual, según el informe publicado por la asociación Imagina Más. «De tanto golpe, discriminación y sufrimiento en la calle he decido cambiar mi vida», asegura Samanta, que desde hace ocho meses trabaja como camarera de pisos, con un contrato temporal. La violencia la ejercen «clientes» en el 47% de los casos, otros «trabajadores del sexo» (36%) y autoridades (29%), entre otros. ¿Por qué? En 'Las olvidadas' se habla de transfobia como motivo de seis de cada diez agresiones, y de racismo o xenofobia en una de cada cinco.

Como mujeres trans y prostitutas son víctimas permanentes de la «transfobia» y la «putofobia», según el estudio firmado por Bárbara Mainieri como autora principal. «Los niveles de violencia a los que se enfrentan son muy altos», indica. «Se encuentran en una situación de vulnerabilidad tanto en el lugar de trabajo, como en espacios públicos donde son sometidas frecuentemente a violencia por parte de personas desconocidas».

Perfiles comunes

La historia de Samanta comienza al abandonar la casa materna. «Me tocó huir. Conocí a una mujer trans que me inició en lo de la calle. La primera vez hice bastante dinero, nunca había visto tanto para mí sola, y me gustó». La pobreza es el signo común de las mujeres trans que se dedican a la prostitución. El 41% ingresa entre cero y 300 euros y menos de la décima parte gana más de 950 euros, se indica en 'Las olvidadas'.

El estudio hace un perfil de las trans en las calles. Hay españolas, pero son minoría. Casi todas proceden de países latinoamericanos, se encuentran en situación regular (73%), no ocultan a su entorno a qué se dedican (85%), comparten domicilio con otras prostitutas, más de la mitad ingiere alcohol, cocaína y viagra «en el ejercicio de la prostitución» y usan condón con sus clientes. La cuarta parte tiene VIH, de las que un 5% no se medica con antirretrovirales.

Valeri, Antonella y katia.

En cuanto a su condición de trans, una de cada tres toma hormonas femeninas. «Del 29% que se encuentra actualmente en tratamiento hormonal, el 86% lo realiza dentro del sistema de salud y el 14% se 'autohormona' sin seguimiento médico». No es el caso de Samanta, que no se somete a terapia porque «es muy difícil conseguir cita y me cansé que me enviaran de un lado a otro», afirma quien desde los 18 empezó a automedicarse, ella sola. «Compraba las hormonas en las farmacias, y las probaba todas».

La mayoría de las mujeres trans que se prostituyen tienen experiencia de trabajo (86%), pero «es cierto que las trans estamos encasilladas en que solo servimos para la actividad sexual, y no es verdad», refiere Samanta. «Yo nunca me vi trabajando. Incluso hoy hay días que no me creo lo que hago. ¿Estoy soñando?, me pregunto de tanto que me ha costado cambiar de vida».

A pesar de que Samanta dice tener ahora «una fobia al trabajo de la calle», aún ejerce la prostitución ocasionalmente por el «dinero extra». «Hay clientes que me llaman y los atiendo todavía por las tardes. A veces voy a sus casas, otras vienen aquí. Pero no es como antes, que si me llamaban de madrugada me levantaba para arreglarme. Ya no».

El estudio indica que sus vidas transcurren en «un espacio estigmatizado y excluido que las aleja de otras oportunidades vitales, mientras ellas interiorizan no ser merecedoras de esas oportunidades».