¿A qué edad alcanzamos la felicidad plena?

27/02/2020

Un estudio sitúa en los 82 años nuestro pico de bienestar.

Siempre ha habido tesis muy variadas sobre la evolución de la felicidad a lo largo de la vida. Existen, por supuesto, pesimistas radicales que entienden la biografía humana como una imparable decadencia a partir de la primera infancia, pero, si organizamos una pequeña encuesta a nuestro alrededor, la mayoría de la gente ubicará su pico de bienestar en algún momento de la adolescencia o la juventud, cuando todo parecía posible y el cuerpo respondía con alegría y vigor. Pero, ojo, también es cierto que, si incluimos en nuestro sondeo doméstico a personas de edad avanzada, nos podemos topar con sorpresas: el escritor estadounidense Elmore Leonard, por ejemplo, aseguraba a los 86 que jamás había sido tan feliz como entonces, y al director de cine sueco Ingmar Bergman le atribuyen esa frase que compara el envejecimiento con la ascensión a una montaña. «Mientras subes, las fuerzas se reducen, pero la mirada se vuelve más libre y las vistas, más amplias y serenas».

El neurocientífico Daniel Levitin aporta ahora sustento teórico para estas tesis. En su nuevo libro (titulado ‘The Changing Mind’ en el Reino Unido y ‘Successful Aging’ en Estados Unidos), el popular divulgador ofrece una guía para envejecer de manera saludable y «exitosa», pero todos los que lo leen se quedan con un dato muy concreto: Levitin afirma, con base en estudios de la Organización Mundial de la Salud, que el ser humano alcanza su nivel máximo de felicidad a los 82 años. A esas alturas, argumenta, nos hemos desembarazado ya de las «expectativas demasiado altas» de la juventud y también de las servidumbres (la hipoteca, las facturas, el trabajo, los hijos) de la mediana edad y nos damos cuenta de que «la vida es bastante buena». Hay que puntualizar que el estadounidense-canadiense Levitin, al que le faltan aún 20 años para alcanzar esa edad dorada, ha aprovechado bien su tiempo en este mundo: a su carrera como científico y, profesor se suma una faceta de productor y asesor musical que lo ha llevado a trabajar con artistas como Stevie Wonder, Joe Satriani, Chris Isaak o Santana, así que no habla desde el aburrimiento de una memoria vacía de experiencias.

Su argumentación parte de la idea de que solemos manejar conceptos erróneos sobre el envejecimiento cerebral. Levitin sostiene que los años mejoran nuestra capacidad para tomar decisiones y que los desastres de la decrepitud se pueden prevenir. «Algunos aspectos de la memoria, de hecho, se vuelven mejores a medida que envejecemos. Es el caso, por ejemplo, de nuestra capacidad para distinguir patrones y regularidades y hacer predicciones certeras, ya que hemos tenido más experiencias. Si vas a hacerte una radiografía, prefieres un radiólogo de 70 años a uno de 30», ha resumido en un artículo para el ‘New York Times’. Según apunta, los apuros para ‘pescar’ los recuerdos no tienen como explicación única el deterioro cognitivo, sino también las dimensiones que ha alcanzado a esas alturas el archivo de la memoria.

Trabajar o no trabajar

Todo esto, claro, es una generalización que solo tiene sentido en las personas libres del mazazo de la demencia y que depende en buena medida de una personalidad positiva, «libre de complacencia», que mantenga la curiosidad y la actividad física y mental. «No tienes por qué seguir trabajando, aunque es un camino que funciona para muchos, pero sí has de estar comprometido con algo importante para ti –prescribe el científico–. Y hay que evitar el sedentarismo. No se trata tanto de hacer ejercicio como de moverse». Levitin ha entrevistado a figuras como la primatóloga Jane Goodall (85 años), el saxofonista Sonny Rollins (89) o el Dalái Lama (84) y se ha topado con una visión de la tercera edad alejadísima del estereotipo: «Ya no veo la vejez como un periodo inevitable de decadencia, pérdida e irrelevancia, sino como un periodo que puede ser de compromiso renovado, energía y actividades llenas de significado».

En realidad, el planteamiento de Levitin se ajusta a las conclusiones de los estudios sobre la felicidad, aunque sitúe el pico en un momento más tardío de lo habitual. Parece sobradamente demostrado que el gráfico del bienestar personal tiene forma de U: va descendiendo a medida que cumplimos años hasta alcanzar un mínimo en la segunda mitad de los 40, para después ascender a medida que nos hacemos mayores. Los expertos de la London School Of Economics, por ejemplo, hicieron sus cuentas y situaron los momentos más felices de la vida en los 23 y los 69 años, con un profundo valle de lágrimas en medio, mientras que un estudio estadounidense ha confirmado que esa estructura en U resulta válida para todos los tipos de sociedad.

Aun así... ¿los 82 no supone llevar las cosas demasiado lejos? El filósofo Javier Sádaba, que tiene 79 y reflexionó sobre la felicidad en su libro ‘La vida buena’, no lo ve muy claro: «Es verdad que con la vejez se acumulan experiencias, se es más realista y hasta más sabio, pero creo que es una idealización excesiva. Yo me fijaría en la decrepitud, la nostalgia por los que amas y han desaparecido, las molestias y dolores en todo el cuerpo, la falta de vigor en general y el tener muy próximo el horizonte de la muerte. Por eso estoy más de acuerdo con uno de los personajes de Diderot cuando dice que la única enfermedad incurable es la vejez».