Telde

Semillero de libertad en tiempos oscuros

10/06/2018

Inculcar valentía, autoestima, confianza e independencia en personas a las que se les menospreciaba sólo por ser mujeres fue una tarea complicada. Pero cuando cuatro jóvenes profesoras pusieron toda su fuerza y su profesionalidad en ello, se consiguió. Y ahí están las alumnas del Colegio San Gregorio para demostrarlo

Un hombre, un pionero que en los años cuarenta del siglo pasado defendía a la mujer como un elemento fundamental de la sociedad; cuatro jóvenes con agallas, que no dudaron en enfrentar todo tipo de obstáculos para hacer realidad su sueño; y 2.000 niñas de Telde, Valsequillo, Santa Lucía, Agüimes e Ingenio que enriquecieron sus mentes y se formaron en valores bajo su tutela, protagonizan la historia de un centro que marcó un hito en la lucha por la educación de las mujeres: el Colegio San Gregorio.

Fue la primera escuela femenina de Telde y desempeñó un papel crucial en la sociedad de aquella época pero, curiosa y desafortunadamente, apenas hay rastros de su historia. No hay archivos. No hay documentos oficiales. Hoy, del Colegio San Gregorio sólo queda un legado vivo: sus docentes y sus alumnas.

Y ha sido precisamente un grupo de cerca de 400 de esas estudiantes el que ha decidido rendir culto a su memoria e inmortalizarla en un libro: Imágenes de una historia. El Colegio San Gregorio de Telde, ejemplo de labor social y lucha por la educación de la mujer (1943-1975)

«El centro nos convirtió en mujeres autónomas, con capacidades. Nos veíamos reflejadas en las cuatro jóvenes que lucharon por mantenerlo en pie. En una época y un mundo donde todo lo marcaban los hombres, nos enseñaron a empoderarnos, a ser valientes», cuenta Inés Jiménez, una de las impulsoras de la iniciativa.

«Todas recordamos el mensaje que nos dejaron aquellas valientes: Sean fuertes. Hagan las cosas bien, porque a las mujeres nos cuesta más llegar y cualquier error que cometamos lo van a valorar como doblemente negativo», rememora.

Contra todo

1943, en plena posguerra, con mucho miedo y más hambre, Daniel Ramos Padrón fundó en Telde la Academia de San Gregorio, un centro privado y mixto del que era profesor y director, y al que se acudía, como se decía entonces, «para estudiar libre».

Y ese fue el principio de todo. El centro inició su andadura en la calle Cervantes, pero pronto ganó prestigio y popularidad y tuvo que trasladarse a un inmueble más amplio de la calle Juan Diego de La Fuente, donde recibió la autorización oficial del Ministerio de Educación para impartir la que entonces se denominaba Primera enseñanza.

Un año más tarde, Ramos abrió una imprenta a la que tuvo que dedicar todo su tiempo. Ese fue el motivo por el que puso la dirección de la academia en manos de cuatro jóvenes profesoras: Esther Oliva Martín, Lucía Jiménez Oliva, María Jesús Ojeda Amador y Francisca Mayor Alonso (Nena Mayor).

Ellas, inteligentes y vocacionales, decidieron enfrentarse a aquella mentalidad machista que educaba a la mujer para ser esposa y madre, y transformaron la academia en una escuela únicamente femenina: el Colegio San Gregorio.

Pero la tarea no fue sencilla. Para empezar, sus padres o sus maridos tuvieron que firmar una autorización para que ellas pudieran asumir el control del centro y, para seguir, debieron enfrentar graves dificultades económicas.

Aún así, salieron adelante con esfuerzo y con la colaboración del profesor Alejandro Dávila León, director del colegio masculino Labor.

Y el éxito fue tal que, a finales de los años 40, se vieron obligadas a mudarse de nuevo a otro edificio de la calle Navarra. Allí se incorporaron tres profesoras: Hilda Marrero Rocha, María del Carmen Díaz Sosa y María Dolores Ramírez Olivares, que sería la nueva directora.

En 1958, el colegio fue declarado de interés social y autorizado a impartir la Segunda enseñanza.

Dos años más tarde darían el último y definitivo paso al comprar un solar ubicado en la confluencia entre las calles Secretario Guedes Alemán y Andrés Manjón, donde construyeron su propio centro, que permaneció en ese lugar hasta que los problemas financieros y el auge de los colegios públicos precipitaron su cierre, en 1975.

«Ellas fueron un ejemplo de perseverancia y una inspiración para seguir formándonos y luchar por lo que queremos», asegura Palmira Déniz, antigua alumna.

Un estilo de vida

El colegio era una familia. Aunque comenzó siendo privado, después recibió becas para acoger a niñas con pocos recursos, pero en su seno nunca se hicieron distinciones sociales.

«Todas teníamos un sentimiento común, una impronta, un valor, un estilo de vida. No había diferencias. Forjamos una verdadera amistad y nos protegíamos», recuerda Palmira. «Después, cada una siguió su camino. Unas estudiaron y otras no, pero todas sentimos el privilegio de pertenencia, de identidad, de haber compartido aquella aventura, que supuso un avance esencial en la educación de las niñas del municipio».

Y ese sentimiento fue el que impulsó a 16 de aquellas alumnas a unirse en una comisión y a emprender una travesía, cuya meta era recuperar y dar luz a la historia del colegio... en definitiva, a sus propias historias.

«No hay documentos. No se guardó nada, porque no se daba importancia y se desdibujaba la labor de la mujer», dice Jiménez. «Quisimos visibilizar que ha habido y hay mujeres valientes, que han marcado la vida de muchas personas».

Y así, casi de la nada, tras un reencuentro y a través de las redes sociales, fueron apareciendo compañeras que han aportado fotos, recuerdos, anécdotas, vivencias con las que se ha tejido un relato de gran valor histórico sobre aquellas jóvenes maestras y su legado.

«Allí se formaron grandes profesionales y excelentes personas, porque esas profesoras, además de las asignaturas, nos enseñaron valores como la amistad, la solidaridad y la libertad, en una época sin libertades, que sentaron las bases de las mujeres que somos hoy».