«Nos da pena, pero nos tiene locos»

01/08/2019

Vecinos de un bloque de Las Remudas reclaman a la Administración que actúe en ayuda de una persona con discapacidad mental. No se asea, arrastra basura al edificio y les molesta por las noches

Los vecinos de un bloque de viviendas de Las Remudas están desesperados. No saben qué hacer con uno de sus moradores, un hombre con discapacidad mental que necesita ayuda y que, además, les lleva por la calle de la amargura. «Nos da mucha pena, pero al mismo tiempo nos tiene locos, estamos cansados». El lamento de Fredeswinda Jiménez es tónica general en el edificio. Se quejan de que no se asea (desprende un fuerte olor a excrementos), de que les llena la escalera de trastos y basura o de que les despierta de madrugada con sus gritos o sus llantos, porque, según aseguran los vecinos, hay noches en que ni su propia familia le abre la puerta. El historial de molestias es interminable. Saben que lo que precisa es de una atención adecuada, pero no la recibe. Llevan años pidiendo al Ayuntamiento que intervenga, pero tienen la sensación de que no hace nada, o de que no hace todo lo que debería.

«Se pasa el día y a veces hasta la noche en la calle, tirado por ahí, revolviendo basura, y luego vuelve de madrugada», advierte Jiménez, quien en alguna ocasión le ha ofrecido comida al percatarse de que estaba sin comer. Dice que ha perdido la cuenta del número de veces que ha dado parte al Ayuntamiento y que, sin embargo, todo sigue igual. Desde Servicios Sociales niegan cualquier tipo de información. Dicen que se lo impide la Ley de Protección de Datos. Solo por medio de fuentes extraoficiales este periódico ha podido confirmar que el caso ya ha sido remitido a Fiscalía. Los vecinos tienen claro cuál debe ser la solución. «Si su familia no puede hacerse cargo de él, que se haga cargo la Administración y que lo internen en algún centro especializado; porque así no puede seguir, un día de estos le va a pasar algo en esas calles».

Este viernes último protagonizó uno más de los incidentes a los que les tiene acostumbrados. Se pasó media mañana dando gritos en la caja de escalera y aporreando la puerta de la casa donde vive con su padre, una persona ya muy mayor y con dificultades de movilidad, y dos hermanos, otro de ellos, apuntan también los vecinos, con una discapacidad mental. Fue tal el escándalo que requirieron la presencia de la Policía Local. Se personaron dos agentes, que intentaron también de forma infructuosa que alguien les abriera la puerta de la casa. No lo consiguieron. Tampoco saben si el problema es que no había nadie. Tras una breve charla, le convencieron para que bajara al portal y tirara toda la chatarra que tenía allí acumulada. Apenas se aguantaba el hedor que desprendía. Va en cholas y sus pies, llenos de mugre, son un reflejo de su estado de abandono personal.

Solo un día después pudo vérsele rodeado de policías nacionales en la zona comercial de La Mareta. Dos coches patrulla hacían guardia junto a él. Este periódico intentó sin éxito conocer el motivo. «Nada que sea reseñable», contestaron en la jefatura. La única pista que tuvieron los vecinos de lo que pasó fue que el lunes lo vieron llegar al bloque en ambulancia y embutido en una especie de camisa de fuerza. «Eso sí, donde quiera que lo tuvieron no fueron capaces de ducharlo, llegó igual de sucio», se queja Jiménez. Nadie dice nada, pero este hombre malvive en un estado que se precia de ser del bienestar.