«La Cinsa nunca debió montarse aquí»

10/12/2018

Un extrabajador de la fábrica de abono desgrana cómo contaminaba la que durante décadas fue una de las empresas más importantes de Gran Canaria. Asegura que durante años vertió al mar la ceniza de la pirita, un mineral altamente contaminante. «Con su cierre nos hicieron un favor a los trabajadores y a Canarias»

Juan Alemán Boissier dedicó más de 20 años de su vida a la Cinsa, la fábrica de abono que estaba en Salinetas, y salvo que le permitió aprender un oficio, hoy está en condiciones de afirmar con rotundidad, desde la perspectiva que da la jubilación, que aquella industria «nunca debió montarse en Canarias». Y enumera varias razones: porque fue un negocio especulativo, porque pagó mal a sus trabajadores y porque, lo más importante, «fue una máquina de contaminación tremenda», tanto para el medio ambiente como para la salud de sus propios empleados.

No en vano, Alemán accede a hablar para este periódico a raíz de una denuncia del cronista oficial de Telde, Antonio González Padrón, en la que protestaba porque 33 años después de que cerrara la Cinsa, todavía queda en el polígono industrial de Salinetas, en una ladera que da a la costa, un vertido de varias toneladas de pirita, el mineral altamente contaminante, del grupo de los sulfuros, que contiene hierro y azufre y que usaba esta industria para fabricar abono agrícola, en concreto, sulfato amónico.

«Y lo peor es que cuando llueve, ese material acaba en el mar, no me explico cómo Medio Ambiente aún no ha actuado». Es más, sabe por un submarinista que en los fondos de la playa de Silva se observan todavía grandes cantidades de ceniza, que es a lo que, según comenta, quedaba casi reducida la pirita tras pasarse horas al fuego en el inmenso horno con el que era procesada en la Cinsa. La pirita se traía de Huelva, de las minas de Río Tinto, y con este mineral fabricaban ácido sulfúrico. Lo tostaban durante horas y, tras recurrir a varios procesos químicos, obtenían ese ácido, que, al mezclarlo con el nitrógeno, daba como resultado el abono agrícola. La nave Polifemo, de la que solo se conserva su estructura y que figura en el catálogo municipal de bienes arquitectónicos, era el silo donde se almacenaba el producto una vez acabado.

Estos restos de pirita y de ceniza, según cuenta Alemán, se estuvieron arrojando directamente al mar durante años, de forma impune. Es más, recuerda que al principio la vertían manualmente unos operarios en la terrera que denunció el cronista y que, por tanto, se exponían a sus efectos contaminantes sin apenas filtros. Hasta que un buen día, el comité de empresa denunció esa práctica en un organismo en la capital que velaba por la seguridad y la higiene en el trabajo y obligó a cambiar ese procedimiento. Se construyó entonces una acequia donde pasaba una corriente de agua salada que era bombeada desde el mar. La Cinsa estaba al lado de la costa. «Ya no salieron más con la vagoneta, sino que volcaban la ceniza en esa acequia, en la nave, y el agua se la llevaba hacia el mar».

Pero lo peor, asegura, eran los efectos perniciosos para los trabajadores. «Jugaron con nuestra salud». Tenían hasta centro médico donde se les hacían analíticas y hasta radiografías, «y eso era por algo». Los que más en contacto estuvieron con la pirita han padecido luego enfermedades muy serias, tanto, que familias y empleados las vinculan a la contaminación de este mineral. «Cuando la cerraron (1985), nos hicieron un favor a los trabajadores y a Canarias».