Cuando la bondad trasciende profesiones

12/01/2020

Los 50 años de Montes como estelero en la barbería de Francisco Suárez le hicieron ganarse el cariño de los vecinos de Los Llanos. Su función, además de la de cortar el pelo, era la de arreglar huesos, corregir posturas o poner inyecciones.

ronald ramírez alemán / telde

Hay ciertas profesiones, prácticas o costumbres, como uno quiera llamarlo, que hoy en día son impensables. La positiva dinámica de profesionalizar cada vez más los empleos y la necesaria exigencia de carreras, títulos y certificados han acabado con figuras como la de José Montesdeoca, Montes para los vecinos de Los Llanos. Y aunque es sin duda fundamental que los especialistas estén debidamente acreditados, en el caso de este carismático personaje teldense, la confianza que irradiaba sobre los que lo conocían valía por toda la formación inimaginable. Está ya retirado, a sus 85 años es lo que toca, pero durante un lustro ejerció como estelero en la mítica barbería de Francisco Suárez ubicada detrás de la plaza de San Gregorio.

Para el que no lo sepa, las atribuciones de un estelero, además de la de cortar el pelo, eran muy variadas y, a ojos de los más jóvenes, sorprendentes. Arreglaba huesos, corregía posturas, daba masajes e incluso ponía todo tipo de inyecciones. «Nunca se me olvidarán las colas que se formaban en la acera de gente que quería que mi padre les colocase alguna parte del cuerpo», rememora Inma Montesdeoca, su hija. Tal era la confianza que los vecinos tenían depositadas en él, que cuando se jubiló, en torno al año 2005, la gente seguía yendo a la casa del bueno de Montes para que sus manos sanaran sus dolencias. Eso sí, lo hacía con responsabilidad y sin extralimitarse en sus conocimientos. «Él primero tocaba y si veía un hueso roto o fracturado, recomendaba al paciente que fuera al médico a hacerse una placa o una radiografía», puntualiza su descendiente.

Una caída, una torcedura, un lumbago o una mala postura en el cuello, esas eran sus especialidades. Además de su habilidad con la navaja, claro. Y Montesdeoca lo aprendió todo de manera autodidacta, fijándose en otros de los tantos esteleros que existían en Telde a mediados del siglo XX. Aunque fue Jerónimo Amador quien más le influyó en este desaparecido oficio. «Ponía inyecciones hasta de penicilina, de lo que fuera. En la barbería había una aguja y una jeringuilla para todo el mundo, se desinfectaba con alcohol y que pasara el siguiente», relata su hija. Comenzó con Maestro Pancho en la barbería en la que estuvo 50 años. Fue su aprendiz en lo que al corte de pelo se refiere, y cuando Francisco Suárez se hizo a cargo del negocio, continuó sanando y cortando el pelo hasta que llegó a los 70 años.

Entre su arte arreglando articulaciones y su carácter abierto, bondadoso y alegre, José Montesdeoca, aunque natural de Jinámar, era muy querido en Los Llanos. «Mi madre se desesperaba cuando iba a pasear con él por Telde porque podía pasarse dos horas saludando a la gente. Se dejaba lo que no tenía, y los vecinos se lo reconocían», explica Inma, quien, con ayuda del resto de la familia, se preocupa de frenar a Montes para que lleve un ritmo de vida más tranquilo. «Sufre del corazón y le han puesto un marcapasos. El médico le recomienda que no haga esfuerzos, pero le tenemos que parar porque si por él fuera seguiría tratando a la gente a sus 85 años», amplía, desvelando la solidaridad que, a pesar de toda una vida de incansable trabajo, José Montesdeoca no ha perdido.

Una caja de naranjas. Sobre todo cuando pasaba su particular consulta en casa, Montes no lo hacía por dinero, sino por ayudar a sus vecinos de toda la vida. Aunque su habilidad traspasaba fronteras y era habitual que personas procedentes de cualquier punto de la isla acudiesen sin importar la hora a Jinámar a que este estelero les pasara revista. «La gente entraba en mi casa sin poder caminar o algo torcidos, y salían derechitos abrazando a mi padre», relata Inma Montesdeoca. Y como José muchas veces no quería ver una peseta por sus servicios, el método de pago era una caja de naranjas o de papas, según el cliente. Eso sí que lo admitía, porque para él se trataba de colaborar, ayudarse los unos a los otros. Era su modo de entender la vida.