Con el ‘curro’ en la sangre

13/08/2018

Sacho en mano y con el espinazo doblado, la tarea es dura pero las horas se hacen cortas. Todos recalcan su necesidad de sentirse activos y su deseo de que los tres meses firmados se alarguen

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Las botellas de agua, o las de refresco en el caso de Aday, eran lo único que hacía soltar sus herramientas estos días a los 12 desempleados que han sido contratados gracias al convenio de Zona Rurales Deprimidas y que rehabilitarán la Hoya de San Pedro durante tres meses.

Y es que todos aseguraban que lo peor de su experiencia, y prácticamente lo único negativo, está siendo el intenso calor que llevan soportando desde que empezaron con el proyecto.

¿Y lo mejor?

Sin ninguna duda, poder trabajar en lo que más les gusta: la agricultura.

Gozan y dan el callo cuando tienen un sacho en las manos porque, como ellos mismos afirman: «Llevamos este curro en la sangre».

Son ocho mujeres y cuatro hombres, todos peones agrícolas supervisados por Rita, su encargada. Y desde la benjamina de 29 años hasta la veterana, de 57, ni unas ni otros aflojan durante toda la jornada. Es más, se quejan si no llega el material y tienen que parar, aunque sólo sea media hora.

Algunos cuentan, no sin cara de asombro, que la cuadrilla les resulta poco menos que atípica.

Miriam dice estar agradablemente sorprendida: «Este es mi tercer trabajo de convenio y en los dos anteriores, he tenido compañeros que se escondían detrás de las higueras, mientras los demás trabajábamos. Aquí no para nadie. Nos ayudamos y nos compenetramos muy bien. Llevamos poco tiempo juntos, pero estoy disfrutando mucho».

Se organizan en grupos y mientras unos limpian la finca de hierbajos, otros adecentan el acceso y, con una rapidez inusitada, convierten un montón de pedruscos desparramados en una cuesta perfectamente lisa y practicable.

Loli ha retirado una gran parte de esas piedras. Ella es de esas mujeres que no paran. Oficial de albañilería, curtida durante 20 años en la construcción, se le ve de un lado para otro, en busca de tarea, con sus pantalones y su camisa de camuflaje, y con una visera que le aguanta el pelo.

Algo parecido le ocurre a María Salud, la veterana. Con un sentido del humor envidiable, trabaja en una esquina de la finca, acumulando malas hierbas con un sacho y, cuando le piden una foto, no sólo sonríe sino que, además, posa como una diva.

Ella sale de allí y vuelve a la tierra, a cuidar los 38 aguacateros de su finca, además de las plataneras y, ¡cómo no! de papas.

Ninguno sirve para estar parado y lo dicen convencidos. Y Gustavo riza más el rizo, porque siempre ha sido encargado agrícola y paró para resetearse, pero cuando le llamaron para trabajar como peón, no lo dudó, y se lanzó a seguir con su profesión, en la que ya lleva 30 años.

Rita, la encargada, no puede disimular su satisfacción por haber dado con un grupo tan heterogéneo pero, a la vez, con tantas ganas de trabajar, ayudar y enriquecerse personal y profesionalmente. Confiesa que todos le están enseñando mucho.

Y no es de extrañar, porque las ganas son tantas que algunos incluso se han traído los sachos de sus casas, para poder trabajar y rendir con más comodidad.

¿Alguien da más? Lo dudo.