Acueductos que canalizan la historia

11/05/2019

Los cauces del municipio atesoran un patrimonio hidráulico tan valioso como abandonado para el que el cronista de la ciudad pide protección. Algunos de los más significativos vestigios de aquellas acequias levantadas sobre pilares de piedra, la mayoría del siglo XIX, fueron obra de Juan de León y Castillo, autor del Puerto de la Luz.

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G. Florido / Telde

Durante décadas calmaron la sed de los campos y de las gentes. Los acueductos ayudaban al agua a salvar la difícil orografía de los paisajes de Telde, salpicados de barrancos y valles, para así abastecer depósitos, fuentes y pilares de uso público. Pero hace muchos años que el único agua que les toca es la que cae de la lluvia o la que acaricia sus pilares cuando corre por los cauces. Los acueductos ya no canalizan agua, pero sí canalizan historia. Y no precisamente una historia menor. Además de vestigios etnográficos de un valor científico incalculable, sus estructuras evocan un pasado marcado por el poder del agua y por la necesidad de controlarla y distribuirla. Telde atesora en este terreno un patrimonio único, y algunos llevan incluso la firma de un grande de la ingeniería como fue Juan de León y Castillo, el artífice del diseño del Puerto de la Luz.

El cronista de la ciudad, Antonio González Padrón, enumera algunos referentes de este legado hidráulico, tan singular y digno de protección como olvidado y abandonado, y aprovecha para anunciar que solicitará a la próxima corporación local que se promueva su declaración como bienes de interés cultural. Advierte de que están hechos de material muy frágil y su estabilidad está en riesgo.

Quizás el más icónico, por estar dentro del casco histórico y por su uso con fines turísticos, sea el de San Francisco, una construcción que discurre por un lateral de la calle Inés Chemida, la vía que enlaza ese enclave con San Juan. Data del siglo XIX, como la mayoría de los que se conservan en Telde, y fue una obra de Juan de León y Castillo.

De finales de esa misma centuria y del ingenio del mismo autor procede otro de los que posiblemente se encuentren entre los más populares, por hallarse en una zona de mucho tránsito viario. Es el llamado acueducto de Los Ríos, porque salva el tramo del barranco Real así conocido. También es de los más grandes, con cuatro arcos rebajados con dovelas, una joya que, según consta en su ficha etnográfica de la Fedac, está realizada en piedra de cantería de toba amarilla y mortero de cal y arena. González Padrón aún recuerda que predicó en el desierto cuando le plantaron a dos pasos un viaducto moderno, el de Las Longueras, que apagó su presencia en el paisaje.

Otro de León y Castillo, pero ya de primeros del siglo XX fue el que levantó el insigne teldense por encargo del empresario Juan Rodríguez Quegles, que fue dueño además de la Máquina del Azúcar. Tenía una finca en el barranco de Las Bachilleras, conocida como Finca del Barranquillo, y mandó construir un acueducto, conocido como La Canal, para llevar el agua hasta sus cultivos. Es de grandes dimensiones, de una altura de 10 metros y posee 9 arcos apuntalados anchos, realizado en piedra y bloques rojos.

Y entre los más antiguos, del siglo XVIII, está el de Tara, de cuatro arcos, hecho con basalto y toba volcánica. El cronista apunta que debió ser restaurado por Juan de León y Castillo en el XIX.