Un cuarto de siglo acogiendo migrantes

20/01/2019

El Centro de Migraciones de Santa Lucía, de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), hoy cumple su vigésimo quinto aniversario con 46 plazas para solicitantes de asilo o protección internacional y en situación de vulnerabilidad. Su trabajo principal es la asistencia jurídica, sanitaria, social, formación y empleo.

El Centro de Migraciones de Vecindario, de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), cumple hoy su vigésimoquinto aniversario. No es un espacio con muros que aíslan, sino un edificio de tres plantas con mucha vida, donde se siembran esperanzas y construyen ilusiones. Creado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Santa Lucía y totalmente integrado en la convivencia vecinal, acoge a 46 personas solicitantes de protección internacional e inmigrantes en situación de vulnerabilidad. Las manos pintadas en sus paredes, hablan de sufrimiento, pérdidas, identidad, trabajo, amor y libertad.

La directora Fátima Melián expresa, que «el alma del centro no ha cambiado mucho en 25 años, porque se sigue luchando por lo mismo: los derechos de las personas que entran por esta puerta y por acompañarlos», y destaca que los cambios más importantes registrados son los arquitectónicos, porque el edificio ha crecido, y en la plantilla, donde de seis personas han pasado a quince profesionales.

En cuanto al desarrollo de los programas, el humanitario, para personas en situación de vulnerabilidad, es el que despliega una mayor carga de vitalidad. «Entran por un periodo de tres meses y a su finalización tienen que abandonarlo». «El de asilo es de seis meses, pero igualmente demanda una importante actividad», apunta.

Fátima Melián, a quien no se le borra la sonrisa en ningún momento, acepta como definición del centro que es una ONU en miniatura. «Te das cuenta de que existen esas nacionalidades, de que no solamente están en libros cuando llegan personas de Eritrea, Somalia, Sri Lanka, Malí y de un largo etcétera de países de todo el mundo», señalando que últimamente están entrando personas procedentes de Venezuela, debido a la profunda crisis que afecta a aquel país.

El número de migrantes que han pasado por el centro sorprende. Desde su creación se estima en unos 2.000. «Trabajar con estas personas es como si estuvieras remontando un río, disfrutas navegando pero el esfuerzo te deja agotado, porque la lógica dice que sí pero el sistema es el que tenemos», apunta.

Si han habido más lágrimas que sonrisas, más frustraciones que éxitos, no está escrito, pero sí están presentes recuerdos, emociones y sentimientos. Rememorando palabras de su antiguo director Gonzalo Andradas, asegura que este «es un centro con paredes de cristal». «Los vemos llorar, reír, sus enfados, sus incomprensiones, entonces no podemos evitar el apego, es la vida que nos viene de golpe, no de ocho a doce, y entonces hay que acompañarlos, escucharlos y ayudarlos a ver el otro lado y ha canalizar sus energías», se sincera Fátima, orgullosa de estos veinticinco años del CEAR Vecindario.

Desarraigo y soledad

El mural del frontis del Centro de Migrantes de Vecindario, un auténtico mosaico de colores lleno de simbolismo, es obra del artista camerunés Anol El Pemú, afincado actualmente en Burkina Faso. La pintura de la fachada refleja la vida del interior del centro, el deseo de cambio, pero igualmente el sufrimiento por el desarraigo del inmigrante.

«A veces ese desarraigo es doble, el que sufren al romper con sus raíces de origen y el que se crea cuando se le cierran las puertas aquí, lo cual genera una profunda soledad y desesperanza en muchos de ellos», comenta la directora Fátima Melián.

En cuanto a los perfiles de los migrantes según su origen, son siempre my distintos. «El africano, que lo absorbe todo, no se siente merecedor de nada; no tenía nada y coge la patera porque le da igual perder la vida, ya no tenía nada», expresa, por lo que el trabajo más importante es dignificarlos, «hacerlos sentir personas». En la otra vertiente está el migrante sudamericano. «Les cuesta dejar lo que tenían atrás y partir de cero, les cuesta reinventarse», concluye.

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