Los Picachos, una herida 25 años abierta

11/02/2019

La caída de una de las pilastras del antiguo ingenio azucarero cumple un cuarto de siglo. Turcón, un año más, se manifestará para exigir la restauración de unos restos que tienen 500 años. El Cabildo tramita su declaración como BIC

Nadie, o casi nadie, se percata de la presencia de estas dos torres de piedra con apariencia de ruina. Y los que, si acaso, se fijan, a menudo las confunden con chimeneas. Nada invita tampoco a valorarlas. Ni un cartel, ni un panel informativo. Nada. Solas, enhiestas, en medio de un solar que parece abandonado, entre dos estanques sin agua, en un entorno urbano que las ignora, entre coches, humo y gente que pasa. Sin embargo, Telde y Gran Canaria les debe más de lo que creen. Estas pilastras, conocidas como Los Picachos, no solo dan nombre a toda esta zona de expansión urbana de Los Llanos hacia el sur, sino que son, además, el vestigio más antiguo que se conserva en la ciudad de la actividad económica que dio de comer a Canarias en los primeros años tras la conquista castellana. Son parte de un ingenio azucarero de hace 500 años. Hace 25, un 14 de febrero de 1994, se vino abajo una de las tres torres que quedaban y todo sigue igual. Como si nada hubiera pasado.

Solo ha cambiado una cosa. Que gracias a años de empeño, concentraciones y denuncias de los ecologistas de Turcón, los únicos, junto al cronista de Telde, Antonio González, que no se han olvidado nunca de este yacimiento, al menos ahora el Cabildo de Gran Canaria está tramitando la declaración de Los Picachos como Bien de Interés Cultural (BIC). Es el tercer intento, pero esta vez parece que va en serio. Instituciones como El Museo Canario han emitido ya sus informes dando su visto bueno a la protección de este espacio. Y hasta el Ministerio de Cultura y Deporte ha resuelto su inscripción en el Registro General de Bienes de Interés Cultural de España con un código de anotación preventiva.

El tiempo en contra

Este trámite formal sería solo un primer paso para la definitiva recuperación de estos restos. En el proceso quedaría también la adquisición de los terrenos en los que se halla, operación que se ha visto frustrada también en varias ocasiones. Sin ir más lejos, en 2014 el Ayuntamiento llegó a tasar el suelo en 703.059 euros y hasta ultimó un acuerdo con parte de los propietarios, porque son varios. Pero no salió adelante. Luego quedaría también la excavación e investigación arqueológica del enclave, y finalmente, su restauración y musealización para que pueda ser visitado. No debe haber más retrasos. El tiempo corre ya en contra de su conservación. Han pasado demasiados años sin que nadie se haya preocupado por lo que el arqueólogo Ángel Rodríguez Fleitas llama herida abierta en la memoria y en el paisaje.

Este historiador, que fue el autor de la memoria justificativa con la que Turcón logró impulsar el expediente que ahora permitirá declarar BIC a Los Picachos, explica que estas pilastras debieron formar parte de la estructura sobre la que discurría una especie de acequia de madera que conducía el agua con la que funcionaba el molino que, a su vez, trituraba la caña de azúcar y la transformaba entonces en eso, es azúcar. Es decir, son parte de un acueducto. Esas pilastras de hasta 10 metros de altura y ese canal de madera creaban un salto de agua artificial necesario para que el líquido cayese con fuerza y pudiese mover los rodillos del molino.

Pero Turcón quiere que el Cabildo amarre también la protección de otros bienes etnográficos situados dentro del perímetro del BIC. Le plantea que detalle bien y justifique los valores del estanque o tanque de Los Picachos o de La Mareta, que data del siglo XIX y tiene unos 420 metros cuadrados, situado justo al lado; de otro depósito de agua más pequeño; y de las muy cercanas cantoneras de Los Picachos, un valioso, pero descuidado complejo hidráulico, al pie de la carretera de El Calero, que, según el historiador Eduardo Medina en su libro Adeyahamen, se compone en sus 20 metros de largo de 10 cantoneras.

Todo ese complejo, puesto en uso para la visita, con los restos del ingenio, los dos estanques y las cantoneras, ofrecería un testimonio vivo de cómo los canarios han convivido con el agua y cómo se las han ingeniado para sacarle partido a lo largo de los siglos.

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