Santa Catalina... y comieron perdices

27/02/2020

El parque celebra este carnaval los 25 años ininterrumpidos como escenario de la fiesta. Hasta que se decidió este emplazamiento, las mascaritas tenían que ir mudándose: del castillo de La Luz al teatro Pérez Galdós; del López Socas al Estadio Insular; y de la plaza de Santa Ana hasta Las Canteras.

En principio, el carnaval fue un vagar de mascaritas. Para disfrutar de la fiesta había que tener a mano siempre un bono de Guaguas o unas perrillas en el bolsillo para coger un taxi porque las carnestolendas carecían de un escenario fijo. Hubo que esperar hasta el año 1995 para que la organización se decidiera a convertir Santa Catalina en el corazón de la fiesta. Hoy el parque cumple veinticinco años de aquel cuento.

La primera versión moderna del carnaval, la que empujó Manolo García a la calle con un coste de 400.000 pesetas (unos 2.400 euros), tuvo su epicentro en el castillo de La Luz, donde se llegó a celebrar una gala de la reina. Luego la fiesta se afianzó y, a medida que pasaba a ser controlada por el Ayuntamiento, no solo iba manejando más dinero (en una década pasó a manejarse un presupuesto que rondaba los 360.000 euros) sino que además iba conquistando nuevos espacios.

En 1985, por ejemplo, las comparsas concursaron en el Estadio Insular mientras que la gala de la reina se celebró en el López Socas. Al año siguiente, el teatro Pérez Galdós acogía el encuentro de rondallas; la reina infantil era elegida bajo una carpa dispuesta junto al castillo de Luz y la reina adulta se lucía en la plaza de Santa Ana.

Los actos de la fiesta continuaron rodando con el paso de los años, y espacios que desde la perspectiva actual son poco sospechosos de ser parte del carnaval, llegaron a convocar a las mascaritas. Así, hubo una gala de la reina de la tercera edad en el Puerto mientras que la reina infantil era escogida en la Alameda de Colón. Y tampoco se puede obviar el carnaval de 1994, con su ya inolvidable gala de la reina en la playa de Las Canteras, con el bufo del mago, Montesinos, Ramoncín, Florinda Chico y Marta Sánchez.

Es cierto que antes de 1995 se intentó llevar el programa de actos al parque de Santa Catalina, donde solo reinaba el mogollón. Fue en el año 1990, con un escenario que se situó entre los edificios Elder y Miller. «Aquella gala fue conocida como la gala de la chochona», recuerda Francisco Medina, quien fue durante años miembro de la Sociedad Fiestas del Carnaval. «La llamaban así porque el escenario parecía una tómbola», explicó.

Aquel experimentó no duró mucho y se volvió a deslocalizar las escenas. Sin embargo, la airada reacción que provocó el carnaval de 1994 obligó a la organización a replantearse la fiesta. «No fue un mal carnaval», asegura Medina, «se trajo a Willy DeVille y a Óscar d’ León, pero la gala se lo cargó todo».

Un parque en obras

Por entonces el teatro Pérez Galdós se había quedado pequeño y se vio la oportunidad de aunar todos los actos del carnaval en un solo lugar. Fue una apuesta arriesgada porque en aquellos tiempos el parque de Santa Catalina estaba en obras. «Elder y Miller no tenían techo y la mitad del parque estaba levantado», rememora el actual presidente del Club Victoria.

Con este riesgo, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria decidió apostar por un carnaval que hiciera olvidar el trauma de 1994. «Se hizo un gran escenario dedicado al cine y se trajo, por vez primera en la ciudad, la iluminación láser», prosigue el entonces vicepresidente de la fiesta.

La gala de Las Canteras había pasado factura y el entonces alcalde, Emilio Mayoral, no quería dejar nada a la improvisación, así que días antes del pregón, exigió una prueba del láser, que acabó celebrándose a las dos y medio de la madrugada para evitar ojos indiscretos.

En aquel momento tampoco existía la estructura de graderío que hoy se cierra sobre el escenario del carnaval. «Hubo que coger sillas de tijera y, una a una, llenar el parque», prosigue Francisco Medina, «tuvimos que pedir sillas hasta al ejército».

Además, había ventorrillos en medio del patio de butacas y tres mesones despachaban comida justo en el lugar que hoy ocupan las gradas. Además, por delante de estos mesones se organizaba un desfile alocado que, en cierta medida, sirvió para plantar el germen de la gala drag queen.

«Ese fue el punto de inflexión de la fiesta del carnaval», reconoce Medina.

Sin embargo, aún quedaban dos años para que las murgas aceptasen dejar el Estadio Insular. Los grupos, a regañadientes, aceptaron participar en el parque. Sin embargo, lo que iba a ser una solución provisional acabó por afianzarse. «Hoy es indispensable porque el escenario viste mucho al grupo», reflexiona Francisco Medina.

Amenaza de lluvia

Lo que no ha podido evitar Santa Catalina es la amenaza constante de la lluvia en los meses de enero y febrero. Y eso desde el inicio. El que fuera miembro de la organización recuerda que en 1995 hubo un temporal importante en Canarias y las puntas que llegaban desde Santa Cruz de Tenerife, donde los actos se celebran bajo techo, eran constantes. «Al final aquí no llovió ningún día y su recinto se inundó», se ríe.

En su opinión, Santa Catalina permitió pasar de «un carnaval de chochos y moscas a una gran fiesta». Y ello no solo por la posición central del parque, que permite escenarios de grandes dimensiones y aforos mayores, sino también por permitirle mantener su identidad de fiesta callejera y por el apoyo que presta el Miller, que posibilita el acopio de material y el soporte de toda al estructura de la fiesta.

Curiosamente, el paso de los años ha permitido que se levanten voces contrarias a la concentración. El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ha ido respondiendo a esta demanda trasladando el pregón de nuevo a Santa Ana y convocando fiestas de día en Vegueta y Triana, o llevando un pasacalles por Las Canteras. Pero la esencia sigue en el parque, con la única herida abierta de la pérdida del mogollón.

Para Medina, «se está en camino de la consideración de Feria de Interés Turístico Internacional gracias al equipo que trabaja en el carnaval, al talento de Israel Reyes y a la calidad de las galas». En su opinión, «el carnaval ha ganado mucho».