«La vida hay que vivirla con fe, con una inmensa fe»

12/09/2018

El médico Fernando Urtasun pregonó las fiestas con un relato de sus vivencias espirituales, en un recorrido en el que hermanó a los dos cristos que le han guiado: el de Telde y el de La Laguna

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Dos cristos han marcado y guiado la vida en la fe del médico y vecino de San Juan, Fernando Urtasun. Dos cristos que, uno y otro, otro y uno, han protagonizado los principales acontecimientos de su historia: el Cristo de La Laguna, el de «la competencia», como él dice; y el Santísimo Cristo de Telde, cuyas fiestas pregonó anoche, en la basílica de San Juan, en el que, aseguró, «será, sin duda y junto con el nacimiento de mis hijas, Carlota y María Fernanda, uno de los momentos más emocionantes e intensos de mi vida».

Urtasun, que estuvo arropado por familiares, amigos y vecinos que abarrotaron la iglesia, comenzó su discurso anunciando que se iba a desnudar, «pero no teman, que no es ni el lugar adecuado ni este cuerpo está para muchos trotes». Fue un desnudo espiritual y empezó con un tajante: «No hay que tener miedo a decir que somos creyentes».

Una frase que completó con una reflexión sobre el papel esencial que juega la fe en los hombres. «La vida de un ser humano no puede limitarse a nacer, crecer, reproducirse y morirse, pues sería todo tan simple y sin sentido que hasta terapéuticamente vale la pena tener fe».

Con ese convencimiento y tras afirmar que lo que para algunas personas sólo son hechos casuales para él son actos de fe, hizo un recorrido por sus vivencias, todas impregnadas de una fe inquebrantable en sus cristos.

Y es que, como comentó: «Menos mal que la fe no tiene influencia política y no sabe de pleitos insulares y provinciales. Y es que la fe, si se tiene, es la misma con el Cristo de Medinaceli, el de La Laguna o el Santísimo Cristo de Telde».

Así, relató aquellos primeros escarceos con la fe en Tenerife, de donde es nativo, cuando con 7 años iba con su abuela a visitar al Cristo de La Laguna. En aquella época, con la inocencia de esa edad, le pidió que un mendigo a quien le faltaba una pierna y al que siempre daban unas monedas, reuniera dinero para pagarse una extremidad nueva.

Tiempo después, vio a otro indigente parecido al mutilado, pero con pierna, y le contó a su abuela Fina que el Cristo le había escuchado. «Ya te dije que serías un hombre de mucha fe», le respondió ella, sonriendo.

Más tarde, el 11 de septiembre de 1968 (ayer hizo justamente 50 años), vino a vivir a Telde. La primera visita que hizo con su madre fue al Santo Cristo, para pedir que la estancia fuese feliz.

Sin embargo, como continuó narrando, con 17 años volvió a Tenerife para estudiar una carrera que no era su vocación. Y sería de nuevo el Cristo de La Laguna quien, en el que tildó como «otro acto de fe», le encaminó hacia la profesión de su vida.

El pregonero confesó que su gran ilusión era ser médico, pero algo jugaba en su contra, «me mareaba la sangre, veía una gota y me caía literalmente al suelo». Por eso, comenzó Farmacia. Pero, eso sí, le pidió al Cristo una señal de que la Medicina era su vocación. Poco después, un catedrático de Geología, les dio una tediosa charla, que concluyó diciendo: «Y al que no le haya gustado esta materia, que estudie Medicina». El joven Fernando interpretó la frase como la señal del Cristo y cambió de carrera.

Años después, convertido en médico, inauguró su consulta a cien metros de la iglesia de San Juan. «Recuerdo, y eso sí que fue un auténtico acto de fe, que la abrí un sábado, a las nueve de la mañana y en San Juan». Su primer día no tuvo ningún paciente.

El lunes, dos amigas de su madre le regalaron dos objetos e instrucciones: un reloj, que tenía que poner a su espalda, para no ver el tiempo que pasa con sus pacientes; y un pisapapeles del Santo Cristo de Telde, que debía estar visible, para guiarle en el trato y en el acierto con sus pacientes. «Y así ha sido durante los 35 años de mi vida ejerciendo mi vocación en esta ciudad».

Tras recordar su trayectoria vital, Urtasun no pudo sino recalcar la relevancia que han tenido las mujeres como hilo conductor de su vida espiritual: «Desde mi abuela, mi madre, pasando por las amigas de mi madre, hasta mi suegra y mi mujer».

Sin embargo, dedicó el final de su discurso a su padre: «Siempre me decía que esta vida llena de alegrías y tristezas hay que vivirla con amor y con humor» y él añadió convencido que, además, «hay que vivirla con fe, con una inmensa fe».

Un viva conjunto al Cristo de Telde y al Cristo de La Laguna cerró el pregón de Urtasun.

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