La arteria comercial, huérfana de vida

08/04/2020

Santa Lucía de Tirajana y su pulmón comercial, Vecindario, hibernan en espera de que pase el virus, incluso arterias tan adictas a la vida y al trasiego como la de la Avenida de Canarias. Eso sí, la poca que hay se pasa las mañanas haciendo colas

No es ninguna novedad que las calles están ahora vacías en Canarias y en toda España. Pero no todas transmiten la misma sensación de soledad. Se intensifica sobre todo en aquellas que cuesta ver huérfanas de gente. Aquellas que, da igual el día o la hora, siempre han tenido quien las pasee. La Avenida de Canarias, la Triana del sureste, en Vecindario, es una de esas, un corazón urbano siempre lleno de vida, diverso, multicultural, que, ahora, sobre todo por las tardes, se ha convertido en un pasaporte directo a la melancolía.

Un viandante aislado a paso militar, un coche de la policía local por un extremo, otro por el otro, el viento que hace sonar los árboles, las cintas ondulantes de los parques infantiles precintados... Y silencio, mucho silencio. Su carácter peatonal, aunque suene a ironía, le hurta el movimiento. Toda la vida que tenía se la apropiaron las vías aledañas, patrimonio, antes y ahora, sobre todo ahora, de los pocos coches que circulan pese al confinamiento.

Ya no hay tagorores de ancianos en los bancos que rodean la plaza de San Rafael. Ni murmullos en las terrazas, hoy desnudas, apenas esbozadas por cubiertas que no tienen qué cubrir. La poca vida que hay está por las mañanas. Nutrida, como casi todo en esta avenida, pero detenida. Es la vida hecha cola. Cola para los cajeros, a veces de varios cientos de metros, que se prolongan a lo largo de varias manzanas. Pero también para la oficina de Correos, para la carnicería, para el estanco, para el supermercado o para los bazares. En uno de tantos, plagado de revistas y prensa, no han notado incremento en las ventas. Como exista la alternativa digital, el lector que consume actualidad informativa se ahorra el viaje al kiosco. Con todo, y visto lo visto, el coronavirus que ha arrasado con casi todo, no puede del todo con el pulso comercial de esta arteria, que, aunque limitado y restringido, resiste al envite por las mañanas.

Donde sí que no hay colas, pero tampoco faltan los clientes, es en el molino de gofio de Pérez Gil, todo un referente comercial, con 70 años de trayectoria, prestigio y calidad, situado en una paralela a la Avenida de Canarias, en Primero de Mayo. Lleva las riendas Olga Torres, una empresaria de las de a pie de obra a la que esta pandemia del Covid-19 y los estragos que está causando la pillan con la herida todavía abierta por la muerte, en enero pasado, de su marido, Expedito Pérez. Si hace siete años, también en Semana Santa, siguieron abiertos pese a que se vieron sin gofio, porque el barco que se los traía desde Argentina se había retrasado, ahora que no han tenido problemas de suministro no han faltado ni piensan faltar a su cita con los clientes.

Pese al bajón, la Avenida de Canarias y su entorno siguen llevándose la mejor parte. El resto del municipio hiberna, a excepción de la gran superficie alimentaria del centro comercial Atlántico, un oasis en mitad de un mastodonte arquitectónico desangelado. En el casco, arriba, en el pueblo, le deben mucho a los turistas. Sin ellos todo parece más quieto, más solo. Y en Pozo Izquierdo el mar parece incluso más rabioso. Ya no tiene quién le baile las olas. No hay surfistas, pero sí caravanistas, gente confinada sobre cuatro ruedas. La norma dice que has de encerrarte en casa. Si tu casa es un coche... pues al coche. También se intuye movimiento bajo los invernaderos. Es de lo poco que se libra del confinamiento y en Santa Lucía aún quedan vastas extensiones. Y cerca, muy cerca, en Tenefé el salinero se alía con la soledad para refugiarse de tanta pesadilla. Mar, sol y la mano del hombre. No hace falta más para producir oro blanco, un tesoro natural al aire libre, multipremiado y aislado que puede adquirirse a pie de tajo. Aunque, visto lo visto, y a juzgar por el poco movimiento que genera, la gente prefiere la cola en el súper y la sal industrial y empaquetada.

185.000 litros al día desinfectan las calles

Mientras tanto, el Ayuntamiento intensifica las gestiones estos días del confinamiento para, por un lado, contribuir al blindaje de su población frente a los envites del coronavirus, y para, por el otro, arbitrar medidas que permitan paliar el impacto económico que provocará el cierre temporal de empresas. El alcalde, Santiago Rodríguez, da cuenta, por ejemplo, de la reciente decisión del consistorio de poner a disposición de los recintos sanitarios tres vehículos de su parque móvil para que los puedan usar, por ejemplo, en los desplazamientos a los domicilios. Además, se les hizo entrega de 175 mascarillas, 20 litros de gel hidroalcohólico y 40 batas quirúrgicas desechables. El gobierno local acordó, asimismo, que aparte de asumir la tarea de desinfectar el exterior de estos complejos, el Ayuntamiento también se encargue del interior. Cada día Santa Lucía destina 185.000 litros a desinfectar sus calles y espacios más concurridos. Tres turnos de operarios le dan ya la segunda batida al callejero del municipio.

Por otro lado, Rodríguez anuncia un inminente plan económico municipal con una batería de medidas con las que busca aliviar la carga que soportan familias y empresas. Estampas como la de la foto, con decenas de comercios cerrados, dejará secuelas y el Ayuntamiento quiere paliarlas. La principal arteria del municipio luce vacía, y refuerza la tesis del alcalde de que la gente está respetando al 99% el confinamiento. Eso sí, pide a los que no que se sumen al esfuerzo. Y otra cosa, que tiren los guantes desechables a la basura, no a la acera.