Expertos instan a cambiar el modelo de gestión para salvar al emblema vegetal

02/02/2020

Se llama Thielaviopsis, es muy difícil de detectar y no tiene cura. La planta puede lucir frondosa y estar moribunda, por lo que cae sin que casi pueda preverse. Los ayuntamientos libran una batalla para evitar que se propague y garantizar la seguridad de las personas, pero se quejan de que no tienen armas. La que usan, que el operario suba con trepolines, los expertos la consideran perjudicial.

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G. Florido / las palmas de gran canaria

Pocos discuten que la palmera canaria (Phoenix canariensis) es el símbolo vegetal por excelencia del archipiélago. Por encima incluso del drago. Es más, así se fijó por ley por el Parlamento canario en 1991. Pero, ¿recibe la atención que se merece por parte de las instituciones? ¿Llegará el día en que no haya palmeras en Canarias? La hipótesis de un escenario así, a priori, se antoja alarmista y exagerado. Sin embargo, hay indicadores que invitan a la preocupación. Su delicado estado de salud lleva años siendo noticia. Y no hay mes en que no trascienda la tala de un ejemplar o su caída accidental producto de una enfermedad. La última gran amenaza, la que tiene en un sinvivir a muchos ayuntamientos de Canarias, es el ataque de un hongo, Thielaviopsis spp, que tiene consecuencias letales para la planta, pero que, además, arrastra otro problema añadido: su difícil detección y su carácter incurable.

Sin ir más lejos fue una palmera víctima de esta enfermedad vascular la que el 17 de julio de 2018 cercenó la vida de un niño en el patio de un colegio de Ingenio. Pese a su aparente buen estado de salud, el cogollo se desprendió y cayó sobre el crío. Este hongo pudre su interior hasta ahuecarla y no deja señales de su presencia en la apariencia exterior de la planta, que puede lucir frondosa y, sin embargo, estar moribunda. Al mínimo golpe de viento, o por la inercia de su peso, se desploma la parte superior. Este cóctel, difícil detección y necesidad de garantizar la seguridad de las personas, en este caso, de los críos, ha desatado la alarma en los ayuntamientos. A la menor sospecha, talan la palmera. Los hay, incluso, que no han dejado una en pie en ningún centro educativo. Han cortado por lo sano.

¿La solución pasa entonces por eliminarlas de los lugares públicos? No lo parece. Es, además, una planta protegida en Canarias, con medidas específicas recogidas en el decreto 62/2006 del 16 de mayo. Pero ¿qué se puede hacer? En Telde, por ejemplo, la concejalía de Parques y Jardines ha informado de la puesta en marcha de lo que llama un plan de inspección de palmáceas para prevenir posibles riesgos. En la última revisión se supervisaron 404 ejemplares, 292 de ellos del género Phoenix. Detectaron cuatro con síntomas de la presencia de este hongo, con pudriciones en su interior y fueron retirados de inmediato. El problema: usaron trepolines para trepar por el estípete, tecnología que los expertos consideran agresiva y que, a su juicio, contribuye a debilitar a la planta. Por eso mismo en Ingenio, que también hacen revisiones periódicas, piden un protocolo que les diga cómo actuar sin dañar a la especie, pero que, eso sí, resulte fiable.

Solo hay un dato para la esperanza. Por la información que maneja y por la propia experiencia de su trabajo en el laboratorio Fitopatológico de la consejería de Sector Primario del Cabildo (organismo sin competencias en esta materia), Purificación Benítez Hernández, bióloga de formación, sostiene que es «un hongo no especialmente habitual». Es decir, su incidencia aún no es elevada. Lo malo, «que cada vez lo es más». Lo que lo distingue, recalca, y lo que lo hace peligroso, es que da lugar a una enfermedad letal que se manifiesta sin producir situación de estrés en el ejemplar y que, por lo que saben los que más lo han estudiado, que son los americanos, entra en la palmera a través de heridas que pueden haber sido provocadas por roedores, pájaros, podas...

La paradoja que reviste de tintes dramáticos la lucha emprendida para atajar el grave problema de seguridad que supone este hongo es que el método que más se usa y que algunos técnicos ven más fiable se le considera una de las principales vías que utiliza para infectar a la planta. Es una técnica manual e «invasiva»: el operario sube ayudado por trepolines, que causan heridas al tronco, y usa un mazo para, pegando bien el oído, y abrazado al mato para sentir sus vibraciones, comprobar si suena hueco o no. Algunos ayuntamientos usan máquinas elevadoras, pero, aseguran, se pierde eficacia. Los expertos, en cambio, no lo comparten y exigen desechar los trepolines.

«Estamos ante un problemón, y muy grave». Así de explícito se muestra el biólogo y profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Pedro Sosa, que este año dedicó a la palmera canaria la lección magistral del acto de apertura del curso universitario. «Hay que cambiar las formas con las que se trata a esta planta, falta investigación sobre ese hongo, pero también hay que elaborar protocolos que fijen pautas comunes».

Sosa coincide en el diagnóstico con Eduardo Franquiz, consultor ambiental y experto en palmeras, que pone el acento en el «caótico modelo de gestión y manejo» que se está haciendo de esta planta, complicado a su vez por las amenazas que en forma de plagas y enfermedades acechan su supervivencia. A Franquiz no solo le quita el sueño el Thielaviopsis, sino también otro hongo letal, el Fusarium oxysporum, y un coleóptero, la Diocalandra frumenti, que está haciendo estragos, para el que tampoco se conoce remedio eficaz y que apenas se ha investigado.

Es más, este especialista sostiene que este picudo de las cuatro manchas, que algunos llaman picudín, es un vector claro de propagación del Thielaviopsis. Este curculiónido, cuando todavía es una larva, hace galerías longitudinales con las que produce daños fisiológicos en la palmera al destruir los vasos libero-leñosos de los que se alimenta. Son esas galerías las que usa también el hongo. No en vano, añade que desde la aparición de la Diocalandra en las palmeras de Gran Canaria se ha observado un aumento de casos de enfermedades letales, como la del Thielaviopsis spp y el Fusarium.

¿Qué hacer entonces? Franquiz lo tiene claro. Hay que hacer un análisis urgente y poner en marcha un nuevo modelo de gestión donde las prácticas no sean nocivas para las palmeras y eso pasa por desarrollar líneas de investigación para un mejor control de los patógenos y también en aplicar técnicas de manejo de la planta respetuosas con la especie y con su ecosistema. Por ejemplo, insta a cambiar la forma en la que se accede a la palmera, para lo que ahora se recurre mucho a los trepolines, que son como espuelas. El operario trepa por la planta pinchando el tronco o estípete con esos trepolines, práctica que le deja heridas abiertas por las que, sostiene, entra el hongo que la acaba matando.

Es más, añade que buena parte de esas heridas se las provocan en la base de la balona o cabeza de la palmera, que es justo el punto donde los operarios se afianzan con los trepolines para cortar las hojas y dar forma a la cabeza de la palmera. Cepillan la base de las hojas y, con ello, debilitan su natural sistema de protección.

También advierte de un exceso en el corte de las hojas verdes y de que se afeitan los troncos pese a estar prohibido; de la mala gestión de los restos de poda, a través de los cuales también se propaga la Diocalandra, y de un desequilibrio natural, pues se plantan palmeras sin apenas suelo para su desarrollo. Hay soluciones claras, pero se queja de que nadie les hace caso.