El dueño de la perra Lola: «La Audiencia sí demostró sensibilidad»

29/11/2019

En primera instancia trataron a mi perra Lola como si fuese un bolígrafo por el que tenían que pagarme su valor, sin más, pero en la de la Audiencia Provincial sí demostraron sensibilidad. Lola era mi familia, dormía conmigo, paseaba conmigo, comía conmigo... pero lo importante es que la Justicia ha demostrado sensibilidad y que la desaparición de Lola ha servido de algo». De esta manera se expresaba ayer Andrés Hernández, el propietario de la perra que se perdió cuando estaba siendo tratada en una clínica veterinaria de Vecindario y que la Sección Quinta de la Audiencia Provincial de Las Palmas determinó en segunda instancia que debía de ser indemnizado por daños morales debido a la «relación emocional» que existía entre ambos.

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Ahora, tras conseguir que la Justicia reconociese que su perra Lola no era un simple bien material, Hernández espera que este caso «le sirva a los propietarios de animales y pidan un certificado a los veterinarios cuando dejan a sus mascotas porque si no, estamos sin derecho a denunciar en caso de pérdida», manifestó a este periódico. «Esta sentencia ha demostrado mucha sensibilidad al reconocer el vínculo emocional entre el animal y su dueño e incluso remarca que este tipo de casos de pérdidas son más frecuentes de lo que uno cree. Yo he tenido la suerte de poder justificar el hecho y denunciar pero hay muchas personas que han pasado por lo mismo y se han visto sin la posibilidad de emprender acciones legales contra los que no tuvieron cuidado de custodiar a su animal», sostiene.

El propietario de Lola, un beagle que tenía 18 meses cuando la llevó a la Clínica Veterinaria Benartemi porque se había clavado algo en una pata, no solo se quejó de que el Juzgado de Primera Instancia número 3 de San Bartolomé de Tirajana no atendiera su reclamación por daños morales, sino del trato que le dispensaron en el centro veterinario cuando sucedieron los hechos: «La clínica me negó la hoja de reclamaciones y me dijeron que regresase al día siguiente para hablar con el dueño. Por eso tuve que llamar a la Guardia Civil que pudo ratificar mi versión y me dejó denunciar. Cuando fui al cuartel me llamaron del veterinario para que no lo hiciera y que ya tenían las hojas de reclamaciones. Me vacilaron, me tuvieron una hora esperando, me dijeron que si tenía algún problema que denunciara que ellos tenían seguro... y por eso fui adelante con el procedimiento judicial», relata aún indignado.

Odisea.

Cuando le perdieron a su perra, Andrés Hernández vivió un auténtico calvario. Ofreció hasta dos recompensas, una de 1.100 euros y otra posterior de 3.500. «Recibía llamadas todos los días de gente que decía haberla visto e incluso un día fui del Carrizal hasta San Mateo a las cinco de la mañana para nada. Todo esto me generaba tristeza y frustración», recuerda.

Y, ¿dónde se encuentra? Esa es la pregunta que se ha hecho desde el 16 de diciembre de 2016: «Yo creo que, o bien la tiene alguien, o fue atropellada. Y esto lo digo porque al día siguiente, a las siete de la mañana, me llamaron diciéndome que había visto una perra igual por la rotonda de Balos. Fui y pregunté en la gasolinera y en Pepe Chiringo y en ambos locales me confirmaron que la noche anterior hubo un atropello de un perro y que la policía había estado ahí. Me puse en contacto con la policía local y me dijeron que no sabían nada y que preguntara en la clínica Benartemi, donde me la perdieron, que curiosamente ellos eran los veterinarios oficiales del municipio», narra. «Fui allí y me dijeron que habían atendido a un perro que falleció pero que no era Lola y que su cuerpo estaría en el depósito del ayuntamiento. Me dirigí a dicho edificio pero me respondieron que en el almacén nunca entró ningún perro y nadie sabía nada, que si se atropellaba a un perro, hacían un hoyo y lo enterraban. Por eso siempre me quedaré con esa duda», sostiene.

Ahora, tras conseguir el amparo de la Justicia, este teldense insiste en que los propietarios de animales deben de verificar las puertas de seguridad de los veterinarios. «Que tengan claro que la puerta de entrada de los centros es solo de entrada y tiene que estar abierta y dentro la normativa dice que tiene que haber dos más de seguridad para evitar las fugas de animales», advierte, a la vez que se muestra indignado cuando recuerda la versión que ofreció el demandado ante el juez. «Alegaron que se vieron involucrados en la pérdida de la perra por causas de fuerza mayor y que la culpa era de la Lola que sabía abrir las puertas porque yo, su dueño la había enseñado», destacó abochornado.

En Sevilla se encontró con Blue en una vivencia única.

La mejor noticia que recibió Andrés Hernández tras la desaparición de Lola le llegó de forma inesperada. Él se había planteado adoptar otro perro porque «Uma y yo nos habíamos quedado muy solos», sostiene refiriéndose al otro can que tiene en su casa.

Pero un día le llegó un mensaje de una persona desconocida preguntándole por el caso de Lola. «Un señor me dijo que tenía una perra que estaba a punto de dar crías y que querían entregarme una. Les dije que no porque no quería comprar perros, pero insistieron en que me la querían regalar sin ningún compromiso», cuenta.

El problema llegó cuando le comentaron que eran de Sevilla y tenía que ir buscarla. «Esta familia insistió en que fuera y me pagaron los gastos de desplazamiento, me recogieron en el aeropuerto y me llevaron a su casa. Yo estaba que no me lo creía e incluso dudé mucho porque me insistieron en que tenía que ir un día concreto que era el 15 de mayo y yo me preguntaba, ¿por qué?», recuerda.

Al llegar le recogió la esposa de quien le habló y camino a su casa le contó que tenían una perra que acababa de dar crías y era de la misma raza de Lola. «Me dijo que en la casa había más personas que se quedarían con el resto de crías y fue así. Cuando llegamos, me encontré con un matrimonio que tenía un niño autista que había superado una leucemia, otro de Sevilla que tenía dos bebés y habían perdido a la niña... El matrimonio quería que las crías de su perra pudiesen ayudar a gente que lo necesitaba y así fue», sostiene. «Nos reunieron en su casa y vivimos una noche muy especial en la que todos reímos y lloramos y al final forjamos una gran amistad demostrando así que los animales son más que simples cosas u objetos».

Andrés se trajo a Gran Canaria a su perra beagle a la que llamó Blue y que, ahora dos años después, ha alegrado su vida y la de Uma.

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