«A las obras de arte que confeccionan las caladoras es imposible ponerle precio»

07/07/2018

La artesana Antonia María Morales es, a sus 91 años, una de las protagonistas de una exposición que recoge en Ingenio el legado de esta manifestación artesanal introducida el pasado siglo en Canarias.

Patricia Moralejo / Ingenio

Antonia María Morales no recuerda exactamente cuándo comenzó a calar. «Mis primeros recuerdos se remontan a la época de la guerra civil y la posguerra. Tendría unos nueve años y me sentaba en los telares de las vecinas con otras niñas haciendo pasados de hebras. Es un recuerdo muy bonito, porque nunca fui a calar obligada. Hay gente que lo tuvo que hacer por necesidad, pero no fue nunca mi caso», recuerda esta mujer nacida hace 91 años en El Carrizal, que aprendió a marcar y preparar el tejido de la maestra ingeniense Cleofé Ramírez.

Morales, junto a Nora Hernández, protagoniza la exposición titulada El calado de Ingenio: arte y tradición, que se inaugura el día 9 de julio, a las 19.30 horas, en el Centro Cultural Federico García Lorca, incluida en el programa de la 23ª edición del Festival Internacional de Folclore de Ingenio que impulsa la Asociación Cultural Coros y Danzas del citado municipio.

La Concejalía de Patrimonio Histórico y Archivo de Ingenio ha invitado a estas dos populares caladoras a exponer sus trabajos con la finalidad de poner en valor y difundir una de las manifestaciones artísticas tradicionales más importantes y conocidas de Ingenio, municipio que según el censo elaborado hace unos años por la Fedac (Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria), organismo autónomo dependiente del Cabildo de Gran Canaria, ocupa el segundo puesto tras el capitalino en el ranking de artesanos en activo, con un total de 64 personas, 40 de las cuales son caladoras.

Ayuda. Se estima que hacia 1905 había entre 10.000 y 12.000 mujeres dedicadas al calado en Canarias, especialmente en Tenerife, Gran Canaria y La Palma, constituyendo este oficio un importante apoyo económico para numerosas mujeres pertenecientes a las clases más desfavorecidas. Importado de Madeira e introducido en el siglo XIX en el Archipiélago, el calado pronto cobró fama y reputación siendo exportado a Inglaterra y contribuyendo al auge económico de las islas.

En el trabajo titulado La artesanía del calado en Canarias y Madeira, breves apuntes para su estudio entre 1880 y 1914, su autor, Martín Hernández, refleja que se pudieron ver entonces los calados canarios en los londinenses escaparates más lujosos de Oxford Street y Kengsinton Street, con reclamos publicitarios insultantes y engañosos que aseguraban que habían sido realizados por los salvajes de Canarias.

La nonagenaria caladora confiesa que siempre ha sido una persona muy independiente: «De jovencita pensé que casarme y depender de otra persona como que no iba conmigo... creo que nací en el siglo equivocado», asegura entre risas esta carrizalera que siempre ha llenado su vida de pequeñas cosas que la hacen feliz. «Mi amor siempre ha sido la lectura, el teatro, el cine, los viajes... que me han enseñado tantas cosas», agrega.

«El calado es el bordado tradicional de Ingenio y rara es la familia de este municipio que no cuente con algún mantel, colcha o tapete calado en su hogar. Mientras los hombres iban a trabajar durante el pasado siglo, las mujeres de Ingenio calaban para ayudar a la economía familiar. Actualmente las que continúan con esta artesanía, tan minuciosa que no tiene precio, son cada vez más escasas», comenta Morales.

La amenaza china. Realidad que confirma Candela Martín, presidenta de la Asociación de Caladoras de la Villa de Ingenio, entidad que cuenta actualmente con 48 mujeres caladoras en su seno. «En la actualidad perdura la tradición aunque no como actividad profesional principal. En Ingenio difícil es la casa en la que no se sepa calar».

La imparable economía productiva china y su perjudicial mercado de imitaciones, así como la implantación en nuestro país de infinidad de negocios del todo a cien que proliferaron en las últimas dos décadas, ha dañado al calado artesanal.

Hoy, sin embargo, se puede comprobar que, si bien su esplendor nunca será el que fue o, al menos, eso parece, el calado está lejos de desaparecer.

Antonia María Morales, no sabría cuantificar cuantas horas le dedica a cada pìeza que hace. «En una bandeja de servicio de café puedo estar una semana, mientras que en un portarretrato un par de días. A las obras de arte que hacen las caladoras es imposible ponerle un precio, por la cantidad de cariño y tiempo que se le dedica. Yo me pongo siempre un ratito por la mañana y por la noche. Cuando me canso de leer, me pongo en el telar, pongo la mente en blanco y a disfrutar».

Esta nonagenaria se enorgullece de que el calado de su tierra está presente en muchas partes del mundo. «Yo nunca he vendido mi trabajo, siempre lo he regalado porque, afortunadamente, he podido permitírmelo. En hogares de Hong Kong, Nueva York, Suecia, Brasil y Venezuela tienen trabajos hechos por mí y me llena de orgullo», indica satisfecha.

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