Santiago de Nicolás, primer director del aeropuerto: «Se acertó al cambiar de Los Estancos a El Matorral»

06/10/2019

Canarias7 / Puerto del Rosario

¿Cómo llegó en 1966 usted a Fuerteventura, en concreto a trabajar como oficial del antiguo aeropuerto de Los Estancos, en el municipio de Puerto del Rosario?

— Antes de venir ya conocía la isla, pero desde el aire. Sólo había estado en tierra una vez, en enero del año 1953. Yo estaba destinado en Gran Canaria y el coronel Escribano, jefe de la base aérea de Gando, nos subió a todos los pilotos a un Junker 52 para recorrer el archipiélago y la costa de África Occidental, y quiso que aterrizáramos en una pista de tierra cerca del faro de Jandía. Años después me convertí primero en controlador y después en oficial de aeropuertos y surgió una oportunidad para venir a Fuerteventura y me ofrecí voluntario. Sería mayo de 1966. Me incorporé como oficial de aeropuerto en el aeródromo de Los Estancos en La Asomada, y al poco tiempo fui asignado como jefe del aeropuerto a El Matorral para su apertura hasta la llegada de un nuevo responsable. Llegué para relevar a Antonio Martínez de Roouseau, una persona espléndida, de Barcelona, era de la promoción anterior a la mía de pilotos de complemento. Me hospedé en el hotel Fuerteventura, situado a la salida del muelle de Puerto del Rosario, pero para que viniera mi mujer tuve que esperar a que quedara libre la única habitación que tenía baño en el establecimiento y que casualmente estaba ocupada por Pinito del Oro, una trapecista canaria de fama mundial que venía con su marido, Juan Fuentes, al que le encantaba venir a pescar a Fuerteventura, que era una mujer simpatiquísima y muy divertida. Y en aquel hotel estuve alojado hasta que se marchó Antonio porque era la única casa que había disponible.

— ¿Cuáles son sus recuerdos de aquel primer aeródromo de Los Estancos y qué Fuerteventura, que aún no había nacido para la industria turística, se encontró entonces cuando llegó desde Gran Canaria?

— A mi la isla ya me había seducido desde el aire aquella vez que el coronel Escribano nos enseñó el archipiélago y la costa de África occidental en un Junker 52 y además, como le digo, mis primeras impresiones al llegar aquí destinado fueron muy gratas. Había otro oficial de aeropuertos, Eduardo Latonda, que era natural de Alicante, y que me ayudó mucho a establecerme y a presentarme a las gentes de Fuerteventura, que tenía entonces muy poca población. El aeropuerto de Los Estancos tenía muchas limitaciones, no era en absoluto el lugar propicio: una pista de tierra limitada por una carretera que había que cortar al tráfico con una barrera para las operaciones, pocas posibilidades de mejorar y ampliar pista, dos barrancos muy próximos, no tanto la meteorología porque el tiempo en Fuerteventura es muy estable aunque en ocasiones teníamos nieblas y turbulencias por la altura, y el polvo. Desde luego la decisión de modificar el emplazamiento a la costa fue un gran acierto.

¿De qué forma se gestó el cambio de ubicación desde Los Estancos a El Matorral, abriendo así a Fuerteventura al desarrollo económico que supuso el turismo?

— Cuando yo llego a la isla, el Cabildo de Fuerteventura ya estaba trabajando en encontrar un nuevo emplazamiento para el aeropuerto, un lugar que fuera más idóneo y que pudiera tener más capacidad y viabilidad a largo plazo. Tenían muy claro que el aeródromo sería fundamental para el desarrollo de la isla, pero apenas tenían medios ni recursos, ni tampoco apoyo. Aquella visión de futuro hay que agradecérsela al entonces presidente Guillermo Sánchez Velázquez, y a su tenacidad y constancia.

¿Recuerda algún hecho de trascendencia que posibilitara el traslado de ubicación al actual enclave en El Matorral?

— Recuerdo perfectamente a Sánchez Velázquez recorriendo la isla con su libreta tomando notas, y consultando siempre aquellos apuntes con nosotros y con algunos ingenieros que tenían midiendo terrenos, haciendo catas y proyectando, y también las advertencias del secretario del Cabildo, José de la Calle Oreja advirtiéndole a la mujer del presidente, Carol, para que convenciera a su marido de desistir, que corría un gran riesgo personal en su empeño, y con tantos hijos. La verdad es que en aquel entonces nadie lo apoyaba en ninguna parte, ni aquí en Canarias ni en Madrid. Todo el mundo pensaba que era una locura, pero él se puso a negociar con Benito Herrera, que era uno de los principales propietarios de los suelos en El Matorral para que ajustara precios a las posibilidades de la primera institución majorera. Lo vio claro y nos embarcó a todos. Su entusiasmo era contagioso.

— ¿De manera que el traslado del aeropuerto majorero desde Los Estancos a El Matorral resultó una buena decisión para el futuro de Fuerteventura y sus intereses económicos?

— Sí, sin duda la mejor. Era la zona ideal, sobre todo técnicamente. Y el tiempo lo ha demostrado. No solo por la proximidad al mar, que mejoraba mucho las condiciones de vuelo, también porque el terreno permitía futuras ampliaciones de pista sin problemas. El suelo era muy bueno, además estaba próximo a Puerto del Rosario, al puerto comercial y de mercancías, y no dificultaba el crecimiento de la ciudad. Y algo fundamental: tenía agua. Muy importante.

— ¿Cómo recuerda la inauguración aquel 14 de septiembre de 1969 en El Matorral?

— Todos los que participamos de aquello sentimos mucho orgullo, entonces y ahora, aunque ahora ya quedan pocos vivos. Cuando se inaugura el aeropuerto de forma oficial, que viene José Daniel La Calle Larraga, teniente general y Ministro del Aire de aquel tiempo, quiso recorrer la pista a pie y le acompañamos el presidente del Cabildo y yo. No paraba de mirar a Guillermo Sánchez felicitándole por su tenacidad para sacar adelante el proyecto y le atizaba con algunas bromas sobre que a partir de entonces no tendría que escucharle más con los detalles de las obras y pidiendo dinero para Fuerteventura, y Guillermo se sonreía y callaba debajo de aquel bigote. Luego le invitó a comer y creo que aún le sacó algún proyecto más para la terminal del aeropuerto recién abierto. Hoy aquella pista es uno de los mejores aeropuertos de España.

¿Qué trabajadores recuerda con más aprecio de los primeros tiempos en el nuevo aeropuerto, del que este año se celebra el 50 aniversario?

— Hay mucha información recogida en el libro que se editó hace años con la historia de la aviación en Fuerteventura y, sin menospreciar nada ni a nadie, aquel aeropuerto funcionaba gracias a Diego Mesa que era el controlador de la torre, y a Jesús Machín, telegrafista, y Agustín de la Nuez que se ocupaba de la meteorología, y a Cerdeña que era un maestro del mantenimiento, que lo arreglaba todo. Y recuerdo también al padre de Pedro Gordillo, el jefe de la Policía Local de Puerto del Rosario, con el hijo mantengo aún una estrecha relación. Me estoy dejando a muchos que espero que me perdonen, pero estoy seguro que todos sentirían hoy mucho orgullo de ver el cincuenta aniversario de aquella aventura que nosotros iniciamos. Uno que seguro que también se acuerda es el doctor Arístides Hernández Morán.

Aparte de la plantilla, ¿qué destacaría del aquel primer aeródromo que luego se derribaría y sufriría varias ampliaciones hasta quedar en la actuales instalaciones?

— Había un espíritu de colaboración que lo impregnaba todo, y no solo entre los trabajadores del aeropuerto. Las autoridades locales del Cabildo y en general toda la población estaban muy implicadas. Había mucho por hacer y todo el mundo había pasado muchas calamidades. Todo el mundo tenía ganas de superar aquello y encontrar el camino de la prosperidad. Hoy, cuando voy a Fuerteventura, me alegra mucho ver a dónde a llegado la isla, y siento mucho orgullo de haber formado parte de una historia de éxito, el aeropuerto, y lo que esto ha significado para la Maxorata.