Morro Jable espera el regreso del turismo

14/04/2020

Catalina García / Morro Jable

En silencio, con el mar de testigo por el este y la blandura de Jandía empujando por el oeste, los cerca de 7.000 vecinos de Morro Jable aguardan la vuelta de los turistas. Esta localidad del municipio de Pájara creció al amparo de la veintena de hoteles y complejos de apartamentos del cercano Solana-Matorral, hoy huérfanos de clientes. Como zona costera, su confinamiento es casi el doble por la presencia de la playa, sempiterna y ahora inalcanzable.

Es tanta la inactividad que hasta el jable que da nombre al pueblo amenaza con invadir la avenida marítima donde la única presencia humana esta hora de la tarde son los chicos que desinfectan, ataviados con mono naranja, el paseo y sus aledaños. A lo lejos, alguien avanza con dos bolsas del supermercado a cada lado y se perfila contra el rayón y los primeros 14 kilómetros de playa de arena blanca de Jandía.

El silencio de Morro Jable lo rompen los repartidores de agua a domicilio y el sonido de los televisores a través de ventanas y balcones. Detrás de una visera protectora y con guantes, Esidia Cuentas (Barranquilla, Colombia, 1962) atiende el minimarket Adela en una de esas calles que van a dar al mar. «Intenté ponerme mascarilla para protegerme de los contagios, pero sudaba, se me empañaban las gafas y sólo conseguía tocarme una vez y otra la cara mientras atendía a los clientes». Ellos, los clientes, son muchos menos en estos tiempos de coronavirus: «La mitad de gente está viniendo ahora y lo hace por pan, refrescos, algo de alimentos y poco más».

No es la primera tienda que regenta. Cuando llegó, empezó a trabajar en el Daisy, en la misma calle. Es lo que hacía en su Barranquilla natal y lo que repitió al instalarse en Fuerteventura hace nueve años. «En todos estos años, no había visto bajón como el de ahora por el estado de alarma: nadie en las calles, nadie en los comercios». Sus clientes aseguran que, cuando se levante el confinamiento, se irán de Morro Jable porque todos ven lejos la vuelta de los turistas y que el pueblo recupere el pulso económico. «Esto es un bajón muy grande».

Al principio de la calle, de repente la gente se acumula formando una especie de fila. «Ah, no es nada», aclara Esidia, «es la cola de la única farmacia de Morro Jable, por eso se ven tantas personas. En la zona turística de Solana-Matorral, tenemos otra, pero a todos nos queda más lejos».

El resto de la localidad turística permanece en silencio, incluida la zona del puerto, donde el único barco ferry diario hace rato que partió para Las Palmas de Gran Canaria. En una azotea, alguien se mueve: es un matrimonio que hace ejercicio recorriendo una vez y otra los escasos metros.

«¿El primero? Si, el primer taxi soy». Todor Dragiev Ihiev no entiende muy bien el español, pero suma euros y trayectos como nadie. Este taxista búlgaro pone al día en cifras: «Somos 77 licencias de taxis, pero cada día sólo podemos trabajar quince taxis. Una vez, dos días; y otra vez, tres días. Con este panorama, los ingresos han bajado de los casi 200 euros diarios de antes del Covid-19 a los 30 euros de ahora».

Con estos ingresos, la vida no se sostiene. «La mitad de las ganancias, para el patrón. El resto se van en pagar la casa, la letra del coche, el dinero que tengo que enviar a mi hija que está en Bulgaria y comer. Hay que pagar y no sé de dónde sacar el dinero para todo». Todor termina con sonrisa y con el mensaje de esperanza que se repite en cada ciudadano. «Sólo nos tenemos a nosotros y tenemos salud, no nos hemos puesto enfermos». El milagro de la tarde que esperaba se produce y alguien coge un taxi, el suyo.

En una parada de guaguas del barranco de El Siervo, algo por fin se mueve. Son las cabras.