Las Salinas coge la caña de pescar y la neverita

21/05/2020

Calma, en Las Salinas del Carmen, en el municipio de Antigua, es la perrita de Aurora Hernández y Manolín García, los propietarios del restaurante Los Caracolitos, el más antiguo del pueblo.

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Calma, en Las Salinas del Carmen, en el municipio de Antigua, es la perrita de Aurora Hernández y Manolín García, los propietarios del restaurante Los Caracolitos, el más antiguo del pueblo. Todo lo demás es puro movimiento a esta hora de la mañana en que el sol ya salió hace rato por detrás del almacén de la sal: el matrimonio acaba de llegar de caminar, los hermanos Jonathan y Bentejuí cargan la nevera para salir a pescar, el cartero llega con un paquete postal, una deportista entrena en el parque mirando a la playa, el salinero aparece y desaparece cargando sacos y el blanco de la sal festonea los cocederos.

Es el segundo día de la fase 1 de la desescalada en que se permite ir a pescar y ya, en la boca de la bahía, el hermano de Juan Isaí García está pescando a esta hora de la mañana, sus hijos se preparan para echarse a la mar y un coche aparcado al sur de la playa indica que un pescador de caña está haciendo lo propio. Las Salinas del Carmen celebra la apertura del estado de alarma más deseada que coincide con el buen tiempo que reemplaza al tiempo del este del día anterior. De hecho, no puede llamarse ola sino rumor lo que llega a la orilla, entre la arena blanca y los riscos de basalto.

«Los chuletones van a ser como ruedas de camiones» augura un vecino con conocimiento de causa. Y es que, junto al deseo ya cumplido de echar unos lances, Las Salinas del Carmen sueña con los asaderos de diez, quince, qué importa cuántas personas. Sus fiestas en honor a la Virgen del Carmen son famosas por eso: los asaderos y los bailes.

De fiestas no habla Juan Isaí García, el único marinero profesional durante años y ahora jubilado, sino de descanso de los recursos pesqueros. Vive en una casita blanca y azul, con un jardín poblado de chalanas, aunque el orgullo de la casa, el barco de su padre Francisco García Darias, está varado un poco más lejos. «Soy marinero desde que era un niño, pero también pienso que las cosas hay que dejarlas descansar. Llevamos muchos años pescando y pescando, a veces cuatro o cinco en el mismo sitio, y eso no podía seguir así».

Juan Isaí levaba nasas y pescaba a cordel y caña. Cuando hacía falta, y en bicicleta, se echaba a vender el pescado por los pueblos, llegando incluso hasta Antigua. Viejas, brecas y pulpos eran sus capturas diarias, «a veces llegaba hasta los 60 kilos al día, ahora menos porque, repito, todo se va acabando». La casa de este marinero jubilado, que también recogía hasta 3.500 kilos de sal al mes de las cercanas salinas para venderla cuando el pescado no le daba para comer, es una de la escasa docena de viviendas habitadas todo el año. En verano y Semana Santa, la población se duplica. «A todo el mundo que viene, le gusto Las Salinas. Esto es un verdadero paraíso» y lo dice mirando a la playa, que se lo confirma con su entrada de mar entre riscos negros.

El 14 de abril, en el ecuador del estado de alarma, hizo 34 años que Aurora Hernández y Manolín García inauguraron el restaurante Los Caracolitos, ahora cerrado hasta no saben cuándo. El sonríe y ella habla. «¿Honestamente? Esto es un golpe de realidad», una idea a la que vuelve varias veces a lo largo de la conversación y de manera acertada. «Es una oportunidad de la vida porque había muchas cosas a las que antes no le dábamos mucha importancia y que son valiosas. Claro que la economía es necesaria, mírame, aquí estamos mi marido y yo con el negocio cerrado. Pero nos habíamos olvidado de la familia, el tiempo que compartimos con la gente que queremos, la salud. La pandemia ha venido a igualarnos a todos, tengamos la nevera más llena unos que otros».

Aurora se despide con el mensaje positivo imprescindible de que «claro que vamos a salir adelante». Le sigue, moviendo la cola, Calma.