A por tabaiba para hacer chicle

18/04/2018

Hubo un tiempo en que los niños de Fuerteventura masticaban chicles hechos con tabaiba mansa. Era una especie de golosina insípida a la que se le podía echar azúcar para darle buen sabor. Martín Quesada, que cuidaba las cabras de sus abuelos cerca de los tabaibales, era uno de aquellos niños.

Martín Quesada, de 75 años de edad hoy, recuerda aquellos días de la infancia cuidando el ganado o arando la tierra en el valle de la Vega Vieja (Tiscamanita); al pie del valle, en la Finca de La Lucía, vivía con sus abuelos. Cuando había que espantar a una cabra, se le tiraba una piedra desde lejos para que el animal cambiara de rumbo. En ocasiones, esa piedra terminaba chocando contra una tabaiba que, tal y como si hubiera quedado herida, comenzaba a sangrar una especie de líquido blanco muy parecido a la leche.

Como muchos niños de esa época y algunos de la actual también, Martín llegó a entretenerse con un palo tocando esas gotitas que chorreaban por los tallos y que no eran otra cosa que la savia de la planta. Y después acabaría llenando una lata de leche condensada con savia para llevarla a ebullición. «Hacíamos un fuego para guisarla y, al principio, aquello se iba levantando como si fuera leche, pero después lo ibas revolviendo con un palo y se iba formando una pelotita de goma que la masticabas y era igual que un chicle», explica.

Para los niños de entonces, hacer chicles de tabaiba eran un juego más, aunque también servían para «matar la sed» en las horas de trabajo: «No había botellas de agua como ahora y si te daba sed tenías que caminar hasta la casa o a la fuente». En aquellos años no se vendían chicles en las tiendas, aunque se sabía lo que eran. Las golosinas más comunes eran las peladillas, de almendra por dentro y azúcar por fuera, y los boliches de sabores.

Con tabaiba mansa

La tarea de extracción de la savia de las tabaibas es ardua. Un pinchazo sobre el tallo de la planta apenas produce unas pocas gotas, así que obtener una cantidad suficiente para unos cuantos chicles puede conllevar muchas horas de trabajo. Además, para hacer chicles solo se puede utilizar la savia de la tabaiba mansa, ya que, según la sabiduría popular de Fuerteventura, la de la tabaiba salvaje es venenosa.

Martín Quesada no ha vuelto a hacer chicles desde que era un niño, aunque recuerda perfectamente el sabor que tenían. Desde el Tabaibe de Perla, en la Vega Vieja de Tiscamanita, una ladera donde crecen gran cantidad de tabaibas dulces, explica que tienen un gusto más bien insípido: «Es como si estuvieras masticando una goma. No es muy bueno pero tampoco es malo de sabor y, si le pones azúcar, está mejor».

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