Uno de los vestidos de la exposición permanente antes de ser llevado a su vitrina. / foto y vídeo: Fernanda Carvalho

Las costuras del Museo del Traje

Gloria Salgado
GLORIA SALGADO Madrid

El mejor museo de moda del mundo. Así describió el maestro Hubert de Givenchy el Museo del Traje. Tal fue su flechazo al visitarlo por primera vez que el diseñador donó muchas piezas de su mentor, Cristóbal Balenciaga, y convenció también a sus clientas, que también lo fueron del modista de Guetaria, para que se convirtiesen en donantes. Ahora, ese lugar que embelesó a uno de los mejores diseñadores de la historia, reabre sus puertas tras más de año y medio de reformas.

Un cierre que ha permitido hacer un cambio en la exposición permanente. Se ha repensado el discurso expositivo y se ha ideado un recorrido en el que pueden verse más de mil piezas -solo un 1 % de la colección que alberga el museo-, de las que más de la mitad se exhiben por primera vez. La nueva exposición incluye piezas del variado fondo textil desde el siglo XVII hasta la actualidad. Cotillas, jubones y miriñaques o un vestido delphos de Mariano Fortuny dialogan con piezas contemporáneas como el chándal de Jeremy Scott inspirado en un traje de luces o estilismos de David Delfín, contextualizados con bienes etnológicos y documentales que ayudan a entender que las modas trascienden el ámbito de la indumentaria.

La reforma también ha dotado al museo de nuevos espacios adaptados a la conservación de las más de 180.000 piezas que custodia, entre las que destaca su imponente colección de vestuario. Todas y cada una de esas piezas realizan un meticuloso recorrido para su óptimo mantenimiento. Lo primero, tal y como explica a este periódico la directora del museo, Helena López de Hierro, es otorgarle un número, «que es como su DNI, porque va a acompañar a la prenda para siempre». Después se cataloga, datando la pieza y describiendo, entre otras cosas, las materias de las que está hecha y las técnicas utilizadas para su confección. En ese momento el departamento de conservación analiza la pieza y decide si será expuesta o no.

Arriba y abajo a la derecha, la directora del museo muestra prendas protegidas en uno de los armarios compactos. Abajo a la izquierda, prendas en su funda durante el montaje de la exposición permanente. / Fernanda Carvalho

En caso de que se almacene se realiza una funda especial con una ventana que permite ver el tejido sin tener que manipular la pieza, con una fotografía de identificación adherida, y se decide si tiene que estar en plano o colgada, «durmiendo o reposando, porque nosotros hablamos de ellas como si fueran personas», explica López de Hierro, mientras muestra con extremo cuidado el interior de uno de los armarios compactos donde se guardan las piezas más delicadas para que estén protegidas del polvo y la luz, el principal enemigo de los tejidos.

Si se decide exponer la pieza se hace un maniquí a medida de cada una de las prendas, «lo que distingue a este museo de otros», explica con orgullo la directora. Una vez realizado el volumen, se forra de guata y ventulón y se tiñe el maniquí para que sea lo más invisible posible de cara al público. Un proceso en el que se tarda aproximadamente una semana que «permite exponer con la garantía de que todas las fibras que conforman la pieza apoyan sobre algo y que no tiran de los hombros como pasa con la ropa que vestimos, que acaban las costuras cediendo y eso daña las prendas», expone López de Hierro.

La prenda o complemento se restaura en caso de que lo necesite, teniendo en cuenta que las restauraciones siempre tienen que ser reversibles. Después se microaspira y se humecta para que las fibras estén más relajadas si han perdido humedad para quitar las arrugas. Se viste, se fotografía esta vez ya para la exposición y para todo el museo virtual, y por último se sube a la vitrina, donde se la termina de retocar para que estén listas para visita.

Eso sí, las piezas solo pueden estar expuestas durante un periodo determinado de tiempo para que no se estropeen, por eso rotan en las exposiciones. La preservación es más difícil cuantos más materiales tiene el tejido base. «Piezas de la década de los 60 de estilo futurista, tipo Courrèges, van a desaparecer y sin embargo las casacas del siglo 18 -más sencillas en su confección- nos van a sobrevivir a todos», comenta López de Hierro, que explica que el plástico es lo más difícil de preservar porque, por desgracia, no hay manera de evitar que se acabe destruyendo, aunque su 'alma' estará ya documentada gracias a una institución de referencia que, según Givenchy, habría enamorado a Balenciaga. 

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