Miembros del Club de Gordos de Bilbao. NO-DO, 2 de marzo de 1953.

«Generosidad, humor y bondad»: el lema del Club de los Gordos

En 1953 se fundó en un restaurante de Bilbao un club para hombres sin complejos y con un peso superior a los 100 kilos

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

«En Bilbao se ha constituido un club de gordos que, como primera providencia, emplea las básculas para interpretar las condiciones según las cuales se puede pertenecer a esta organización. Ninguno de los miembros del club ha de pesar menos de 100 kilos, ni debe haber tenido otra enfermedad que la del sarampión». Así comienza, declamada con la característica voz nasal del locutor del NO-DO, una pieza del noticiario franquista proyectado en los cines españoles allá por marzo de 1953. Por la pantalla desfilan a continuación señores lustrosos, orondos y sonrientes, tocados algunos con txapela y otros con sombrero, soberbios todos en su corpulencia en blanco y negro. Gordos. Orgullosos o, al menos, no avergonzados de serlo. Pioneros del movimiento body-positive, que se dice ahora cuando te aceptas como eres, olvidas los estándares de belleza tradicionales y te pones el mundo por montera. Hace sesenta y tantos años, en aquel Bilbao gris cubierto por el humo de las fábricas y el miedo al qué dirán, hubo valientes dispuestos a demostrar que lo que pensaran los demás les importaba un pepino.

Igual creen ustedes que el ideal estético de la delgadez es algo muy moderno, pero en los años 50 la presión por tener un cuerpo estilizado ya se dejaba notar. Atrás habían quedado los numerosos clubs de gordos que en ciudades como París, Londres o Nueva York triunfaron a finales del siglo XIX y, de repente, una vez pasadas las estrecheces de la posguerra se comenzaba a hablar de dietas, regímenes y otros tratamientos destinados a mejorar la salud pero, por encima de todo, a aparentarla. Hartos de la dictadura de la tortilla francesa, unos cuantos bilbaínos decidieron juntarse en una asociación que predicara la bonhomía tradicionalmente asociada a la panza llena. Su lema sería «generosidad, humor y bondad» y aceptarían como socios únicamente a los que fueran gordos de bandera, con un peso total de al menos 100 kilos.

Conscientes de que parte de su labor consistía en mejorar la imagen pública de los obesos, utilizaron a la prensa como instrumento de propaganda. Las primeras noticias aparecieron a finales de enero de 1953 en periódicos como 'El Correo', 'La Gaceta del Norte', 'La Vanguardia' o 'ABC', que publicaron las condiciones de admisión: pesar 100 kilos, no seguir ningún régimen médico y no sufrir ninguna dolencia. La ocurrencia tuvo un éxito clamoroso y se presentaron candidaturas de toda España. Un señor de Azkoitia decía no bajar de los 170 kilos, mientras que otro caballero zaragozano expresaba sus deseos de pertenecer al club y esgrimía 150 razones de peso y un justificante de no haber visitado jamás al médico. Con gran afluencia de público y prensa se constituyó oficialmente el Club de los Gordos de Bilbao el 12 de febrero de 1953, con una comida de hermandad compuesta por «un kilogramo de entremeses para cada uno a base de pescado, mariscos, mantequilla, fiambres de todas clases, carne picada etc. y después sopa de tortuga, angulas, solomillo, un pollo por comensal, fruta variada, tarta, tostadas de crema y de pan, arroz con leche, café y copa». Todo mojado generosamente con vinos de Rioja y champán.

Este fabuloso almuerzo tuvo lugar en la sede oficiosa de la institución, el restaurante Nicolás de la calle Ledesma (Bilbao). Fue abierto en 1943 por Nicolás Goirigolzarri Unibaso, oriundo de Laukiz —y sí, han acertado, familiar del banquero Goirigolzarri— como bar-restaurant especializado en platos regionales. Curtido en los fogones del hotel Torróntegui, el Club Náutico y el Club Marítimo del Abra, Nicolás supo llenar sus mesas de calidad y su barra de personalidad. Entre las muchas bilbainadas que protagonizó a lo largo de su vida estuvo ésta del Club de los Gordos, del que fue promotor y presidente electo gracias a sus 145 kilos pesados en pública balanza. Vicepresidente primero fue Luis Martín Estévez (135 kg), vicepresidente segundo Antonio Saloña (famoso chef del Hotel de Portugalete, con 126 kilos) y representante del club en Madrid un despampanante mallorquín llamado Antonio Truyols que, pesado en directo por reporteros de 'El Correo' y 'La Gaceta del Norte', marcó 165 kilazos pero no pudo aspirar más que a ser socio honorario por estar únicamente de visita en Bilbao. Le podemos ver en el vídeo del NO-DO, rodado el día de la elección de la junta directiva, junto al mostrador del Nicolás a punto de tomarse un pote y un plato lleno de pintxos.

Vídeo. El Club de los Gordos de Bilbao, NO-DO 2 de marzo de 1953.

Las reglas del club, pregonadas por toda la prensa española y también por el NO-DO, prohibían el consumo de agua mineral o bicarbonato además del someterse a dietas o practicar ejercicios gimnásticos. Como obligaciones tan sólo contaban las de reunirse una vez al mes acompañados de buena y abundante comida y, por supuesto, hacer propios los objetivos de la asociación: generosidad, bondad y buen humor. Gracias al Club de los Gordos y a su tradicional partido de fútbol entre gordos y flacos, disputado siempre en fechas navideñas, Nicolás Goirigolzarri y su restaurante homónimo llegaron a ser tremendamente populares. El Nicolás sigue abierto en Ledesma, aunque reformado, y la misma trayectoria sufrió su dueño, quien volvió a hacerse famoso en 1956 por haber ingresado en un sanatorio madrileño para reducir los más de 150 kilos que había alcanzado.

Nos queda la duda de si, una vez terminado el régimen, fue destronado de su puesto de presidente del Club de los Gordos, que siguió existiendo hasta mediados de los 60 e incluso llegó a revivir brevemente en 1993. El gran (en todos los sentidos) Nicolás creía que por la gastronomía se llegaba a la felicidad y que pocos eran los flacos que esparcían alegría por el mundo. Gordos o delgados no sé, pero se fíen nunca de alguien a quien no le guste comer. No son trigo limpio.