Ilustración carnavalesca de 'Le petit journal', 1920. / Wikimedia CC PD.

Beber y comer en Carnaval hace 250 años

Gracias a las instrucciones que a finales del siglo XVIII se publicaron sobre cómo comportarse en los bailes de máscaras sabemos también lo que consumían allí los asistentes

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA Madrid

Puede que los Carnavales de este año se hayan ido al garete por culpa del coronavirus, pero no crean ustedes que quedarse con ganas de disfrazarse es una novedad. En 1716 por ejemplo no hubo pandemia, pero sí un rey aguafiestas como Felipe V que se empeñó en salvaguardar el orden público y la moralidad prohibiendo las mascaradas previas a Cuaresma. Según un bando publicado el 26 de enero de aquel año, en aquellos tiempos se habían puesto de moda en España «imitando los carnavales de otras partes, diferentes bailes con máscaras mezclándose muchas personas disfrazadas de que se han seguido innumerables ofensas a la Magestad Divina, y gravísimos inconvenientes, por no ser conforme al genio y recato de la Nación Española». Para atajar aquellos desmanes mandaba el primero de los Borbones «que ninguna persona, vecino, morador, estante o habitante en esta Corte admita en su casa personas algunas, para que con título de carnaval o asamblea se diviertan, danzando con máscaras o sin ellas en este ni otro tiempo del año» bajo pena de mil ducados.

Ya en vida de Carlos I, allá por 1523, se habían censurado también los disfraces «para evitar los males que se derivaban del ocultamiento del rostro», pero lo de Felipe V fue verdadera obsesión. Los intentó restringir en 1716, 1717, 1719 y 1745 con ordenanzas que fueron aumentando sucesivamente el importe de las multas y el peso de los castigos. De ello podemos deducir que la mayoría de ciudadanos se pasaban las prohibiciones del rey por el arco del triunfo, pero al menos sí consiguió que los excesos carnavalescos estuvieran mal vistos entre la gente encopetada. La situación cambió radicalmente con la llegada al trono de Carlos III, quien en 1765 organizó una cabalgata enmascarada para festejar la boda de su hijo Carlos Antonio y poco después, en 1767, dio permiso para celebrar bailes de máscaras por Carnaval siempre que tuvieran lugar en recintos cerrados y sus disfraces no resultasen ofensivos para la Iglesia o la corona.

Baile de máscaras francés, siglo XVIII. / Wikimedia CC PD.

En aquel momento la aristocracia decidió emular los refinados carnavales de Venecia, Roma o París y dejar de lado las clásicas jaranas de las Carnestolendas castizas, consideradas vulgares. Para alcanzar tan elegante objetivo los bailes debían organizarse a conciencia, especificando lo que estaba permitido y lo que no y aclarando hasta el más mínimo detalle del festejo. Cómo vestirse, qué bailar, cuándo hablar, cuánto beber… Todo ello se limitaba exhaustivamente antes de la celebración de cada baile con una complejidad tal que muchas veces se hizo necesario un manual de instrucciones. De ahí que se publicaran folletos informativos como la 'Instrucción para la concurrencia de bayles en mascara en el Carnaval del año 1767' (sic) o el 'Reglamento para el bayle de máscaras, en la ciudad de Sevilla, en este carnaval de 1768', conjuntos de reglas que detallaban horarios, número de asistentes, disfraces autorizados (nada de ofender a las instituciones o el clero y menos aún travestirse), adornos tolerados (adiós a las joyas, encajes y bordados) y hasta temas de conversación recomendados.

También se especificaban tanto los alimentos y bebidas que los asistentes tendrían a su disposición como su coste. En Madrid había que tener como «agasajo para los concurrentes aparadores con helados, licores, chocolate, café, té, bizcochos, dulces secos y de almíbar a precios moderados con cartel que los exprese […] también habrá la comodidad de servicio de cocina, a saber sopa, caldo, frito, asado, huevos, pastas y fiambres», con mesas y criados suficientes a disposición de los fiesteros.

En otro folleto similar, la 'Instrucción para el baile de máscara en el Theatro Español de esta ciudad de Cádiz para el carnaval del presente año de 1770' nos encontramos directamente con una lista de los aperitivos y bebidas acompañados de sus respectivos precios. Tal y como contó en 1890 el gastrónomo Mariano Pardo de Figueroa en un artículo para el 'Almanaque de La Ilustración', el refrigerio de aquel baile gaditano incluyó hace 251 años cervezas de Bristol y Holanda, sidra de Inglaterra, licores de Francia, ponche de ron, vinos moscatel, burdeos, jerez y tinto catalán además de champán, sangría de vino, café y té. Para templar el estómago entre trago y trago se podían pedir «pocillos de chocolate con su correspondiente pan y manteca» a dos reales cada uno, bizcochos de canela a 6 reales la libra, almendras garrapiñadas, pan de leche (a real la unidad), «taza de caldo de sustancia, gallina y jamón» y platos de jamón, salchichón o lengua de vaca a 4 reales cada uno. Lo más barato era «un vaso regular de agua, 2 cuartos». ¿Pero quién querría pasar el Carnaval de Cádiz a base de agua?