Gastrohistoria

Carlos IV y su sartén de migas

23/05/2020

El motín de Aranjuez le impidió estrenarla, pero el rey Carlos IV mandó fabricar una gran sartén para cocinar migas extremeñas en sus jornadas de caza

Habida cuenta del éxito que la semana pasada tuvo la historia sobre el marqués de Salamanca y sus menús derrochones, vuelvo a recurrir al mismo informante para contarles una nueva anécdota que mezcla gastronomía, personajes históricos y cierto cotilleo sano. Recordarán que el narrador original de la anécdota de Salamanca fue Loreto Capella Olasagasti (1853-1928), chef conquense que llegó a ser cocinero mayor del Palacio Real de Madrid, profesor en la primera academia de cocina de España y habitual colaborador de la magnífica revista culinaria ‘El Gorro Blanco’. En esta publicación el señor Capella solía publicar crónicas bajo el título de «Cosas de otros tiempos», y el 1 de mayo de 1916 dedicó su atención a un tema tan curioso como inesperado: la sartén de migas del rey Carlos IV.

Resulta que el señor Capella –no sabemos si durante el ejercicio de sus funciones como cocinero real o como mero turista y aficionado al arte– visitó en cierta ocasión el palacete de la Casa del Labrador en Aranjuez y allí, entre cuadros y grandes salones, vio algo que llamó su atención mucho más que cualquier pintura. Al entrar en la cocina de este palacete neoclásico (construido precisamente a instancias del rey Carlos IV) Capella se fijó en una sartén de tamaño colosal, un utensilio tan inmenso que no pudo más que preguntar por su uso u origen al funcionario que le estaba enseñando las instalaciones. «Al preguntar al Sr. Gago qué objeto tenía aquella sartén tan grande nos contestó que nada sabía a ciencia cierta, pero que tenía entendido que la mandó hacer Carlos IV y que no llegó a estrenarse por causas algo tristes».

Capella era de los míos y aquella respuesta no le satisfizo ni en lo más mínimo. Confesándose más curioso en materia de viejas historias «que una portera en saber vidas ajenas», parece ser que removió cielo y tierra hasta dar con el origen de aquella sartén. No dio cuenta de sus fuentes así que yo no les puedo asegurar que lo relató en 1916 sea totalmente cierto, pero es muy posible que gracias a haber trabajado para la Casa real pudiera obtener la información de algún antiguo servidor de palacio. El caso es que según sus datos la sartén se mandó forjar en 1808 para hacer migas extremeñas, plato que Carlos IV había probado en La Casa del Labrador junto al pacense Manuel Godoy en una jornada de caza. El monarca era tan aficionado a cazar como a comer platos castizos (pueden encontrar ustedes numerosos ejemplos en este enlace), y por supuesto es cierto que residía en el palacio de Aranjuez una gran parte del año, así que hasta aquí todo parece plausible.

Tanto le gustaron las migas al rey, según Capella, que resolvió preparar una multitudinaria batida de caza en la que los asistentes comerían de nuevo migas servidas directamente de una enorme sartén. Dicho y hecho, el grandioso utensilio se fabricó pero quiso el destino que se metieran de por medio la amenaza napoleónica y el motín de Aranjuez. El valido Godoy fue apresado, Carlos IV abdicó en su hijo Fernando VII y la sartén se quedó sin estrenar. Eso sí, fue conservada en la cocina de la Casa del Labrador al menos hasta finales del siglo XIX (cuando la vio allí Capella). ¿Qué fue de la magna sartén? Nada se sabe. Hace unos meses, antes del confinamiento, llamé a Patrimonio Nacional (encargado de las visitas a este palacete de Aranjuez) y me dijeron que allí no había ninguna sartén, pero que era posible que se hubiera llevado a la Real Cocina del Palacio de Oriente. En esas magníficas cocinas se puede ver menaje y numerosos utensilios procedentes de distintas residencias reales, pero ya les digo yo –que he estado allí husmeando todo lo habido y por haber– que no están ni la mega-sartén para migas ni la mítica chocolatera gigante de Isabel II, y tampoco me pudieron dar noticias de ellas. Puede que ese patrimonio culinario se haya perdido para siempre, pero al menos nos queda la satisfacción de saber que Carlos IV le daba a las migas con chorizo.