Con 82 años, vive solo en una casa en ruinas, sin luz ni agua en Ingenio

27/05/2019

Un vecino de 82 años de La Pastrana, en Ingenio, pide ayuda para pasar los últimos años de su vida en un centro de mayores. Con escasos recursos y movilidad reducida, vive con una paga muy modesta y gracias a la ayuda desinteresada de las personas que viven en su calle. La cárcel marcó su vida tras una tragedia familiar.

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Juan Díaz Rodríguez, un vecino de 82 años de La Pastrana, en Ingenio, vive una situación límite y pide ayuda para poder ingresar en un centro de mayores y así pasar sus últimos años en un lugar digno. Con una paga modesta, este anciano vive solo rodeado de inmundicia, sin agua y luz, en una casa en ruinas. Sin apenas poder moverse a pesar de la operación de cadera a la que fue sometido, hace sus necesidades donde puede y se asea gracias a una acequia que pasa por su casa.

Sin relación con los familiares que le quedan, ha sido asaltado en varias ocasiones para robarle las pocas cosas de valor que tenía en su casa, por lo que vive sin separarse de un cuchillo con el temor de que un día le hagan algo. «En cualquier momento aparezco muerto porque apenas me puedo defender. Ya no me quedan fuerzas, no me valgo por mí mismo. He pasado bastante miseria, he sufrido como los perros durante toda mi vida. Desde pequeño he trabajando en las tierras o guardando un ganado y, aunque tenía un dinero ahorrado para mi vejez, se lo llevaron y ya no me queda nada», asevera Juan, que solo cuenta con la ayuda de unos vecinos.

«Me operaron porque me partí la cadera hace unos años, pero la intervención no me valió de nada porque casi no me puedo mover. Apenas puedo subir una pequeña escalera para llegar a la puerta de la casa y tengo que hacer las necesidades donde puedo y agarrándome de las mesas porque no me tengo en pie. Aquí me paso los días sin poder hacer nada. Llorando por la soledad, bebiendo ron para olvidar como pasan las horas, escuchando la radio o hablando con los vecinos cuando están por la calle», afirma emocionado.

Con 82 años, vive solo en una casa en ruinas, sin luz ni agua en Ingenio
El trágico suceso que marcó su vida

La vida de Juan nunca fue fácil. De familia muy humilde, afirma que tanto él como su madre y hermanos sufrieron la rigidez de su padre con episodios violentos desde que era pequeño. Hasta que un día, en 1982, ocurrió un suceso dramático que cambió su vida para siempre cuando tenía 45 años. «Aquel día mi padre me metió una jalá, una de tantas, que casi me mata. Cogí una escopeta para defenderme y meterle miedo, pero terminé pegándole dos tiros a la puerta del dormitorio creyendo que estaba él detrás. Pero en realidad estaba mi viejita (su madre). Ese suceso me cambió la vida, porque fui a la cárcel durante muchos años y ya no pude rehacer mi vida», recuerda con la voz entrecortada.

Con 82 años, vive solo en una casa en ruinas, sin luz ni agua en Ingenio
«Pido que me lleven a un centro, pero no tengo dinero...»

Ahora, sin apenas recursos y con movilidad reducida a sus 82 años, Juan pide ayuda para poder estar en un centro de mayores los últimos años de su vida. «Aquí han venido alguna vez, pero no me han dado solución. Yo lo que necesito es estar en un centro porque ya no puedo vivir más así. Lo que pasa es que tengo una paga muy pequeña y por eso no me recogen. Como cobro una porquería dirán, ¿cómo va este hombre con eso? Por lo que si nadie me ayuda, me moriré en estas cuatro paredes solo».

Con 82 años, vive solo en una casa en ruinas, sin luz ni agua en Ingenio
Se alimenta gracias a la solidaridad de sus vecinos

Juan cuenta con la ayuda de sus vecinos, que se turnan para hacerle los recados, traerle comida, limpiarle la ropa y hacerle compañía. Sin luz y agua, solo la de una acequia que pasa por su casa, no cuenta con los servicios mínimos en la vivienda, que tampoco está adaptada a sus condiciones físicas. Sin poder valerse por sí mismo, son sus vecinos los que le ayudan en el día a día.

«Hay un chavalito que se llama como yo que me hace los mandados. En las dos últimas semanas han venido asistentas sociales para llevarme al salón parroquial y bañarme, pero nada más. Yo lo que necesito es estar en un centrito de mayores, o por lo menos en un local de día para hacer mis cosas y estar entretenido en mis últimos días», afirma el anciano de 82 años, aliviado por la ayuda desinteresada de su calle.

«Estoy muy agradecido por la ayuda de muchos de mis vecinos que me traen comida todos los días y me asisten en las cosas que tengo que hacer. La gente de mi calle es muy buena, sin ellos yo ya no estaría vivo porque en estas condiciones es imposible vivir sin ayuda de nadie», afirma Juan Díaz asomado a la puerta.

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