UnnTove Lucock y Sulaiman Jalloh, en un banco frente a la playa de Puerto Rico. / G.F.

Los 500 hijos de Mamá África en Mogán

Ejemplo de convivencia. En dos complejos de Puerto Rico y Amadores logran crear una gran familia entre los migrantes

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Mogán

UnnTove Lucock es noruega, profesora y lleva 20 años en Canarias. Regenta un restaurante en Amadores y su marido lleva dos complejos de apartamentos en Mogán, el Holiday Club Puerto Calma y el Holiday Club Playa de Amadores. Pero desde el pasado 12 de septiembre ha pasado a ser mamá África. Así la llaman la mayoría de los casi 500 migrantes que aloja en sus habitaciones. Uno de ellos es Sulaiman Jalloh, un joven de 32 años que llegó en patera a Arguineguín ese mismo mes de septiembre y que ahora se siente acogido e integrado en lo que él mismo califica de «gran familia». Todos los alojados hacen actividades juntos, al margen de culturas y países de procedencia. Magrebíes y subsaharianos comparten juegos y tareas. «Les encanta salir a correr y el fútbol». Es una de las dinámicas que instauraron en estos dos complejos para favorecer la buena convivencia. «Solo hubo algún problema el primer día, pero después todo ha ido muy bien», apunta la empresaria.

UnnTove y Jalloh se sientan a tomar un refresco juntos en una cafetería de Puerto Rico y no tardan en despertar miradas de recelo en otros comensales. Son el pan de cada día de quienes como Unn, su marido y su hija han optado por otra respuesta ante la inmigración, la de la empatía, la de la mirada solidaria. «Al principio, cuando abrimos, yo también estaba muy nerviosa». Para ella era un mundo desconocido. «No teníamos ninguna experiencia». Solo había trabajado hasta ahora con turistas, la mayoría escandinavos. Y de repente se vio con decenas de personas que no venían buscando sol y playa, ni vacaciones, sino un horizonte nuevo, una vida tranquila, que es la expresión a la que más recurre Jalloh.

«Me cambió la vida», acierta a decir en español. «He ganado mucho personalmente, bueno, toda mi familia. Toda esta gente es feliz con cosas muy pequeñas». Y hace una reflexión. «Yo creo que en realidad necesitamos aprender más de ellos que lo que ellos nos deben a nosotros». La clave, dice, está en que la gente abra su corazón. «Si lo hacen, verán las cosas de otra manera, como me ha pasado a mí». Le duele lo que está pasando porque tiene una muy buena valoración de la forma de ser del canario. «La gente de aquí está en mi corazón, son muy buenas personas, pero creo que algunos se ponen a la defensiva con lo que no conocen y lo prejuzgan como malo cuando deberían abrir los ojos». Ella lo sabe porque lo vive día a día en sus complejos. «El 90% de chicos son igual que nosotros, solo buscan una nueva vida».

«Esta experiencia me ha cambiado la vida. Toda esta gente es feliz con cosas muy pequeñas»

UnnTove lucock

Eso fue justo lo que buscó Jalloh, de Sierra Leona, cuando se lanzó a la aventura de meterse en una patera. «Mi país no es seguro. Hay muchos problemas políticos», se lamenta. Su familia los ha sufrido de lleno. «Mi padre salió a comprar comida y no volvió más». Fue el fatídico 6 de enero de 1999, cuando, en el contexto de una guerra civil que duró desde 1991 a 2002, la guerrilla del Frente Revolucionario Unido (RUF) lanzó una fuerte ofensiva sobre la capital, Freetown. «Murieron muchas personas, las cosas se pusieron difíciles para mí desde que era muy pequeño», acierta a decir cabizbajo. La contienda acabó, pero la inestabilidad continúa en un país que hace poco se vio azotado por el ébola. «Hay muchas luchas, huelgas, muchos problemas». A día de hoy su familia pasa muchas dificultades. Viven sin agua ni luz. «No quiero eso para mí. Yo solo busco vivir, una vida tranquila».

Dos jóvenes entretenidos en una de las actividades de dinamización en el complejo. / C7

Por eso, por ese sueño un día se metió en una patera. «Salimos de Guinea. Yo estaba supernervioso. Era el único de Sierra Leona que iba en el barco». Llegó a pensar que ahí terminaba su vida. «Cuando embarqué pensé que tardaríamos solo una hora. Entré, me senté y cuando vi que pasaban los días y solo había mar, que no veíamos tierra por ningún lado, pensé que iba a morir; ya no tenía ninguna esperanza». Pero el 12 de septiembre de 2020, cinco días después, la patera llegó a Arguineguín. «Sentí mucho alivio», levanta la mirada. Y acabó en el famoso campamento del muelle, del que tiene su particular visión. «No podemos decir que no nos trataran bien; cuando llegas a un país como extranjero, no conoces sus reglas; nos dieron tiendas, pan, bebida... Lo apreciamos porque nosotros no teníamos nada».

Y su bendición fue acabar en uno de los complejos que regenta UnnTove Lucock. Según Jalloh, «todos, seamos de Mali, de Senegal o de Liberia, nos sentimos como miembros de una familia, también con los canarios que trabajan en el hotel, una familia que trabaja unida, en equipo». Por ejemplo, el hotel lo limpian entre todos, cuenta Lucock. O se juntan para coser las prendas de ropa que les donan y ajustarlas a sus tallas, o para confeccionar mascarillas. «Tenemos de todas las edades. El más pequeño solo tiene un mes, nació en la patera y su mamá tiene 18 años, y el mayor está en torno a 60 años». Hay cinco bebés y hasta mujeres embarazadas. También acogen a una persona con discapacidad, en silla de ruedas. Otro que es invidente. Y otro que acabó con lesiones cerebrales tras un accidente. Todos, pese a sus circunstancias especiales, prefirieron echar la moneda al aire que supone embarcarse en una patera.

Uno de los chicos cosiendo las prendas de ropa que les donan. / C7

La primera semana, explica Lucock, la dedicaron a asimilar las mínimas normas de convivencia. «Trabajamos mucho todos para que dijeran hola, gracias o adiós». Y hasta se preocupó de que cambiaran una costumbre que en sus culturas es más habitual pero que en Europa no está bien vista. «Te chistaban para pedir, y hemos intentado cambiarlo por un por favor», apunta sonriente. Entre las dinámicas de grupo que organizó estuvo la pintura de un gran mural en uno de los salones del hotel con los chicos de Mali. «Luego todos escribieron sus nombres, dejaron sus huellas, a algunos les tuve que ayudar, no saben escribir». En Navidad montaron juntos un gigantesco árbol.

Su implicación ha sido tal que ha llegado a alojar a algunos en su propia casa. Es su forma de atender de forma diferente a quien necesita un trato más personalizado. Es justo eso lo que ha buscado en sus complejos, siempre con la complicidad de Cruz Roja, de la que alaba su trabajo. «La solución cuando uno de estos chicos se porta mal no puede ser la calle. Eso solo genera más problemas y se contribuye a generar conflictividad con los canarios». Le preocupan especialmente los marroquíes, a los que les cuesta más adaptarse y que ella lo justifica porque vienen de situaciones de extrema pobreza. Ha podido hablar incluso con la familia de uno de los chicos. «Viven en un garaje de un solo coche, sobre tierra, sin agua, sin luz, y allí viven su madre, su padre, dos hermanos, una hermana embarazada con un niño, y con la abuela».

Posado de grupo después de pintar juntos un mural en el complejo que les acoge. / C7

Cree que necesitan ayuda y que su apuesta por echarles un cabo no hace daño a nadie. Por eso tampoco entiende la decisión del Ayuntamiento de Mogán de sancionar a sus complejos por acogerlos. «Los migrantes no son los culpables de que no haya turistas aquí. La culpa es del coronavirus. Hay que buscar una solución. No pueden quedarse aquí, pero ahora esto es una salida». Además, defiende que, mientras tanto, «es mejor para la economía de Mogán que los hoteles estén operativos». Dice que los chicos entran y salen y que, aunque tienen poco dinero, compran cosas. Y recuerda que los trabajadores de los complejos salieron del ERTE gracias a esta actividad. Ella misma ha tenido que contratar a 10 empleados más. «Los migrantes quieren seguir, no quieren quedarse aquí. Solo buscan ayuda. No quieren estar en un hotel durmiendo y comiendo tres veces al día. Es solo una solución temporal para que no duerman en la calle o en el suelo», apostilla.

«Me han puesto en las redes sociales que personas como yo son las que crean los problemas en el mundo», y se encoge de hombros. Ella tiene claro que no. Es más, cree que aún se puede hacer más. Con esa idea se ha marcado como tarea crear una fundación que ayude a estos colectivos. Invita al resto de la ciudadanía a cambiar el chip. «Si todos ayudáramos un poquito, el cambio sería total y para bien». Asegura, además, que lo que ha visto en ellos es mucha humanidad y mucho talento, como es el caso de Jalloh, jugador de balonmano en su país. «Hace dos semanas que entrena con un equipo en Vecindario y está muy contento». UnnTove le echa una mano para tramitar una posible solicitud de asilo. Después ya se verá. «Quiero estar en Gran Canaria, pero si tengo problemas para quedarme aquí, me gustaría poder ir a Francia, Inglaterra o Alemania». El único destino que se marca este joven es «una vida tranquila».