El chamán que jugaba con el tiempo

29/01/2018

En estos 50 años Paco ha generado líneas de trabajo que ha guardado como hitos de un proceso mucho más complejo.

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«Mi casa y mis tres teniques» -sentenció el ancestro, fijando los mojones del insular vivir. Esencia y mapa de un magro territorio.

Mi casa: los muros que sostienen el techo que cobija a la cabeza.

Mis tres teniques: el milagro cotidiano que sostiene el sustento caliente sobre el fuego.

Las cuatro esquinas de un goro cruciforme. La luz que entra por la puerta, rasante. La sombra esquiva del apupú entre las plataneras que se proyecta, durante un instante, sobre el suelo junto al hogar. Revuelo que dibuja una sonrisa en la cara de Paco Sánchez.

Hombre de palabra breve, el pintor se comunica con el mundo a través de las breves rendijas de unos ojos en permanente movimiento. Sánchez otea en silencio los diversos sonidos de sus tiempos, pues éstos son los que hacen de su trabajo una propuesta única en nuestras islas.

Paco Sánchez no es un pintor de nuestro tiempo.

Paco Sánchez sí puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Surca el tiempo sin moverse del alfeizar de la ventana de su taller en Tamaraceite. Guarda allí, entre otros lienzos, la imagen de un chamán en rojo y azul sobre un fondo ocre y verde. Las piernas abiertas, firmes sobre la tierra, de donde surge el trance. Los brazos en alto y en una máscara sobre su cara.

Hasta su estudio acuden a comer las crías de los lagartos y los profesores de historia del arte. Cabezas de basalto negro. Cabezas sin galladura.

Agarra sus reptiles totémicos en cada mano sobre su cabeza y se sumerge en la memoria de sus cincuenta años de pintura. Bucea en el sequero del que nació. De aquel pasado de aparcería que descubrió en las excursiones de la Escuela Luján Pérez. Del viento que sacudía las ropas de las aparceras del sur. De aquellas mujeres apergaminadas por el hambre. De aquellas mujeres de luto centenario. Del llanto, del dolor y de la muerte. Los tres teniques de Antonio Padrón. Santiguadoras, estereros, pasajes para un más allá en un mundo de jareas y moscas. Sánchez hace suya la síntesis canaria que treinta años antes había propuesto Felo Monzón.

Y con los lagartos en las manos, Sánchez regresa a las cuevas de los ancestros y a su trazo sobre la piedra negra de los barrancos de árboles secos. Y a la mirada de otros aborígenes sobre aquellos. Las pictografías de Manolo Millares. Lo que de universal tiene la memoria de la isla. Y las mujeres apergaminadas en El Museo Canario por el viento del tiempo. Y el cenobio de Valerón.

Estudia cada una de sus composiciones antes de ejecutarla

Paco Sánchez no es un pintor de nuestro tiempo.

Paco Sánchez sí puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Hurga el lagarto por entre las lajas. Y como lagarto margulla nuestro hombre bajo la lámina de la marea, en el fondo arenoso de la playa. Nada hasta el lecho, se tumba, se vira. Abre los ojos y mira a la superficie desde el fondo y levanta una reflexión sobre la condición insular. Nacen de esa visión esos fondos azul verdosos de sus lienzos, en los que se condensan cien años de pintura canaria, sobre los que flotan seres, sombras y sueños.

Paco Sánchez no es un pintor de nuestro tiempo.

Paco Sánchez sí puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Anda Paco entre las cuatro esquinas del cuadro. Pero necesita ir más allá. Y pinta su primer ser alado. Para subirse a sus hombros y mirar a la tierra desde el aire. Estos seres mitad humanos mitad animales pueblan el tejido del lienzo de constelaciones. Son las constelaciones perdidas que los aborígenes dibujaban cada noche. Y pinta Sánchez las cuatro esquinas de su casa. Las cuatro esquinas de la isla. Y lo hace en cuatro pequeños lienzos en los que, reflexionando sobre la perspectiva de los antiguos egipcios, oímos crecer sus palmeras desde este y desde el oeste, desde el norte y desde el sur, hacsta el centro. Sánchez es un profundo conocedor de la historia del arte. Nada hay gratuito en su obra.

Paco Sánchez no es un pintor de nuestro tiempo.

Paco Sánchez programa su trabajo minuciosamente. Estudia cada una de sus composiciones antes de ejecutarla. Y a fuerza de trabajo ha generado un repertorio iconográfico propio. La esencia de la pintura canaria contemporánea hasta su llegada: el goro / la casa; la isla / el volcán; el lagarto; la rama del árbol seco / el drago; la mujer con pañoleta / los seres alados.

Sánchez declina cada imagen con soltura. Conoce su filiación. Y algo queda en sus goros de los riscos de Oramas que él vio desde las fincas del Pambaso. Algo queda de Pedro González y de Felo Monzón en sus volcanes. Y no puedo ver ese drago verde despelusado sin recordar la mano de Cirilo Suárez, aunque aquella llama luminosa me recuerda inevitablemente al drago de Pérez Navarro que un amigo custodiaba en el hall de su casa.

Tras la mujer con pañoleta está, qué duda cabe, las aparceras de su maestro Felo, pero también las mujeres de Padrón, que tanto recuerdan a la Montserrat de Julio González y a las dolientes mujeres del Guernica de Picasso. Mujeres que pasan del negro del luto al rojo de la reivindicación, al rojo de la vida. Mujeres poderosas que ocupan el centro de la pintura de Paco Sánchez. Mujeres que sostienen en sus brazos monstruos y lagartos, como la diosa cretense de las culebras. Algo queda aquí de aquella lucha inmemorial entre el primer motor rector de la historia –que todos conocemos como la diosa madre- y la condición animal relegada a los márgenes del lienzo. Este permanente salto en el tiempo está también muy presente en sus seres alados. Imagen de aquello a lo que hay que alcanzar. Para sus seres alados siempre he pensado en el ángel nuevo de Paul Klee que acompañó a la muerte a Walter Benjamin. Ideogramas de tiempos diversos, que sólo pueden convivir en los lienzos de Sánchez al pasar por el tamiz de otro tiempo, éste prehistórico. Personajes que no necesitan, como el Ídolo de Tara, las extremidades, para ser en el mundo.

Paco Sánchez no es un pintor de nuestro tiempo.

Paco Sánchez sí puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

A medida que te acercas a su obra adquieres conciencia del profundo proceso de reflexión y análisis hilado a lo largo de los años. A diferencia de otros creadores, el trabajo de Sánchez no puede ser leído como una sucesión de series cerradas vinculadas a determinadas exposiciones. A lo largo de estos últimos cincuenta años Paco ha ido generando líneas de trabajo que ha guardado, ante nuestros propios ojos, como hitos de un proceso mucho más complejo. Me explicaré. A lo largo de todo el proceso de preparación de esta muestra, Antonio Pérez Martín –sin cuya dedicación y profesionalidad esta muestra no habría podido realizarse- y quien esto escribe, hemos trabajado con un corpus de más de medio millar de obras, datadas entre 1969 y 2017. Ante tal volumen de producción, y debido a la limitación espacial, se hacía necesario realizar una severa selección que redujera el número de obras a una quinta parte. Y esta selección debía respetar un arco temporal lo más amplio posible de modo que permitiera al espectador contemplar obra de cada una de las décadas presentes en la muestra.

Ha fuerza de trabajo ha generado un repertorio iconográfico propio.

Sin embargo, cuando Antonio y yo comenzamos hace más de un año a disponer las fichas de la obra sobre una extensa estructura de burras de unos ocho metros de largo empezamos a comprender que estábamos ante algo completamente inesperado. Paco Sánchez ha ido dejando, a lo largo de sus exposiciones, elementos de un trabajo que sólo llegamos a reconocer cuando se contempla su corpus en su totalidad. Surgieron así ante nuestros ojos líneas de trabajo –que denominaremos ciclos- que se extienden, en algunos casos, durante más de treinta años. Nos encontramos así con una nueva lectura de la obra de Paco en la que determinados elementos marcan la pauta de trabajo. Hemos denominado a estos ciclos a partir del nombre de una de las piezas que lo componen. Y presentamos en un libro y en la exposición estos ciclos con una apertura y un cierre que conectan con el resto de los ciclos. El primero de ellos –La luz de tu mirada- aborda la construcción del eje femenino entre 1969 y 2008. La segunda –Las raíces del goro- nos trasladan a los cimientos del paisaje imaginado de Sánchez entre 1974 y 2011. El tercer gran ciclo de los primeros años del pintor lo hemos denominado Sueños africanos y recoge la producción en blanco y negro, capital en el desarrollo de su primera poética entre 1977 y 2016.

Un segundo bloque de ciclos se abre a partir de 1986 y abarca hasta finales de la década siguiente. Hablamos del ciclo Danza de la alegría, en la que surge la imagen que todos reconocemos de Paco Sánchez; y los primeros procesos de concreción de parte de su diccionario: así Bosque con figuras sobre la rama del árbol seco (1993-2006); Figura y paisaje (1997- 2017) y Riscos (1998-2016).

En los últimos años del siglo pasado Sánchez emprende un nuevo giro a su obra, otorgando una importancia cada vez mayor al valor expresivo de la gama cromática y a las referencias de la historia de la pintura. Hablamos especialmente de sus pinturas sobre fondo rojo -Mi canto es color atlántico (1998-2015)- y su ciclo Ancestros (1998-2017) en los que mujeres, seres alados y bestias comienzan a transmutarse en momias, ídolos y tótems. Con Ancestros Sánchez traslada su imaginario vivo al otro lado del espejo.

Junto a Mi canto es color atlántico y Ancestros surgen en estos años los dos ciclos más intimistas de su producción. Dos pequeños meandros de pocas obras que referenciaremos como Lloré un río (2004-2016) o la nocturna La estrella que miro todas las noches (2008-2017).

Hace ahora una década, en 2008 Sánchez abre otra serie esencial para entender su producción última El interior del drago (2008- 2017) en el que la danza y la música juegan un papel crucial. Elementos que conducen a la última serie que abordamos, El sonido del mundo (2015-2017). En ella Sánchez se desnuda de sí mismo para trazar un canto a la vida. Un elogio a la alegría de la pintura. El objeto de su vida.

Objeto que ha sido la materia de trabajo para los escritores, artistas y críticos que han acompañado a Sánchez en este homenaje. Cuatro mujeres – Berbel, Cristina R. Court, Dalia de la Rosa y Fayna Sánchez- y cuatro hombres – Ángel Sánchez, Luis Ayala, Fernando Álamo y Jorge Ortega- incluyen sus textos en un libro siguiendo también un marco temporal, aquel en el que sus caminos se cruzaron con el chamán que jugaba con el tiempo. Pues sólo son clásicos aquellos cuya obra sigue concitando la escritura a lo largo de las generaciones. Y Paco Sánchez es un pintor clásico.