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Muere Agustí Villaronga, un cineasta indómito que dejó de ser maldito con 'Pa Negre'

El director mallorquín, fallecido víctima del cáncer a los 69 años en Barcelona, obtuvo nueve Goyas con su mirada a la posguerra en la Cataluña rural y deja una filmografía marcada por la turbiedad y la transgresión

Oskar Belategui

Domingo, 22 de enero 2023, 08:54

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«La sangre es escandalosa, pero uno se acostumbra», soltaba uno de los personajes de 'El mar'. Agustí Villaronga siempre incomodó con sus películas, ya sea fabricando las atmósferas enfermizas de 'Tras el cristal', estirando las fronteras entre el documental y la ficción en 'Aro Tolbukhin. En la mente del asesino' o en su mirada desasosegante a los crudos años de la posguerra en la Cataluña rural en 'Pa negre'.

Fue precisamente 'Pa negre' la película que en 2011 le hizo saltar del reducto de director de culto para los cinéfilos a algo parecido a un realizador popular gracias a los nueve Goyas que obtuvo. El éxito de crítica y taquilla no se tradujo, sin embargo, en ninguna concesión. Villaronga siguió tan libre e indómito como siempre, ajeno a modas, hurgando en los intersticios y en la sombras. Ni siquiera el cáncer que desveló que padecía en 2021 interrumpió su ritmo de producción: ese año triunfó en el Festival de Málaga con 'El vientre del mar' y todavía le dio tiempo a rodar una película más, la inclasificable e inédita 'Loli Tormenta', capaz de unir en su reparto a Susi Sánchez y Fernando Esteso.

Agustí Villaronga en el rodaje en Belchite de 'Incierta gloria' (2017).

El director mallorquí, el poeta de la transgresión y la turbiedad, ha fallecido en la madrugada de este domingo a los 69 años en Barcelona, según ha informado la Academia del Cine Catalán el mismo día que se entregan los Gaudí, los premios de ese cine catalán del que el autor de 'El niño de la luna' fue estandarte y baluarte. «Esta madrugada nos ha dejado en Barcelona el director de cine Agustí Villaronga, acompañado de su querida familia y amigos. Su talento, su sensibilidad, su enorme capacidad de amar todo lo que tocaba y sus películas quedarán para siempre», reza el comunicado.

No son palabras huecas. Villaronga era un tipo culto y sensible, siempre amabilísimo y generoso en las entrevistas, lo que contrastaba con las temáticas de muchos de sus largometrajes. «El tiempo ha provocado un cambio. En casi todas mis películas hay una fascinación por el mal, a veces me puede. Pero ya no es así. Sigo mirando hacia el mal, es un lugar que me interesa, pero ya no me fascina. No hay morbosidad ni nada enfermizo. Es un pasado que forma parte de la vida humana, porque el hombre está rodeado del mal. Mirarlo ayuda a las personas», confesaba a este periodista en el Festival de Málaga de 2021, en el que el director arrasó en el palmarés con 'El vientre del mar'.

Aquella alucinada crónica de un naufragio real que el pintor Géricault inmortalizó en 'La balsa de la medusa' estaba rodada con escasísimo presupuesto y en absoluta libertad, casi como si fuera una pequeña pieza teatral. Sin embargo, 'El vientre del mar' llegó justo después de la mayor anomalía de una carrera que alcanzó la docena de largometrajes, 'Nacido rey', una superproducción de 20 millones de euros sobre el rey Faisal que el director mallorquín filmó por encargo del productor Andrés Vicente Gómez en grandiosos escenarios del desierto de Arabia.

Villano en 'Perros callejeros II'

Agustí Villaronga nació en Mallorca en 1953. Nieto de titiriteros y feriantes, era hijo de un niño de la guerra que luchó en el frente con 15 años, vio morir a su madre de tuberculosis en un hospital de Tarrasa y acabó de cartero en Palma. Villaronga mamó el amor al cine de su padre y contaba que cuando acabó el colegio escribió a Roberto Rossellini en Roma para estudiar en su escuela de cine.

Agustí Villaronga dirige a Roger Casamajor y Francesc Colomer en 'Pa negre'.

Uno de sus curas profesores sí fue al Centro Experimental de Cinematografía de Rossellini, y al volver impartió un seminario de quince días. Aquello cambió la vida del chaval de 14 años, que comenzó a devorar libros de semiótica y ensayos sobre el montaje, escribiendo críticas en un diario de Mallorca. El conocimiento del oficio tras las cámaras se fraguó en mil labores: decorador, estilista, realizador de documentales y videoclips...

Se matriculó en Geografía e Historia en Barcelona y comenzó a trabajar como actor. Recorrió Europa y América en la compañía de Núria Espert representando 'Yerma' y se le puede descubrir con melenas en películas de los años 70, como 'Robin Hood nunca muere', 'El fin de la inocencia', 'El último guateque' y de villano memorable en 'Perros callejeros II'.

Su ópera prima después de rodar tres cortos fue 'Tras el cristal' en 1987. La cinta reveló a un cineasta dotado para las atmósferas turbias y malsanas. Ahí es nada, contar la enfermiza relación que se establece entre un joven y un antiguo torturador nazi confinado en un pulmón de acero. 'Tras el cristal' fascinó en el festival de Berlín e inauguró la intermitente filmografía de un perro verde de nuestra cinematografía, al que muchas veces no le ha quedado más remedio que reconducir los encargos a sus obsesiones. 'El niño de la luna', '99.9' y 'El mar' son filmes ajenos a modas, venerados por la crítica y reservados a los circuitos de versión original.

Agustí Villaronga, la actriz Marina Comas, la productora Isona Passola y el actor Francesc Colomer en el Paseo de la Fama de Hollywood en 2012. 'Pa negre' fue elegida para representar a España en los Oscar, aunque no acabó entre las cinco candidatas. Adrián Sánchez-González/Efe

Ahora que están de moda los 'fakes' o falsos documentales, bueno es recordar que, en 2002, Villaronga nos tomó el pelo con inteligencia en la fascinante 'Aro Tolbukhin. En la mente del asesino', pormenorizado recuento de los crímenes de un marinero húngaro detenido en 1981, tras quemar vivas a siete personas en la enfermería de una misión en Guatemala y que acabó autoinculpándose de otros diecisiete asesinatos. Pequeño detalle: Tolbukhin nunca existió.

La década de los 90 fue especialmente dura para Villaronga. Trabajó dos años y medio en un proyecto que no salió. Sin un duro, abandonó sus sueños de cineasta y, gracias a un amigo, se metió a pastelero en un obrador de Barcelona. Pasó cuatro meses cascando huevos y separando las yemas de las claras. «Poníamos la radio y charlábamos. Lo pasé bien», reconocía. Los nueve Goyas de 'Pa negre' constituyeron un triunfo histórico: era la primera vez que una cinta en catalán se hacía con el premio gordo de la Academia. Aguantó siete meses en cartel y en Cataluña vendió tantos DVD como Harry Potter. El director no utilizó el catalán en sus películas por ningún afán reivindicativo, simplemente no podía imaginar a sus personajes hablando en otro idioma.

La enfermedad, la fabricación del monstruo y la mutación de la inocencia en perversidad son algunos de los temas recurrentes de Villaronga, que estudió durante trece años con los jesuitas y llegó a plantearse seriamente ingresar en un seminario. El descubrimiento de su homosexualidad dio al traste con su vocación de cura. Reconoció que sufrió abusos en aquella época (colaboró con Pedro Almodóvar en el guion de 'La mala educación') y que en su adolescencia, en pleno franquismo, aprendió pronto a asumir su condición sexual ocultándosela a los demás. «Me dan pena esas personas que se han casado y tenido hijos porque tocaba, ocultando su sexualidad, y a los 50 años la descubren. No es mi caso. He sido tímido y torpe, pero nunca he dejado de escuchar mi corazón», contó a EL CORREO en 2012, cuando recibió el homenaje del Festival de Cine Gay de Bilbao, Zinegoak.

Vídeo. Fragmento de 'El niño de la luna' (1989).

«No recuerdo haber cometido un solo acto de crueldad, pero sé imaginarla», confesaba el director mallorquín, Premio Nacional de Cinematografía en 2011, que paseó por el lado salvaje en los periodos de paro profesional. «Como no tenía nada que hacer, me convertí en noctámbulo. Conviví con las drogas, el alcohol y la muerte de gente muy próxima. Pero incluso así, no lo sentía como algo muy sórdido», describió.

'Pa negre' también fue un encargo. Villaronga supo contemplar con una mirada libre de prejuicios la Guerra Civil y bordar un macabro drama que funciona incluso como historia de fantasmas, donde la miseria moral atenaza por igual a vencedores y vencidos. «Aquí no hay ni buenos ni malos, la guerra es como un pedrusco lanzado a un charco de mierda que salpica a todos». La fe budista, los viajes-huida con mochila y una vida privada «rarísima» ayudaron a sobrellevar la travesía del desierto de este amante de la comida basura, que devoraba las alitas de pollo del Kentucky Fried Chicken. «No me molesta que me llamen maldito», confesaba pocos días antes de que nueve Goyas acabasen con su estatus de realizador de culto.

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