Timothy Spall y Vanessa Redgrave, en un fotograma de la película.

'La Sra. Lowry e hijo': un biopic sobre el artista y su castrante madre

Timothy Spall y Vanessa Redgrave protagonizan este sencillo drama sobre la complicada relación del pintor con su progenitora

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

No son pocas las películas que a lo largo de la historia del cine han retratado la relación entre una madre y su hijo: desde la brillante 'Psicosis' hasta la rotunda 'Todo sobre mi madre'. De la mano de Adrian Noble, llega ahora 'La Sra. Lowry e hijo', un biopic, ciertamente original en su premisa, que explora la complicada relación que el pintor L. S. Lowry mantenía con su madre, Elizabeth, a mediados de los años treinta.

Protagonizada por Timothy Spall y Vanessa Redgrave, ambos dan vida dos personajes diametralmente opuestos. Laurence es un tipo soñador, desprejuiciado e imaginativo, que trabaja como recaudador del alquiler de distintas viviendas de Salford, un distrito obrero de Mánchester donde los obreros echan infinidad de horas en las fábricas y en las minas y los niños juegan en la calle a la espera de que alguien pierda una moneda. Por las noches, Laurence sube al ático de la casa en la que vive junto a su madre y se dedica a pintar lo que ve: los cielos blancos plomizos, el humo de las fábricas, la clase obrera.

Su madre, en cambio, es incapaz de apreciar arte en lo que Laurence plasma sobre el lienzo. Asqueada de su vida, es una clasista terriblemente acomplejada porque, con la muerte de su esposo y las deudas que este guardaba con celo, debieron dejar su enorme casa en Victoria Park y mudarse a Pendlebury, un barrio mucho más modesto que no se corresponde con la clase media a la que supuestamente pertenecían. Pese a todo, el futuro artista se desvive por su madre, que vive enclaustrada en su habitación, con los recuerdos de la potencial pianista que nunca llegó a ser.

En torno a esa fricción entre ambos se construye un relato sencillo, algo maniqueo a veces y un tanto repetitivo, que solo adquiere variedad cuando los personajes se lanzan, ensoñaciones y recuerdos mediante, al monólogo interior -es interesante porque el foco se pone en las dos figuras- o cuando se introduce de refilón a terceros personajes que, eso sí, apenas tienen voz o presencia pero que imponen verdaderos cambios en el desarrollo. Sin duda, el peso de la película, de corte fundamentalmente teatral, recae en el fantástico duelo interpretativo que se marcan Spall y Redgrave y que gana por la mínima ella, en el papel tan insoportable como exquisito de una madre incapaz de empatizar con la sensibilidad de su hijo y de creer en él.

La luz y el color plomizo de las obras de L. S. Lowry se traslada con acierto a la fotografía de una película bien hecha, pero con poca sustancia.