Desde mi sofá.

Un festival de claroscuros

16/04/2018

Tiene el respaldo del público y eso es un potosí. No se trata de una marea humana de espectadores peleándose por una entrada, entre otras cosas porque eso ya no ocurre, salvo en fenómenos puntuales, ni con el cine más comercial. Pero sí que es cierto que el Festival Internacional de Cine de Las Palmas, cuya 18ª edición bajó el telón este fin de semana, no es una apuesta para cuatro cinéfilos raritos, como algunos aún siguen pensando. Tiene público, es variopinto –en cuanto a edades y gusto– y es fiel.

En una apuesta como ésta, que se sustenta con dinero público, el apoyo de la población es clave, sobre todo cuando, repito, la apuesta es clara: se exhibe un cine poco habitual y que nunca o casi nunca se exhibe en las salas comerciales. Cuando se dispongan de todas las cifras de asistencia, se podrá evaluar la respuesta en cada uno de los ciclos. A primera vista, el dedicado a Mayo del 68 y el denominado Estrella Roja han gustado mucho.

No todo son luces, evidentemente. Se ha echado en falta un ciclo con un cineasta contemporáneo con gancho. Se apostó por el rumano Radu Jude...

Resulta evidente también que la ciudad sigue sin hacer suyo el festival. Sin mayor promoción y apoyo privado no dejará de ser una utopía.

Por otro lado, está claro que la apuesta musical solo moviliza a los fieles del festival y a melómanos que no pisan las salas. Además, este año, las Monkeys Nights han rivalizado con algunas proyecciones... lo último que necesita el festival es contraprogramarse. Pero la mayor oscuridad viene de lejos. Se trata de los inadmisibles retrasos en los pagos de algunos gastos de las ediciones anteriores. Esperemos que este año, que se han visibilizado, se pague en tiempo y forma a todos, locales y foráneos.