Las venas abiertas

El ruido y la fiesta

11/02/2020

Si en algo ha asumido su derrota el carnaval es en sus noches. No queda prácticamente nada de aquel estruendoso espíritu que llenaba las calles del Puerto décadas atrás, en un infatigable baile que acaba abrazado a amaneceres y resacas épicas.

Causas hay muchas. Desde la privación del chiringuito en el parque blanco hasta aquel triste fenómeno que marcó el final de los noventa, con las botellas voladoras y kilométricas unidades de la UIP infiltradas entre las mascaritas callejeras.

De todo eso no se ha recuperado la fiesta, que se ha consolidado, incluso musculado, en el calendario institucional pero que ha ido dejando morir su verdadera esencia, la popular, la que recorre las aceras rebosando ingenio anónimo.

Y eso no volverá a ocurrir en parte por la falta de sintonía y consenso con muchos vecinos. Sucedió en Simón Bolívar. Y ahora también en Triana y Vegueta, donde los últimos años el carnaval de día había irrumpido como alternativa en las calles.

«Cuando uno se va a vivir a un centro histórico debería comprender lo que conlleva»

Quien ha vivido en Pamplona un San Fermín habrá entendido que buena parte de su impacto exterior se debe al mimo que le ofrecen sus propios vecinos. Allí no es que nadie rechace la fiesta debajo de sus balcones, es que estos acaban formando parte de la celebración. Y así ocurre en otros lugares del mundo, desde el Palio de Siena hasta el Festival de Cine de Locarno, donde el centro de la ciudad se transforma y recibe hordas jubilosas que viven diversión y tradición.

Quien haya tenido un vecino ruidoso sabe la pesadilla que eso conlleva y cómo puede afectar a la vida de las personas. Pero cuando te vas a vivir a un lugar histórico sabes lo que eso representa y que su valor, precisamente, está en su capacidad para ser emblema de una ciudad. Un ciudad que prefiero llena de vida.