Las venas abiertas

El barrio

10/12/2019

Hace 20 años o más la cancha roja de Los Tarahales recibió a un grupo de adolescentes que llegaron de La Feria buscando rivales con los que medirse. Su arma secreta, que nos desnudó desde que la pelota acarició el cemento, era un niño mucho más pequeño que ellos y que nosotros al que llamaban Romario.

Para que la historia fuera perfecta me gustaría poder aseverar que aquel niño era Jonathan Viera. Pero no lo sé a ciencia cierta. Daba el perfil, era menudo y moreno, y en sus piernas había pura magia.

Ese recuerdo me lleva persiguiendo una década. Desde que el faro que guía a esta Unión Deportiva empezó a asomar la cabeza en el fútbol profesional.

Viera es ese talento que florecía en las calles en tiempos en los que todavía se veía niños en ellas, cosidos a balones y bicicletas. Pero es mucho más que un futbolista. Es un reflejo de la idiosincrasia de una ciudad.

«La sonrisa de Jonathan Viera nos devuelve al encanto espontáneo de vida callejera»

La sonrisa de Viera nos devuelve al encanto espontáneo de la vida callejera. A aquellos solares llenos de piedras y otros desechos que también servían como lanzadera de la imaginación de los más pequeños.

En la bota derecha de Viera se ejemplifica mejor lo que es Las Palmas de Gran Canaria que en cualquiera de esos atascos que provocan padres impacientes e insolidarios en la doble fila de los colegios privados.

Esta ciudad realmente ha crecido allí donde no suelen llegar los ambiciosos planes de los representantes municipales. Donde se ha cocinado siempre la esencia de la capital no hay copas de balón ni pulseras con la bandera española en la muñeca.

En la bota de Viera se refleja la ciudad que creció sola, que desarrolló el más básico de los principios de la supervivencia, el que cruza los días debajo del hombro de los prepotentes.