Jaula y arco iris

Recuperando a Negrín

21/05/2017

Probablemente el canario Juan Negrín López, el último presidente de Gobierno de la IIª República, es la personalidad más maltratada de la izquierda española. El dirigente más difamado por sus contrincantes franquistas pero también por varios de sus compañeros de filas del PSOE. Algo que también, en la derecha, le sucedería a Adolfo Suárez, primer presidente de la etapa democrática, al que Felipe González y Alfonso Guerra criticaron sin piedad. El tahúr del Mississipi llegó a llamar Guerra al dirigente que, criado en el franquismo, protagonizó buena parte de la Transición política; y Felipe no se quedó atrás: «Suárez, como Luis XIV de Francia, piensa que el Estado es él». Un Suárez al que destruyeron los suyos, los de la UCD, conspirando en su contra y haciéndole dimitir aquel 29 de enero de 1981, y que solo alcanzó reconocimiento tras su muerte, precedida de un largo olvido.

Hasta hace bien poco desconocíamos casi todo de Negrín, especialmente sus virtudes. Eso sí, la dictadura se encargó de culparle de todos los males. Haciéndolo responsable de haber regalado a la Unión Soviética el denominado ‘Oro de Moscú’. Manipulando hábilmente la historia. Aquella España, la republicana, se vio sin apoyos frente a los golpistas que adelantarían el fascismo que poco después arrasaría Europa con la Alemania de Hitler a la cabeza. Y para tratar de hacer frente a un Ejército, el sedicioso, mejor pertrechado y con más apoyos externos, tuvo que recurrir a la compra de armas a la URSS.

En su libro El escudo de la República. El oro de España. La apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, el historiador Ángel Viñas recuerda las enormes dificultades que vivió la República para armarse. «En comparación con la fuente de suministro cómoda, eficaz y altamente productiva que Franco encontró en las potencias del Eje, la República lo tuvo muy negro, fuera de la Unión Soviética. La operación montada en París desde los primeros días del conflicto, con su apelación a los canales del contrabando, no fue demasiado exitosa y nunca proporcionó en abundancia otro armamento que ligero, de variado calibre y con frecuencia de execrable calidad».

En ningún caso el oro fue una regalía a los soviéticos. Sirvió para comprar armamento que la República precisaba para enfrentarse a un franquismo excelentemente alimentado desde el punto de vista armamentístico por Hitler y Mussolini. Y en modo alguno Negrín fue, como injustamente se le ha acusado, un títere de Moscú.

Viñas señala que dentro de los puntales de la estrategia republicana se encontraba la consideración de que «los suministros soviéticos eran absolutamente vitales. Sin ellos la República perdería la contienda de forma irremisible. Constituían una condición necesaria, no suficiente, para afrontar un nuevo tipo de guerra». Una guerra que, finalmente, ganarían los franquistas muy poco tiempo antes de que comenzara, en 1939, la segunda guerra mundial. Negrín intentó prolongar la resistencia al avance militar franquista convencido de que el conflicto europeo era inevitable.

Al odio desatado del franquismo se sumó la actitud no menos agresiva de su propio partido, gravemente dividido en la etapa republicana, con líderes enfrentados radicalmente con Negrín, entre ellos Julián Besteiro, Indalecio Prieto o Francisco Largo Caballero, el denominado Lenin español. El PSOE terminaría expulsando a Negrín de sus filas en 1946. Habrían de pasar 62 años para que el entonces secretario general de los socialistas, José Luis Rodríguez Zapatero, le devolviera a su nieta, Carmen Negrín, el carné del PSOE, reparando la grave injusticia cometida contra el científico y político grancanario.

nobel. De no haber optado por dedicarse a la política, tal vez Canarias hubiese contado con un Nobel. Aquel grancanario de clase acomodada, de familia conservadora, tuvo la fortuna de poder formarse en universidades alemanes y era considerado un investigador de elevado nivel. Fue maestro de Francisco Grande Cobián y de Severo Ochoa, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959.

Pero a Negrín le llamó la actividad política, interrumpiendo su carrera científica. Lo hizo por compromiso ético, como respuesta a una degradada realidad, como elemento sustancial para transformar la atrasada España de entonces. Una España analfabeta, pobre, caciquil, de profundas desigualdades.

Le tocó, primero como ministro de Hacienda y luego como presidente del Gobierno de la República, ser protagonista de uno de los momentos más duros de la historia española. Y lo hizo con la altura de un gran estadista. La misma que mantuvo finalizada la Segunda Guerra Mundial para defender que España pudiera participar en el Plan Marshall, aunque eso diera aire a los dirigentes franquistas, porque su exclusión «significaría tan solo sufrimiento para el pueblo español». Añadiendo que «soñar con la restauración de la República a través del hambre y del empobrecimiento de España es un error». Una actitud profundamente patriótica y de pleno amor a su pueblo.

homenaje. Poco a poco se hace justicia y se va recuperando la figura de Juan Negrín, que comienza a ser conocido y reconocido. Hace unos días la Generalitat Valenciana homenajeó al político grancanario, coincidiendo con el ochenta aniversario de su nombramiento como presidente del Gobierno de la República por Manuel Azaña, tras la dimisión de Largo Caballero. Para Ximo Puig, jefe del Ejecutivo valenciano, se trata de contribuir a «rehabilitar la figura de un hombre que realizó una apuesta profunda radicalmente democrática y a favor de la convivencia».

En Las Palmas de Gran Canaria se inauguró, en 1999, el hospital que lleva su nombre. El documental Ciudadano Negrín, ha contribuido, también, a que se conozca mejor al político y al ser humano. Y desde la Fundación Juan Negrín se trabaja por dar a conocer su figura a las actuales generaciones de canarios y españoles. La figura de un demócrata convencido, de un socialista moderado, que aspiraba a una España en paz y en libertad, con un proyecto común que respeta las diferencias territoriales, con más y mejor educación, en donde se superaran los abismos sociales que lastraban profundamente su desarrollo y hacían penosa la vida de sus hombres y mujeres.